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Desdémona: La conspiración de Shakespeare

Ilustración Shakespeare scenes and characters
Por Adamo, Hofmann, Makart, Pecht,
Schwoerer, & Spiess |

Matan por celos, pero a veces los motiva “la compasión”. Son suicidas en potencia, pero les mortifica abandonar a su pareja en un mundo inhóspito. Suficiente excusa para matar lo que consideran su propiedad y, de paso, evitar que practique las artes amatorias en cama ajena, o peor aún ¡en la propia! Recientemente en Texas un tipo asesinó a su esposa en su hogar, para después ir a Walmart. Entre los pasillos de cereales y galletas se disparó en la cabeza. Es el síndrome Otelo en su esplendor, salvo que la mujer no murió. No sé cómo ocurre, pero por alguna sinrazón el victimario en su frenesí no constata que en efecto su víctima lo sea, es común que la dama sobreviva. Hay una dosis de humor involuntario en estas tragedias shakesperianas, si reflexionamos en estos hombres con los nervios de punta, en lucha con sus demonios, se creen asesinos de su compañera, a veces madre de sus hijos, sólo de pensar en explicaciones a la familia, no, ya no hay marcha atrás: la necesidad de morir se afianza a nivel de obligación.

Dicho lo anterior, eh aquí una primicia que quizás ni Shakespeare supo: Desdémona, igual que estas afortunadas mujeres, no murió, al menos no en manos de Otelo, como se atribuye.

Películas, musicales e innumerables puestas en escena, nunca repararon en este hecho que salta a la vista en una lectura adecuada de la obra. En el acto final Otelo entra a su alcoba, donde reposa su amada Desdémona, le advierte que haga las paces con Dios porque la va a matar. Discuten, ya que los planes de la concubina se contraponen en extremo a los de su marido. Pero como no le pide permiso, el moro estrangula a la mujer; la mucama toca la puerta, interrumpe la solemnidad del acto; Otelo da por muerta a su esposa y finge que no pasa nada; pero Desdemona, minutos después de su ahorcamiento, ¡toma la palabra!, con un último suspiro dice a la mucama que el negro no es el responsable de su muerte, de paso reitera que fallece limpia de culpa, lo que a la vez es una sutil pedrada al moro, para después expirar por ¡segunda vez! Un amigo de Otelo, horas antes, ha muerto por la misma causa. De pronto la alcoba parece una verbena de metiches. Se aclara la confusión que llevó a Otelo a cree que su mujer y su amigo le hacían de chivo los tamales. Avergonzado por sus celos, el moro se receta un harakiri venetian style, con monólogo y toda la onda.

¿Por qué sé que Desdémona fingió su muerte? Una muerte por estrangulamiento es causada por la asfixia, por lo tanto una persona que ha sido estrangulada no puede detener el proceso de su muerte para deslindar responsabilidades y despedirse de su gente. Con suerte balbucearía incoherencias por la falta de oxigeno en el cerebro, esto si el estrangulamiento no ha concluyó y se tienen cuerdas bucales privilegiadas. Pero aquí tenemos un negro corpulento que aprieta con sus dos manotas el cuello de delicada fémina, y no las retira hasta suponer que los signos vitales se esfumaron; pero minutos después Desdémona habla con fluidez y capacidad de discernir, esto nos dilucida que tiene conciencia del espacio-tiempo, lo que no corresponde a una persona que agoniza por asfixia, y digo agoniza porque a continuación vuelve a morir; ahora bien, dándole el beneficio de la duda, voy a descartar otra muerte por estrangulamiento que concierne a los huesos de la garganta, no es necesario llegar a asfixiarse. Otelo contó con las condiciones fiscas y furia mínimas que se requieren para lesionar el hueso Hioides, pero aquí el problema se agrava, ya que la muerte es inmediata, sin concesiones orales.

¿Qué ocurrió? Desdémona, antes del ataque, rogó al moro, con insistente afán, por un día más de vida, lo que abre dos vertientes sobre un mismo objetivo de mantenerse viva: 1. Aclarar dentro de las 24 horas siguientes la situación y salvar el pellejo, 2. Aprovechar la prórroga de su ejecución para huir de esa sentencia. No es fácil controlar los miedos y pedir un día más de vida, normalmente cuando un conocido o familiar está a punto de matarnos, lo que suplicamos es que no lo haga, que posponga indefinidamente su idea, pero no solicitamos en esos instantes una extensión con tan corto plazo de caducidad; Otelo debió estar como esos suicidas asesinos, un manojo de nervios que hacen todo mal, se dispuso a ahorcar a su amada sin ejercer la presión suficiente, o concentro la potencia del ataque en los extremos del cuello, cuando debió ser en la parte frontal (típico error de los ahorcadores primerizos); en cualquiera de los dos casos Shakespeare nos dice que ella está recostada en su alcoba: cuando quieres estrangular a alguien es importante que lo apoyes contra una base solida que ayude a la fuerza que se impone del lado A contra el lado B, una cama de la realeza, acolchonada y tupida de almohadones árabes, rellenos de los más exóticos plumajes, no ayuda.

Es obvio que Desdémona fingió morir y así aplacar la sed de sangre del “cornudo”, eso explica sus fuerzas para hablar cuando vio a la mucama, quien pudo creerla dormida y dejarla a su suerte, fue una forma indirecta de decirle si me dejas sola con este negro me acaba de matar, pero se mantuvo en calidad de cadáver a continuación, incluso ante el anuncio suicida de Otelo, quizás sintió ese rencor que brota en las mujeres que dejan de amar por decepción.

La duda que me habita es si Shakespeare lo supo, porque a diferencia de ustedes, sus lectores, a él lo coloco a mí grado intelectual, no obstante, a veces, un personaje se sale de las manos del autor para sobrevivir a la sentencia de su ficción. Así que para saberlo me encerré con las obras del autor. Es de notarse que el maestro tuvo debilidad por fingir muertes, baste citar el caso Romeo y Julieta, para no hacer larga la lista. ¿Acaso Shakespeare puso en práctica un hábil juego de vuelta de tuerca al final de Otelo, para futuras generaciones con mayor discernimiento? Me entristece la pereza creativa de nuestros dramaturgos, aún no salen con una obra sobre los días posteriores de Desdémona. Ahí está, libre de derechos de autor, y ese Síndrome Otelo que se inventó la sicología sin comprender a profun… bah, sólo un genio entiende a otro genio.

Acerca Miguel Barquiarena

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