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Sobre el coleccionismo y los objetos

A Danielle Colby,
colectora de corazones

Casi todos los seres humanos –salvo aquellos que han trascendido lo terrenal− están vinculados con las posesiones materiales. Así, los objetos se convierten en una extensión del individuo. Por un lado están los enseres de uso diario y los de trabajo, esos que enmarcan, acompañan y auxilian a la persona en su cotidianidad. Desde otra arista, se encuentran aquellos objetos que se reúnen por gusto, por un deseo particular, que tras acumularse, ordenarse y dárseles un sitio –tanto en lo espacial como en lo afectivo−, se llaman “colecciones”.[1]

Libros, monedas, estampillas, fotografías, juguetes, relojes, cajas de cerillos, plantas, frascos, muebles, sellos, llaves, vestidos, fósiles, medallas, armas, bastones, insectos… Cualquier objeto es susceptible de coleccionarse, pero también de ser un registro histórico. El tomo VI, Familia 2000, dedicada al coleccionismo, afirma: “El afán de guardar, de conservar amorosamente no es signo de apego codicioso a las cosas y al valor pecuniario que representan. Antes bien es prueba de respeto por lo que se ha utilizado, por lo que forma la historia de nuestra vida o de la de los hombres que nos precedieron”.[2]

A su vez, Walter Benjamin destacó la labor del colecccionista quien “[…] tiene en su pasión una varita mágica que le hace descubrir fuentes nuevas”.[3]

El conocer la trayectoria de los objetos permite reconstruir parte de la historia de la cual formaron parte. A fin de cuentas, son sobrevivientes de una época, testigos materiales de un contexto. El análisis de una pieza puede descubrir datos relevantes del período al que perteneció, así como las filias y las fobias de una sociedad. Por ejemplo, Giorgio Vasary –en la Vida de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos− se dio a la tarea de glosar la biografía de varios de los artistas del Renacimiento. Miguel Ángel fue uno de ellos. Vasary cita una anécdota donde Buonarroti esculpió un Cupido durmiendo, de tamaño natural, que por su talla tenía aspecto de ser vetusta. Al verlo Lorenzo di Pierfrancesco de Medici, primo de Cosmo, el Magnífico, dijo: “Si esta figura se enterrara, estoy seguro de que pasaría por antigua. Enviándola a Roma, arreglada de forma que parezca vieja, te produciría mucho más que vendiéndola aquí”.[4]

Al parecer, Miguel Ángel hizo caso del consejo de Pierfrancesco y patinó tan bien el  Cupido que logró venderla –mediante Baldisarri del Milanese,[5] intermediario de obras de arte− al cardenal San Giorgio en 200 ducados, de los cuales Buonarroti sólo recibió 30. Aunque el engaño se descubrió, el ingenuo cardenal se hizo regresar su dinero y devolió la escultura.[6] Así, mediante un objeto, el Cupido en este caso, quedan descubiertas algunas cuestiones de este período renacentista: el gusto por las obras antiguas, la capacidad de falsificar con tal de vender, la ingenuidad del coleccionasta al no conocer profundamente la obra comprada y, una vez más, el genio creativo de Miguel Ángel.

Otro caso, de muchos que podrían exponerse, donde la circulación de objetos permite acercarse a los acontecimientos históricos, se encuentra en el Zodiaco de Dendera –un bajo relieve con signos zodiacales y elementos que representaban los días del año del calendario egipicio, entre otras imágenes de índole astrológico−. Dicha pieza fue encontrada en el Valle de los reyes, en el templo de Athor, durante la campaña de Napoleón Bonaparte en Egipto, en 1798. Bonaparte acostumbraba llevar, además de su ejército y pertrechos de guerra, un nutrido grupo de especialistas en diversos temas. Entre estos iba Vivant Denon −dibujante, grabador y egiptólogo−, quien al conocer el Zodiaco, lo dibujó y a la postre incluyó esas imágenes en su libro Voyage dans la Basse et Haute Egypte, pendant les campagnes de Bonaparte en 1798 et 1799.[7]

Tras la estadía de Napoleón en Egipto, el interés por las piezas de esa región se puso de moda entre las clases pudientes. Louis Charles Antoine Desaix, otro miembro de la expedición napoleónica, junto con Sébastien-Louis Saulnier −intermediario de antigüedades−, encargó a Jean Baptiste Leloraine, un especie de albañil, que desmontará del techo del templo el bajorelieve. La pieza llegó a Francia en 1821, donde se le vendió a Luis XVIII. Finalmente se le trasladó a Louvre en 1964, recinto en el que se encuentra hasta la actualidad.

Muchas piezas, como el Zodiaco de Dendera, han nutrido diferentes museos de varias partes del mundo. Actualmente, el reclamo de diversos países para que se repatrien piezas originarias de sus culturas, es constante. Sólo por referir algunos casos, piénsese en la Piedra roseta –en el Britsh Museum−, la escultura de Nefertiti en el Museo de Etnología de Berlín, el Penacho de Moctezuma en Museo de Etnología en Viena, etcétera.

Trazar una biografía cultural permite ahondar en aspectos poco perceptibles a primera vista en los objetos, como lo señala Igor Kopytoff: “Biographies of things can make salient what might otherwise remain obscure. For example, in situations of culture contact, they can show what anthropologists have so often stressed: that what is significant about the adoption of alien objects −as of alien ideas− is not the fact that they are adopted, but the way they are culturally refined and put to use”.[8]

Los objetos a través de su trayectoria, cuando se les sabe interrogar de modo adecuado, develan parte de la historia, muchas de las veces desconocida. Las coleccionistas –públicas o privadas− suelen encapsular el tiempo, son puentes con otras épocas y nos permiten acercarnos a tiempos remotos, que sin la presencia de alguna pieza material serían prácticamente inasibles.

 

Bibliografía consultada:

Benjamin, Walter, Discursos interrumpidos I,  Buenos Aires, Taurus, 1989.

Denon, Vivant, Voyage dans la Basse et Haute Egypte, pendant les camagnes de Bonaparte en 1798 et 1799, Londres, Samuel Bagster, 1807.

Kopytoff, Igor, “The cultural biography of things: commoditization as process”, The social life of things, Arjun Appadurai, editor, Estados Unidos de América, Cambridge University Press, 1986,

Las colecciones, vol. VI, Familia 2000, España, Everest, 1972.

Vasary, Giorgio, Vida de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos, México,

Cumbre, 1980.

[1] Colección: “Conjunto ordenado de cosas, por lo común de una misma clase y reunidas por su especial interés o valor” (DRAE).

[2] Las colecciones, vol. VI, Familia 2000, España, Everest, 1972, p. 5.

[3] Walter Benjamin, “Historia y coleccionismo: Eduard Fuchs”,  Walter Benjamin, Discursos interrumpidos I,  Buenos Aires, Taurus, 1989, p. 131.

[4] Giorgio Vasary, Vida de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos, México, Cumbre, 1980, pp. 281-282.

[5] Otra vesión del hecho cuenta que el mismo Milanese enterró el Cupido en una de sus viñas, tras lo que luego lo vendió al cardenal San Giorgio, véase, Ibid., p. 282.

[6] El Cupido pasó a manos de César Borgia, quien obsequió la pieza a Isabel de Este. Existe un registro que el Cupido estuvo en Mantua en 1542, sin embargo se le perdió el rastro cuando en 1632 se le envío a Inglaterra a Carlos I.

[7] Véase, Vivant Denon, Voyage dans la Basse et Haute Egypte, pendant les camagnes de Bonaparte en 1798 et 1799, Londres, Samuel Bagster, 1807.

[8] Igor Kopytoff, “The cultural biography of things: commoditization as process”, The social life of things, Arjun Appadurai, editor, Estados Unidos de América, Cambridge University Press, 1986, p. 67.

Acerca Armando Escandón

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Licenciado en lengua y literatura por la UNAM. Técnico bibliotecario por la UNAM. Diplomado en Etimologías grecolatinas del español por la UNAM. Cofundador del Taller Maladrón

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