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La maldad de la obediencia

Era 1960 Adolf Eichmann es secuestrado en Argentina por el MOSSAD para comparecer a su juicio en Israel por los cargos de crímenes contra la humanidad por la «solución final». Este olvidado juicio no sería tan importante de no ser porque una de las mentes más brillantes de la época cubrió el suceso para The New Yorker. Hannah Arendt, filosofa judía alemana de la escuela de Heidegger pudo escapar de un campo de detención francés junto con otros judíos. Su experiencia personal ante la tragedia de su pueblo la hacía especialmente sensible al reporte que se debía dar sobre el juicio a Eichmann, pero también el prestigio de su cátedra y mente filosófica.

De haber sido una mujer con una ceguera religiosa y personal, ahora mismo, la idea de la maldad en nuestra cultura sería muy simple, arrogantemente romántica como si de vampiros y hombres lobo habláramos, o solo estaría dibujada por la suerte de la metafísica de demonios o seres posesos que luego la neurociencia justificaría mientras la sociología la enfrentaría.

Ha sido la razón de Hannah Arendt, esa sublime maquinaria de entrecejos y laberintos infra culturales-religiosos la que ha dilucidado la maraña política, histórica, la que encontró La banalidad del mal. Describiría el ambiente del juicio:

“…los asistentes escuchaban el relato público de historias que no hubieran podido soportar si sus protagonistas se las hubieran contado en privado, cara a cara” mientras que “la figura del hombre en el interior de la cabina de vidrio se hacía más pálida y fantasmal. Aquella figura no daba signos de vida, ni siquiera cuando el dedo acusador lo señalaba, y cuando la voz indignada clamaba: ¡Y aquí está sentado el monstruo responsable de todo lo ocurrido!”1

Adolf Eichmann era un burócrata en toda la extensión de la palabra. Su explicación de los hechos se reducía a la expresión: “yo recibí el caso para su consiguiente procesamiento y lo traté en una capacidad intermedia. Como me fue ordenado. Yo seguía órdenes […] Yo solo era responsable de una pequeña parte de esto. Las otras partes que eran necesarias hasta que saliera uno de esos trenes eran ejecutadas por otro departamento”.2

Más tarde Arendt explicaría: “El problema con Eichmann era precisamente que muchos eran como él, y que los muchos no eran ni pervertidos ni sádicos, que eran, y siguen siendo, terrible y aterradoramente normales. Desde el punto de vista de nuestras instituciones jurídicas y de nuestros criterios morales de juicio, esta normalidad era mucho más aterradora que todas las atrocidades juntas”.1

Es esa normalidad la que agobia, se transforma en una pesadilla porque cualquiera puede ser un Eichmann y no saber que lo es. Cuando se habla de la maldad, la primera imagen que llega a nuestra mente es la de seres contorneados por un aura ennegrecida, psicópatas, tiranos, políticos o enfermos mentales a los que ya no se les atribuye un rasgo de humanidad, no pertenecen a ninguna tribu, se mezclan con un talento siniestro, calculador, casi pragmático entre benévolas almas al cuidado de un dios.  Su existencia debe ser exterminada, castigada o redimida dependiendo de su encanto. Nunca ubicaríamos bajo esos criterios al ejecutivo de un banco que por la omisión de una llamada continúa haciendo cargos de una deuda ya saldada; tampoco en la empleada de la secretaria de hacienda que nos pide certificación o documentos imposibles de tener. Muchísimo menos ubicaríamos en la categoría de ser maligno a la recepcionista del consultorio de un hospital público que nos pide ir por nuestro expediente mientras el dolor nos aniquila. Ellos no entran en la categoría de la maldad. Sin embargo, si habláramos de un policía judicial, nuestra memoria anecdótica nos inclinaría, efectivamente, a considerar la posibilidad de estar hablando de un ser ruin.

Fue justo después del juicio de Eichmann que el psicólogo social Stanley Milgram se dio a la tarea de estudiar las implicaciones de la obediencia a la autoridad, para esto diseñó un experimento que consistía en poner a tres personas, uno voluntario fungiendo el rol de “maestro”, el segundo como “autoridad”, y el tercero como “alumno”. Los dos últimos formaban parte del equipo de investigación. Sería el alumno quien recibiría las descargas eléctricas al dar una respuesta errónea, el rango de descargas estaba considerado entre 15 a 450 voltios. El 100% aplicó descargas de hasta 300 voltios, el 35% aplicó entre 300 y 375 voltios, el 65% el límite de 450 voltios. Cuando alguno de los maestros expresó su deseo de no continuar se le instigaba imperativamente diciéndole «Continúe por favor. El experimento requiere que usted continúe. Es absolutamente esencial que usted continúe. Usted no tiene opción alguna. Debe continuar».3 Cuando supieron que el dolor al que habían sometido a su alumno formaba parte de una actuación se sintieron aliviados. Algunos de ellos expresaron su deseo de regresar el dinero pagado, pero ninguno de ellos paró o se negó a continuar.

¿Porque no se revelaron? Ellos al igual que Eichmann olvidaron su noción del bien y el mal, al parecer ese estado de conciencia tan engrandecido por la moral se convirtió en un artículo de lujo que la austeridad de la situación no les permitía adquirir. Aun cuando todos ellos sabían que estaban siendo grabados y cuestionaron el experimento, siguieron.

Quizá un sentido común y prolijo, podría haber vaticinado un porcentaje menos alto. De hecho, la mayoría de investigadores y académicos que opinaron al respecto sin conocer los resultados pronosticaron un porcentaje de uno sobre cien. Y es que la simple idea de ser obedientes nos remite a la realidad aterradora de aceptar que no somos libres, que somos esa suposición adjetivada de cultura, la creación de algún dios, o de un polvo estelar que logró erguirse en dos patas.

Si contextualizamos el proceso de obediencia y lo queremos esgrimir a una mera base de aprendizaje y condicionamiento dejamos de lado la responsabilidad, y eso es más seductor. Clotaire Rapaille, en El verbo de las culturas evidencía “Los franceses, […] se hartaron de pensar y le pidieron a Napoleón Bonaparte que pensara por ellos”. Algo lógico si consideramos que al cerebro humano le cuesta 260 calorías por hora para mantener sus funciones básicas,4 y un promedio de 53 a 75 más si se está en clases,5 desde esa óptica, el ahorro energético que produce no pensar se transforma en una de esas causas de la naturaleza por la que los primates no evolucionaron, y siendo ya Sapiens sapiens ¿cuál sería la necesidad?

En un ánimo esperanzador y práctico podríamos decir que la negación al gasto energético es una impronta de supervivencia de nuestro cuerpo, es el que nos seduce a omitir deliberadamente el cuestionamiento y en consecuencia a delegar la responsabilidad; sin embargo la evidencia muestra lo contrario, es muy conocido el caso del performance Ritmo 0 de la artista serbia Marina Abramovic en donde asume la pasividad como parte de la acción, dejando al público la actuación de la interacción. Después de seis horas de inmovilidad ella declaró:

“La experiencia que aprendí fue que… si se deja la decisión al público, te pueden matar… Me sentí realmente violada: me cortaron la ropa, me clavaron espinas de rosas en el estómago, una persona me apuntó con el arma en la cabeza y otra se la quitó. Se creó una atmósfera agresiva. Después de exactamente 6 horas, como estaba planeado, me puse de pie y empecé a caminar hacia el público. Todo el mundo salió corriendo, escapando de una confrontación real”.

De no existir evidencia documentada del performance, esta “historia” pasaría a ser un mito. Esos seres humanos a los que nos gusta llamar normales, huyeron ante la posibilidad de que sus actos tuvieran consecuencias. No era el gobierno de un tirano, la invalidez de estar sujeto a las reglas del sistema, era una fiera erguida. Imposible no relacionar estas acciones a las de un animal, pero si buscáramos un comparativo podríamos encontrarlo en el caso del parque nacional de Gombe en Tanzania. El investigador Hillali Matama presenció cómo un grupo de chimpancés se introducían furtivamente al territorio de otro grupo matando a un macho solitario, luego durante los siguientes tres años fueron exterminando a todo el grupo quedándose con las hembras jóvenes.6

A grandes escalas le llamamos genocidio si se tratara de humanos y nadie se atrevería a cuestionar la maldad del acto, el horror de un suceso como este saca a cualquiera de su pasividad o indolencia, como en el caso de Eichmann. Es más difícil hablar de maldad cuando se trata de un solo individuo, cuando la falta es atípicamente impersonal, nunca hablaremos de maldad, sino de burocracia, ignorancia, negligencia, mala praxis, corrupción o censura. Los actores principales, hablarán de seguir las reglas, culparán al sistema, cuando ellos dirigen o son parte del sistema, dirán que no es personal, porque las cosas son así, el poder detrás de un escritorio, al frente de un aula, en la pluma de un creador o con el micrófono a disposición de las masas, jamás reconocerán su responsabilidad. Lo anterior significaría asumir las consecuencias, aceptar el valor de cada acto, rechazar la justificación de la obediencia que nos arrulla el sueño de creernos más que humanos, superiores a cualquier bestia, solo nos hemos domesticado creando la conveniencia tuerta de civilidad y cultura. Al primer lobo que se domesticó le atrajo la ventaja de no salir a cazar, de tener un lugar y alimento seguro. A los Sapiens quizá la de no pensar, la de tener siempre a alguien a quien culpar.

William Goldin se preguntaba en El Señor de las Moscas si éramos humanos, animales o salvajes, si era mejor tener leyes y estar de acuerdo, o cazar y matar. En una escena de su novela donde se reunían sus personajes se produjo este diálogo.

– Quizá – dijo con vacilación -, quizá haya una fiera. La asamblea lanzó un grito terrible y Ralph se levantó asombrado.

– ¿Tú, Simón? ¿Tú crees en eso?

– No lo sé – dijo Simón. Los latidos del corazón le ahogaban -. Pero… Estalló la tormenta.

– Lo que quiero decir es que… a lo mejor somos nosotros.

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  1. Arendt, Hannah. Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal. Cuarta edición. 2003. Editorial Lumen.
  2. Trotta, Margarethe. Heimatfilm, Amour Fou Luxembourg, 2013. MACT Productions. Filme.
  3. Milgram, Stanley. Behavioral Study of Obedience. University of North Carolina. 1963. http://irbmember.web.unc.edu/files/2017/01/1963_Milgram_BehavioralStudy.pdf
  4. Jabr, Ferris. Does Thinking Really Hard Burn More Calories? En Scientific American. Julio de 2012. Disponible en: https://www.scientificamerican.com/article/thinking-hard-calories/
  5. Harvard Medical School. Calories burned in 30 minutes for people of three different weights. En Harvard Health Publications. Marzo de 2017. Disponible en: http://www.health.harvard.edu/newsweek/Calories-burned-in-30-minutes-of-leisure-and-routine-activities.htm
  6. Waller, James. Becoming Evil: How Ordinary People Commit Genocide and Mass Killing. 2007. Oxford University Press.

Otras referencias

Rapaille, Clotaire. El verbo de las culturas. 2015. Edición Kindle Taurus.

Golding, William. El señor de las moscas. 1975. Alianza Editorial.

Marina Abramovic. http://marinafilm.com/

 

Acerca Sofía Ortega

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Mercadóloga, adicta a las letras, fanática de la neurobiología, seguidora de la antropología y amante de la fotografía.

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Un comentario

  1. Al leer esto se me ocurre pensar que hay 3 tipos de seres humanos. Los extremos: los que obedecen, por sometimiento y conquista. Los que mandan por poder y egocentria y… en medio: los que no están de acuerdo, por inadaptados y despiertos. Los que obedecen son reconocidos poco menos que humanos, a las huestes del amo porque asi debe ser y porque su historia lo marca, pues así ha sido por cientos de años y el simple hecho de impugnar su posición los destierra o los pone en riesgo. Los que mandan, mucho más que seres humanos, casi Dioses que merecen la atención y el respeto. Ser servidos y atendidos a cuánto capricho se les ocurra y que tiene el poder de inventar una ley poco justa para los obedientes y los que están en desacuerdo. Los que tiene los recursos y pasan por encima para poder seguir siendo lo que su linaje ha precedido. Y si eres de los despiertos tu libre albedrío se ve en una encrucijada pues tienes la oportunidad de elegir a cual bando favorecer. Si eres de uno u otro tu futuro está asegurado o perdido. Así ha sido por años y seguirá pues el hombre sólo entiende la Unión cuando muera y no le quede más que volver a ser polvo; pero mientras este en dos piernas su espacio debe ser protegido piense o no. Que ideal sería pensar todo para un bien común y no dejar la responsabilidad para un grupo de hombres. Pero es más cómodo pensar que esos hombres están a nuestro favor si uno está con ellos. Así la lucha de clases y los desfavorecidos. Pero aquí el problema es que nunca se ha querido compartir las ideas ni saber que es el bien común. La igualdad. Pues eso es un mito…que no dudo alguien si ha vivido pero que ha muerto por ser una causa extinta del pensamiento y la acción. Los más cómodo es lo mejor porque lo otro implica esfuerzo, respeto y humildad o debería decir humanidad? Otra cosa que ya se ha extinguido al parecer.