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El grito de la mariposa: la muerte de Sylvia Plath y Anne Sexton

A Sylvia Plath se le puede criticar de todo, menos de no ser perseverante. En 1963, tras varios intentos de suicidio, lo logra al meter su cabeza al horno con el gas abierto. Dejó leche y galletas a sus dos hijitos que dormían en su habitación. La poeta se cuidó de abrirles las ventanas y sellar la puerta para evitar la filtración de gas. Necesitó estar perturbada para suponer que los pequeños, al despertar y encontrarla muerta, iban a querer postre; además pudo ocurrir un error de cálculo, una explosión, o que los niños en su ignorancia cerraran las ventanas. Por suerte sólo murió Plath. Aunque suene extraño, la leche y las galletas fue un gesto de amor. Claro que para una persona “normal”, una madre amorosa vive para cuidar de sus hijos, pero nuestra bella melancólica no entró en esa categoría.
Otra poeta, Anne Sexton, 11 años después de Sylvia, también alcanzó el éxito suicida. Optó por lo fashion. Anne se encerró en el garaje de su casa, encendió su Cougar, puso música en la radio (no sabemos que escuchó, se sabe que le encantaba The Doors, por lo que sugiero People are strange, The end o la que yo hubiera puesto: Alabama song (whiskey bar)) y fumó un cigarrillo mientras el monóxido de carbono la arrullaba; no sin antes servirse un vaso de vodka y ponerse el abrigo de piel que heredó de su madre. No se conocen fotos del cadáver, pero, a juzgar por el contraste de su cabello negro con sus ojos azules, debió lucir hermosa. Años atrás su sicólogo le recomendó como terapia para contrarrestar sus depresiones escribir poesía. Sí, esa fue su gran idea para ayudarla a desvanecer sus tendencias suicidas.
Sylvia y Anne se conocieron en 1959 en Boston, en el taller de poesía de Robert Lowell (poeta que padecía ansiedad y era maniacodepresivo), de hecho los tres fueron clientes del McLean, hospital siquiátrico de Massachusetts. De Lowell aprendieron la poética confesional, que en sus letras femeninas revolucionó su crudeza. Las chicas entablaron amistad, salían a beber y charlar de depresiones, del vacío que se siente en otoño, de electroshocks, divanes, desamores y medicamentos. Dos jóvenes talentosas y oscuras, que habrían de dejar dos hijos huérfanos en un futuro que se acercaba como una jauría hambrienta.
Sus estudiosos suponen que atentaban contra su vida para llamar la atención. A mí me parecen coqueteos, simulacros para experimentar la sensación de apagar el mundo: la muerte era su droga; es cierto que la violencia intrafamiliar, que las dos sufrieron, fue el condimento para la tormenta perfecta; en el caso de Sylvia hoy se saben datos sobre su sufrimiento tres días antes de su deceso, al pelear con su ex pareja Ted Hughes (sus archivos se abrieron tras su muerte en 1998), entre ellos la confesión de que existió una carta que se quemó, donde ella, un par de días antes, advertía al amor de su vida que se iría a “Paris”; en cambio Anne pareció tener un excelente día cuando se suicidó, volvió de revisar la publicación de su próximo poemario, The awful rowing toward God, con una amiga. Aunque para sobrevivir se hizo alcohólica y adicta.
En el caso de Sexton, más temprano estuvo con su terapeuta, donde dejó oculta su cajetilla de cigarros, tras un retrato, un avisó de que no los necesitaría más: inconcebible en alguien que nació con un cigarro entre los dedos, pero fue vista tarde; en el de Plath, habló la noche anterior con su vecino del piso de abajo, el Sr. Thomas, quería saber su hora de salida, incluso dejó una nota con su número telefónico para que se le avisará, ya que una persona llegaría en la mañana a ayudarla con sus hijos, pero tampoco los tiempos la favorecieron. Parece que las dos gustaban de colocar pistas, en un reto al destino, a costa de sus vidas.
Sylvia obtuvo el premio Pulitzer por la colección de sus poemas, algo único, ya que fue la primera vez que se entregó póstumo, como lo es parte de su obra; aunque Anne Sexton se sentía inferior a Plath, alcanzó reconocimiento en vida, incluso el Pulitzer por su poemario inspirado en su amiga, Live or die, de allí este fragmento:
Ladrona—
¿Cómo te arrastraste dentro,
bajaste arrastrándote sola
a la muerte que yo deseé tanto y por tanto tiempo,
la muerte que las dos dijimos superada
la que llevábamos en nuestros pechos flacos,
de la que hablamos tanto cada vez
que nos metimos tres martinis de más en Boston,
la muerte que habló de psicoanálisis y curas,
la muerte que habló como novias conspiradoras,
la muerte por la que bebíamos,
los motivos y el acto tranquilo?

Los fantasmas de Sexton y Plath, más que un artículo, merecen un libro. Sus muertes fueron fichas de dominó. Uno de los casos más aterradores fue el de la escritora Assia Wevill, amante de Ted Hughes, por quien dejó a Sylvia. De niña sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial huyendo del nazismo, también se sobrepuso de tres divorcios, pero escribió que no podía con el fantasma de Sylvia Plath. La afectó tanto que un día puso un colchón en la cocina, llevó a su pequeña hija que tuvo con el poeta (de nuevo los hijos de Plath y Hughes, que Assia cuidó, quedaron a salvo), abrió el gas del horno y se suicidó con ella. Arrancó de raíz su descendencia.
El 2009, Linda Gray Sexton, hija de Anne Sexton, confesó tres intentos de suicidio, el último casi exitoso a no ser por un policía que la rescató al abrir la ventana del auto; escribió también sobre Nicholas Hughes, el hijo de Sylvia, la amiga de su madre, que dos semanas atrás se suicidó ahorcándose a los 47 años. Dijo que no le extrañó leer la noticia, que ambos, al igual que sus hermanos, crecieron en la catástrofe de ser hijos de criaturas autodestructivas.

Acerca Miguel Barquiarena

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