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El problema de imponer la mentira que más nos gusta

De acuerdo a “El economista”, existen aproximadamente 7400 millones de habitantes en el planeta,[1] más de 7000 millones pertenecen a una religión, lo que significa que sólo el 5.41% de la población del planeta cuestiona los sistemas de creencias. ¿Es esto importante? Si consideramos el trasfondo de los organismos que rigen la conducta y su voracidad, además de su anárquico sistema de creer poseen la verdad ¡LO ES! Kant decía que nuestro conocimiento provenía de intuiciones, de la sensibilidad directa que tenemos del mundo, de conceptos provenientes de nuestro entendimiento y la otra fuente “a priori” es universal.[2] Lo que para este caso significa que cada idea preconcebida la hemos aprendido instintivamente sin ocuparnos de utilizar ese cuerpo sensible o el razonamiento.

Entonces ¿cómo podemos decirle a alguien cómo vivir? Para Kant, una parte acerca de vivir sería universal, entonces la otra parte sería aprendida. Como ejemplo práctico, si hacemos una búsqueda rápida en google acerca de libros sobre cómo vivir, tendríamos 567,000 resultados solo en castellano y sobre cómo ser feliz 446,000. Ahora imaginemos los que hablan sobre el amor y otros temas de interés íntimo.

Lo anterior da terror, con todas estas cifras, incluyendo las religiosas, y las que falten, además del entorno familiar, cultural, sólo puedo preguntarme, ¿qué de lo que vivimos, pensamos, sentimos, creemos es realmente nuestro? Maurice Ponty comenta en Fenomenología de la percepción: “La realidad es un tejido sólido, no aguarda nuestros juicios para anexarse los fenómenos más sorprendentes, ni para rechazar nuestras imaginaciones más verosímiles. La percepción no es una ciencia del mundo, ni siquiera un acto, una toma de posición deliberada, es el trasfondo sobre el que se destacan todos los actos y que todos los actos presuponen.”[3]

Si la realidad es de esta forma, todo se irá transmutando y la idea de la continuidad es un espacio insustancial que pierde vigencia por cada trasfondo. Esto sí es asombroso y de hecho vital. En realidad estamos rodeados de muchas mentiras desde que nacemos, cómo amar, vestir, comer, dormir, elegir pareja, profesión, trabajo.

Esas ideas preconcebidas, incuestionadas, toman la forma de cordones umbilicales, vivimos para saber que antes de cumplir treinta o cuarenta años debimos haber hecho tal o cual cosa, seguir 21 mil pasos para el éxito, ganar, ser líder, feliz, ser alguien… y en el camino imponer la mentira que más nos guste.

Freud decía que la brecha entre cognición y conciencia, es precisamente la gran mentira que hace posible el autoengaño,[4] lo cual está muy bien para este punto, pues uno paga la mentira que compra. Las razones podrían ser el sistema de recompensa social, la pertenencia, la pesadez-apatía o incluso el trabajo que significa el auto-conocimiento… la lista podría ser tan larga y complicada como una constitución, o tan corta como una galleta de la suerte.

El verdadero problema es dónde comenzó todo, podría ser cuando intentamos imponer esa mentira. Al hacerlo estamos afirmando que existe UNA SOLA verdad, nulificamos la existencia del otro, y al hacerlo estamos violentando. Nos convertimos en ese virus que para vivir necesita erradicar todo lo que no sirva para continuar su especie, y en ello se aniquila toda vida. Todos nos extinguimos.

[1] http://eleconomista.com.mx/internacional/2016/12/01/ya-somos-7400-millones-personas-mundo
[2] Immanuel Kant. Crítica de la razón pura. Porrua, México. 2002.
[3] Merleau Ponty Maurice. Fenomenología de la percepción. Penninsula, Barcelona. 1975.
[4] Livingstone S. David. ¿Por qué mentimos? Las raíces del engaño y el inconciente. Oceano, México. 2011.

Acerca Sofía Ortega

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Mercadóloga, adicta a las letras, fanática de la neurobiología, seguidora de la antropología y amante de la fotografía.

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