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Marley was dead: to begin with

Ilustración Ronald Searle |

Marley was dead: to begin with., así arranca la famosa obra literaria, una canción de navidad de Charles Dickens. Aunque bastante se ha escrito sobre cómo iniciar una narración, en las listas de los críticos es recurrente el nombre de Dickens como uno de los mejores ejemplos con su Historia de dos ciudades. Yo prefiero esta, y me extraña que otros no la mencionen. Hace unos siete años, en Estados Unidos, en épocas decembrinas entré a una librería a matar el tiempo. Fue inevitable toparme con el libro. Conocía de sobra el relato por sus versiones para cine y televisión, pero nunca lo leí antes. Lo inicié a leer y no pude parar, tuve que comprarlo. Hoy, unos rezan, otros hablan solos por su enajenado placer, yo pronuncio, antes de escribir, Marley was dead: to begin with, como si fuese una llave para abrir portales a mundos donde las ficciones esperan ser contadas.

Una canción de navidad es la historia de Ebenezer Scrooge, un viejo avaro que recibe la visita de tres fantasmas para inducirle el espíritu navideño, pero antes se le aparece su ex socio, Jacob Marley, muerto años atrás para prevenirle. Es un clásico de la literatura infantil, quizás porque su retórica no comulga con las de sus contemporáneos. En las letras victorianas no era usual un arranque tan crudo y sombrío, sobre todo tratándose de la navidad, pero para Dickens, que quería prevalecer, las reglas se hicieron para romperse.

Cuando escribimos un cuento, regularmente tenemos claro el clímax y una idea de cómo debe concluir, no así sabemos a ciencia cierta por donde comenzar. El inicio es un recurso para que el lector se quede con nosotros todo el camino; como dije, hay muestras memorables, incluso libros que estudian únicamente este convulso arte.

Marley estaba muerto: para empezar., nos dice el narrador y divide la frase con dos puntos para enfatizar, luego punto y seguido. Desde ese momento ya esperamos la aparición del fantasma. Y por si hiciera falta intrigarnos más, continúa diciendo que no había ninguna duda a ese respeto, luego menciona a las personas que firmaron el acta de defunción. ¿Qué si Scrooge lo supo? Claro que sí, fue uno de los firmantes, y ese avaricioso no firmaba cualquier cosa de la que no tuviera certeza. ¿Por qué nos cuenta eso? Más que introducir un elemento de duda, irónicamente, al decir que no había duda de su muerte, pone al lector en estado de alerta. Se cocinan los ingredientes para el caldo de Hamlet, el mismo Dickens, líneas abajo, hace una analogía con la tragedia shakesperiana.

Aunque no conozcamos la historia, por el título del capítulo “El fantasma de Marley” presumimos un regreso de ultratumba. Pero un título tan revelador puede ser algo simbólico, ¿una trampa?, por tratarse de una lectura familiar podría resultar que en una vuelta de tuerca, el fantasma era un disfraz o un abrigo en el perchero. Dickens nos deja claro que no, que aquí aparecerá una persona que ya está muerta. No le importa arruinar la sorpresa en un prefacio (en la edición original) y con este título, quiere que funcione a como dé lugar. Tan le preocupa que asumamos la muerte de Jacob Marley, que los primeros párrafos se le van en taladrarnos el cerebro con ese hecho.

Para los escritores: si un voceador tuviera que vender a gritos tu libro, ¿cuál sería el enunciado a pregonar? Desconozco qué pensó Charles Dickens, pero interpreto su técnica de la siguiente forma: condensar a ocho columnas la parte más morbosa de tu noticia, sea o no trágico el desenlace. Los periódicos que se vendieron informando sobre las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki no decían en sus titulares como amaneció el clima ese día en Japón. Hay que ir al grano en un relámpago inicial, después ya veremos cómo entretener al lector. Lo importante es que muerda el anzuelo.

Para los lectores: no es el único libro que comienza con el testimonio de una muerte, pero aquí se inicia con una frase corta, dividida en dos hemisferios. Marley estaba muerto/ es una aseveración que afecta directamente la ficción; en cambio la segunda mitad, /para empezar, es otra aseveración, pero desde afuera, de cómo ha de iniciar a contarse. Dickens da por hecho que, al abrir el libro, ya nos comprometimos a una invitación, entramos a su estudio y nos sentamos frente a él para que se desate su cuento; dicho de otra manera, somos un escribiente del Ministerio Público, un relato increíble está por iniciar, el testigo Charles Dickens declara, pero estamos sujetos a su desglose de los hechos. Pareciera que así son todas las historias del narrador omnipresente, quizás, pero aquí, lejos de ocultarse, establece quién lleva las riendas narrativas en el segundo 50% de la primera frase, que sumado al otro 50%, en conjunto nos advierte (no pudo escribir entre líneas, porque no avanzamos tanto): Agárrate fuerte, que esto se va a poner bueno.

Para mí Marley was dead: to begin with, equivale a acudir al teatro y escuchar Tercera llamada, comenzamos. Es un método breve y contundente de levantar el telón (léase la portada) y apagar la luz para enfocarnos en la historia. Con la diferencia de que la tercera llamada es ajena a la obra, y en este caso el convite está ligado a lo que va a ocurrir; vamos, es como dejar caer un expediente de pruebas sobre la mesa, ¡pum!, el golpe seco de una frase. Empezamos y ya tenemos el conflicto de un muerto tendido entre nosotros y el relato. No sé, me atrapa (o debiera escribir: me atrapó por siempre).

Por lo demás, Una canción de navidad, lejos de mis convicciones agnósticas, me transporta a una nevada villita navideña, donde los rostros se deforman al fuego de la chimenea y en la lúgubre ventisca la noche, lo sobrenatural se gesta.

Acerca Miguel Barquiarena

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