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Malos alumnos de Miguel Barquiarena

10-febrero-2019

Llevo un par de meses cargando en mi bolsa Malos Alumnos de Miguel Barquiarena. Está cohabitando junto con mi Kindle. Creo que para este momento ya deben tener al menos un romance, siento un poco de pena separarlos –ese espacio a oscuras donde se contarán cómo ha ido su día, pero debo hacerlo, tampoco podré ver, entrevistar a Miguel teniendo un secreto de sus letras que puede involucrar todo tipo de intercambio y género.

Esto no es una confesión, es una declaració, a modo de suerte. He abierto Malos alumnos en salas de espera y ha sido un vehículo de reflexión. Miguel Barquiarena tiene una visión de la vida cínica, ultra negra, sarcástica hasta la risa enferma de lo cotidiano. Conoce íntimamente a cada personaje de sus páginas. Terminas de leerlo para luego buscar la definición de tus facciones al espejo y luego sin querer, espías a quienes te observan preguntándote si ellos podrían ser la tinta con la que escribe Miguel. ¿Cómo, cuándo, dónde ocurrió la transmutación de la “normalidad” a la “anormalidad” de esos seres? Si lo lees de prisa, seguro identificaras alguna historia, luego de digerirla recordarás a alguien o algún titular de noticia, imaginarás al misógino, pedófilo, a la prostituta, al violador en su infancia, no porque busques justificarlo, ni porque a través de la visión de Miguel nazca una empatía providencial, o al menos no en mí, sino porque Miguel te obliga a reflexionar y reconocer a ese otro invalido en un mundo donde al menos queremos creer caminamos con sentido común. Aun no puedo elegir algún texto favorito. Cada uno carga con un distintivo de tiempo, pero para efecto de ilustrar la ironía, ese mundo ultra negro y con el permiso del autor, pondré al final una pequeña muestra porque la realidad en voz de Miguel Barquiarena es menos dolorosa, así como “Las amarguras no son amargas cuando las canta Chavela Vargas y las escribe un tal José Alfredo”. Malos alumnos de Miguel Barquiarena, la venganza de la sirenita. Cada vez que el príncipe se coge a Ariel, ella ve sus piernas abiertas con rencor. Extraña su cola. Se siente fragmentada. Odia esa estúpida necesidad de respirar para no dejar de vivir, igual de rasurarse las piernas. Finge el gozo y se mete al baño. Allí, con una navajita, se corta los músculos para castigarse. Se toca el clítoris con los dedos ensangrentados. Solo entonces sobreviene el orgasmo. Luego se sumerge en la tina por horas. Tiene razón el cangrejo: el mundo humano es un desastre.

Acerca Sofía Ortega

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Mercadóloga, adicta a las letras, fanática de la neurobiología, seguidora de la antropología y amante de la fotografía.

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