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Naranja Mecánica: un estudio de la palabra

Por Miguel Barquiarena |

Ilustración Eric Fan |

Naranja Mecánica, es eso: una fruta de naranjo con un mecanismo injertado, que como todos los mecanismos, sistemáticamente cumple una función. No hay secretos aquí, los parecidos de Orange con orangután u otras palabras en malasio, ruso u lo que sea son, a mi juicio, coincidencias enriquecedoras. Pudo ser una manzana, una uva, qué sé yo. Pero fue una naranja, porque fue lo que el autor de la novela, Anthony Burgess, escuchó en un bar del sur londinense, {As queer as a clockwork orange} Tan raro como una naranja con mecanismo de relojería, frase que se adueñó de inmediato, mutiló la primera parte y extrajo el título de su novela. Decirla no implicaba necesariamente mofarse de un homosexual. Remite de primera intención a una imagen surreal, en mi caso, al igual que en otros, a René  Magritte, y quizás no nos equivocamos, por ese sombrerito propio del pintor que usaba Alex, el personaje principal, en fin. No sabemos quién la pronunció primero, pero sabemos que se usa para referir algo muy raro en su interior y que parece normal en la superficie, es decir humano en contraposición con lo mecánico, algo tan vivo y estético como una fruta esférica por fuera, y tan aparatoso y complicado bajo la piel como un mecanismo de reloj que la impulsa a madurar. Stanley Kubrick se interesó en el libro por la misma curiosidad de la palabra, razón por la que respetó el título en su película.

Naranja Mecánica, en un significado más complejo creado por el escritor e interpretado por el director, es el símbolo de la opresión de la voluntad del ser. La naranja es un fruto, como también lo fue el del árbol del bien y del mal que comieron Eva y Adán según la biblia; la fruta es lo que se recomienda para desayunar antes de iniciar el día, la rutina laboral. Bueno, tener una vida rutinaria no es el problema, el problema es tenerla sin quererla, eso es el libre albedrio subyugado, la capacidad de discernir atrofiada, o sometida, que es peor.

Pensemos en la naranja, sintámosla en la mano, tenemos un organismo redondo y ligero, cargado de beneficios para el nuestro y un dulce sabor, cualidades que le son inherentes por ley natural; ahora vayamos con Alex, los rasgos primarios de su personalidad, es elocuente al hablar, tiene debilidad por la belleza y las artes y es extremadamente violento, cuando lo conocemos, no sabemos si es algo innato o adquirido por experiencias, no importa, es él, como la naranja es lo que es, aún al arrancarla del árbol.

La historia versa sobre un experimento que, mediante la técnica Ludovico, trata como pulsos autómatas a los instintos naturales del individuo, no sólo la maldad, sino que va a los extremos de taladrar todo aquello que para determinada sociedad es inapropiado, como, en este caso concreto, los deseos sexuales de un joven. Cambiar la textura de la fruta. Reprogramar humanos superficie adentro. La llamada Terapia de aversión ambiciona robotizar el curso de la naturaleza, sin alterar los gajos de la mente bajo la cascara que recubre los sesos: la plena conciencia de ser sometido. Lo que equivale a encerrarnos en la circunferencia de nosotros mismos por una voluntad prostituida, para después retorcernos de nausea al redescubrirnos en la consecuente incapacidad de exteriorizar nuestra esencia, reprimida por un agente extraño, creado en un laboratorio, que nos habita y nos jala la rienda de las vísceras cual jinete sin cabeza, todo esto por cierto, sin anestesia y exquisita música de fondo de Beethoven.

Esto es, groso modo, Naranja mecánica.

Acerca Miguel Barquiarena

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