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Juegos Trigales del Valle del Yaqui

Pintura Wheat Stacks with Reaper – Vincent van Gogh |

A finales del año pasado fui honrado con el Premio Nacional de Narrativa de Sonora 2016, Gerardo Cornejo, que conjuntamente con el de poesía, Bartolomé Delgado de León, se otorgan dentro de los Juegos Trigales del Valle del Yaqui. Ambos nombres corresponden a dos escritores de aquella región (Bartolomé, nacido en Coahuila, pero sonorense de corazón). Sin desdeñar otras ocasiones en que tuve la fortuna de obtener un reconocimiento en el ámbito de las letras, quiero hablar de este premio, que es especialmente diferente a otros.

Es el único premio en el país que es juegos trigales, eso ya suena extraño, existen muchos juegos florales, pero nada de trigales. ¿Por qué es esto? Hay un valle en el sur del Estado de Sonora que se ubica entre la Sierra Madre Occidental y el Mar de Cortés. Al llegar allí los españoles colonizadores se encontraron con una tierra fértil bajo el dominio de los yaquis, lo que desató cruentas batallas por el control de la zona. Al valle lo cruza el Río Yaqui, sus aguas lo hacen propicio para la siembra de trigo, su abundancia alimenta los canales de riego. En la época actual un alto porcentaje de su medio millón de hectáreas se viste de espigas doradas. Este lugar, apodado El granero de México, pertenece al municipio de Cajeme (apellido de un guerrero yaqui que defendió los derechos de su cultura). Así que, orgullosos de su tradición agrícola, no celebran la literatura coronándola con flores, sino con trigo.

El premio no es convocado solamente por una dependencia gubernamental para cubrir una obligación de promoción a la literatura, lo abrazan distintas instituciones públicas y privadas, que son el Gobierno del Estado de Sonora a través de la Secretaría de Educación y Cultura, el Instituto Sonorense de Cultura, el H. Ayuntamiento de Cajeme a través de la Dirección de Cultura Municipal, en colaboración con el Instituto Tecnológico de Sonora, la Universidad Tecnológica del Sur de Sonora, el Instituto Tecnológico Superior de Cajeme, la Biblioteca Pública Jesús Corral Ruíz y el Centro de Culturas Populares e Indígenas de Cajeme, lo que representa una tierna complicación a la hora de agregarlo al currículo, a uno le da pena eliminar a alguno de los nombres, por lo que queda algo inflado el asunto. Pero lo contrario sería injusto, cada uno de ellos conforma Los Juegos Trigales. Tienen reuniones constantes, en las que cada año cambian roles, distribuyen la convocatoria, pagan jurados, otros cubren viáticos de los ganadores, a uno le toca ser la sede de la premiación, aportan dinero para el premio en efectivo, cuidan la publicación de las obras, así como la presentación de los autores y su distribución. Mientras terminan sus compromisos con los ganadores de un año, ya están lidiando con la próxima convocatoria. Nunca vi esta hermandad en otro lugar (y eso que he rodado por ahí), a tal grado que me enteré que debido a la crisis económica hubo un año donde a uno de ellos no le era posible aportar su parte, por lo que avisó para que se le borrara de los convocantes, pero los demás le pidieron que se quedara, que ellos lo cubrían.

El premio tiene diecisiete años, se puede decir que va con el siglo. La idea original (actualmente están en vías de reajustarla) era convocar los juegos trigales en los meses de la siembra del trigo, para después hacer la premiación cuando se levanta la cosecha. Ah, me resultó sublime saber esto, y ver la nobleza y amor con que tratan la literatura y el trigo, alimentos de carne y espíritu.

Hay algunos premios en el país donde participan agrupaciones privadas, con la mejor de las intenciones, pero ellos mismos fungen como jurados en lecturas exprés. A veces la buena fe no basta para legitimar un concurso de esta índole. En los Juegos Trigales del Valle del Yaqui, el jurado de sus dos premios, lo componen tres escritores profesionales con el suficiente nivel académico para emitir su voto, sin ninguna relación directa con las autoridades de Sonora. No es casualidad, modestia aparte, que su línea de ganadores sea de talentos probados, lo que le da un sello de prestigio y un compromiso a los que tenemos la dicha de sumarnos a su lista.

Sobre mi libro. Se titula Malos alumnos. El nombre lo tomé de un verso del poema Nada pasa dos veces, de la hermosa Wisława Szymborska. Tiene cincuenta cuentos cortos. Mi seudónimo fue Ragnarök, que es algo así como el apocalipsis de los dioses nórdicos. No fue por pretensión teológica, así se llama la próxima película de Marvel Studios sobre Thor y Hulk que se estrenará en noviembre del 2017.

La ceremonia de premiación fue en el Instituto Tecnológico de Sonora, nos entregaron una constancia enmarcada. Ramón Íñiguez, fundador de Los Juegos Trigales, por aquellos días se encontraba delicado de salud. Hombre muy querido en la comunidad por su tremenda labor en la promoción de la literatura y las artes. Además de que se le mencionó al inicio, una persona del público sugirió un aplauso para el gran ausente. Lamentablemente me enteré que falleció pocos días después. Aunque se planteó la posibilidad de visitarle al hospital, al final, y creo que acertadamente, se consideró inoportuno. Cada letra proyectada en el auditorio era dorada, mi nombre era dorado, pero no emulaban al oro con su brillo, era a algo más humilde y efímero, era al trigo, ya saben lo que se dice, pensar en eso me gustó; por la noche recibimos otro reconocimiento en medio del Festival de Arte y Cultura, Tetabiakte (en homenaje a un líder de la resistencia yaqui), el evento estaba repleto, nos dieron una placa, también enmarcada. No tengo memoria de otro momento en el que tantos humanos me aplaudieran al unísono, aunque fuera un reflejo autómata, aunque no estuvieran allí por mí, fue inevitable que se me detonara el ego (bueno, en honor a la verdad, no se necesita tanto esfuerzo). Me sentí como Moisés con sus dos tablas partiendo plaza.

En cuanto a la publicación. Para los organizadores es más económico publicar a los ganadores a través de su Instituto Estatal de Cultura, pero hace unos años optaron por hacer coediciones con editoriales comerciales, lo que les aumenta el costo y les reduce su porción de ejemplares, esto con el afán de que las obras tengan una mejor distribución, y no solo eso, en la medida de lo posible, dejan que sea el propio autor quien proponga y negocie con la editorial. Al menos en Tamaulipas, de donde soy oriundo y recibí varios premios, esto es algo que se antoja como guión para una secuela de Misión Imposible, con Tom Cruise.

Cuando presumí conté que iba por un premio a Sonora, casi todos me recomendaron comer los cortes de carne, que son lo más exquisito, algo que los sonorenses me reiteraron con orgullo (he aquí un buen paréntesis para confesar que soy un carnívoro voraz). Pues bien, fuimos a un restaurante de carnes, uno de los de mejor reputación de la región, nos pasaron a un privado, donde nos sentamos a la mesa con un representante de cada una de las instituciones participantes y acaso un par de amables gentes que dignamente se colaron al convite. Como se ha de suponer la mesa era enorme. Pedí mariscos. Oh sí, también disfruto de dar la contra a los demás, aunque no me vean. Esa rara adicción a ir por la acera de enfrente me llevó al tortuoso placer de no degustar, a la siguiente noche, el típico hot-dog que se elabora en Cajeme y que se veía riquísimo cuando mi compañero se lo llevó a la boca.

En este punto quiero hablar del ganador del premio de poesía, un amigo de Nuevo León, Sergio Torres. Nos conocimos el 2007, aunque no nos procuramos hasta mucho tiempo después. Estamos unidos a través de dos escritoras, Adelaida Caballero y Carmen Ávila. Cada quien le sigue la pista al otro. Supongo que estoy más ligado a Carmen, pero intentamos reunirnos al menos una vez al año el cuarteto (Adelaida vive en Suecia. Carmen puede estar en Saltillo, si no anda meditando en Tailandia o conquistando Paris, con la Cruz Roja por Angola o congelándose en San Petersburgo…). Cuando nos enteramos de algún logro de uno de los otros tres, nos sentimos involucrados, se puede decir que vamos en el mismo barco. Así que fue un doble júbilo percatarme que compartía Los Juegos Trigales con Sergio.

En mi ruta a Sonora me encontré con Sergio en el aeropuerto de Monterrey. Fuimos cómplices desde el principio hasta que nos despedimos en el restaurante del hotel, días después. Viajamos juntos, conspiramos, bebimos destruyendo arreglando el mundo literario; nos pasearon por Ciudad Obregón, cabecera de Cajeme. Julia, nuestra anfitriona, insistía en mostrarnos los estadios de beisbol (es de asustarse lo encantados que están con uno nuevo que les construyeron). Resulta que allá son verdaderos fans de ese deporte. Sergio y yo distamos de ser aficionados a cualquier actividad que implique el mínimo esfuerzo físico. Puedo disfrutar de ver alguna competencia sin problemas, pero no me apasionan, y si tuviera que armar una escala de mis gustos deportivos, el beisbol sería el último, muy por debajo de las luchas de mujeres en lodo. Así que era gracioso oír esas recomendaciones de Julia, que para rematar nos sugirió comprar un jersey de recuerdo, algo que otros escritores habían hecho. No puedo hablar por Sergio, pero yo callé sin verle sentido a eso, era tan abstracta la idea, apenas y comprendía lo que es un jersey, ¿por qué iba a querer uno? En cualquier caso, soy muy respetuoso de los fetiches de los demás, por retorcidos que puedan parecer, así que fingí que no pasaba nada. Ya en mi habitación de hotel, un tanto ebrio (por cierto, allá no venden seises de cerveza, son ochos, así que no te bebes un doce, sino un dieciséis, es factible que esto se relacione con el juego de pelota, pero no sé cómo), me puse a experimentar fórmulas matemáticas y concluí que el 99% de los sonorenses tiene un familiar, ascendente o descendiente, que atrapó una bola de foul desde las gradas. Al día siguiente me explicaron que la mayoría de los uniformes profesionales del beisbol nacional se confeccionan en Sonora, donde además tienen salas de museos dedicadas a sus beisbolistas, la cosa era más delicada de lo que creí: conservan gorras firmadas, bates, fotos de los peloteros en equipos infantiles, de cuando se fueron a la liga de Estados Unidos, entrenadores, caza talentos, mocos secos, cazuelas donde escupieron, calcetas duras, en fin, una epidemia por el mentado rey de los deportes que azota a los sonorenses desde 1867.

Otra tarde escapé con Sergio a visitar el Museo de la Revolución, donde Álvaro Obregón es el héroe nacional. Recordé que en el museo de Chihuahua es Villa y en el de Cuernavaca es Zapata, y así. Yo no sé si la Revolución fue un triunfo verdadero, pero no me queda duda que nos dejó más divididos de lo que estábamos, lo que se puede resumir con el dicho de que cada quien habla como le fue en la feria. El caso es que allí tienen una máscara bíblica de Obregón, sí: a su imagen y semejanza. Cuando murió le untaron miel de abeja o no sé qué cosa en su rostro para sacar el molde. Hoy se puede ver, fundida en metal, la máscara mortuoria del general sobre una colchoneta, junto a la bala, calibre .32, que le quitó la vida. Incluso tienen un ropero con vestimenta parecida a la que usaba Obregón, así que no dudamos en disfrazarnos del líder revolucionario y fotografiarnos ocultando, napoleónicamente, la mano derecha.

Sergio Torres venía de obtener recientemente tres premios de poesía, dos nacionales y uno en España. Eliminando su buena racha, lo que más me sorprendía era su productividad (yo soy muy lento para la composición). Le pregunté cómo pudo escribir tantos poemas, me dijo que le hacía un poemario a cada amor pretérito, por breve que fuera su paso. Está de sobra diagnosticar que Sergio es un enamoradizo de atar, y que en su diccionario “amor” es una palabra cuyo significado se expande hasta la más lejana galaxia del flirteo. Si consideramos que cada cabeza es un mundo, eso debe darle pletóricas posibilidades creativas. Pero su fórmula es inaplicable para mí: ¡Estoy casado! No puedo hablar tanto de la misma persona, además mi mujer me mataría por contar intimidades, y en caso de ser infiel no podría darme el descarado lujo de detallarlo en verso. Es cierto que siempre se puede injertar lo autobiográfico en la ficción, con una maquillada ni quién lo note, pero supongo que la página no vibra igual, esas membranas las palpa el lector como la tierra denuncia las sombras de espigas bajo el fulgor del mediodía. Hasta aquí Los Juegos Trigales del Valle del Yaqui.

Acerca Miguel Barquiarena

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