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Foto: Guillermo Santana

Confín de nadie, un libro para lugares infinitos

Me gusta pensar que volverás

con un puñado de edades

para regalar tus años a los mendigos,

que has desandado tus pasos

hasta la tumba

y te levantarás del polvo

para llegar a casa (pp. 59).

 

I like to think you will come back

with a handful of ages

to give your years to homeless,

that you have retraced your steps

to the grave

and you will rise from the dust

to arrive home (pp. 59).

 

Me gusta pensar que los libros tienen algo más que hojas y tinta. La tierra se mece en el territorio y la distopía, entre la luz y sombras. También me gusta pensar que la noche nace para darle sentido a la luz artificial, a la nueva especie de luz, circonias que desatan la territorialidad y el deseo. Me gusta pensar que el tiempo se mece en las páginas de un libro, que las páginas con letras en ローマ字 [rōmaji] ‘lit. caracteres romanos’ van de izquierda a derecha, como conocemos el tiempo, que las páginas que van e hiraganas o katakanas van al contrario. Cada una en su propia lógica y dimensión. No es el caso de Confín de nadie, que nace en el año cero y va a 1995, a 2118 y a un sinfín de años. En realidad, podría ser el año 13 mil antes de nuestra era, el año 20 mil antes de esta galaxia, el año 0 antes de la domesticación del trigo y la creación del pan en la boca del pobre. Cada página es una invocación a Cronos, y aún así, nos lleva a otros dioses del tiempo. Quién sabe si su Dios se llama tiempo o se llama Vilma, su viaje nos lleva codo a codo a Tierra Roja de Francisco Segovia, quien recuerda la fragilidad de la especie humana una ruta a un mundo cercano y distante con la posibilidad del espacio y del tiempo, de la transportación y del futurismo, una invitación a la poesía de la ciencia ficción.

Un día, yo había tenido una mañana burocrática, así que para sopesar los malestares cotidianos, pasé a la librería. Encontré el vino tinto para pasar la tarde. Hablo de los libros de poesía, que entre más se dejan reposar, se toman con más esperanzas. Compré tres. Uno de ellos fue “Confín de nadie”. Si bien, yo conocía un poco acerca de la autora, traté de comunicarme con ella: Jimena Jurado, una autora del estado de Morelos. Antes de comenzar a leer su libro le pedí una recomendación, así que me quité la pena, le envié un mensaje y ella, muy amablemente me invitó a echarle un ojo a Francisco Segovia, un libro que revisé mientras viajaba del centro histórico de la Ciudad de México hacia el centro de Cuernavaca un día que tenía que ver a mi amiga Karina Peña debido a un concierto en el que ella interpretó música barroca. Ese día hice mi tarea, leer a Francisco Segovia, un libro fascinante que motiva al encuentro con el sistema solar, con un viaje sideral pero sobre todo para poner las plantas de los pies en tierras ajenas. El libro de Francisco me dejó un buen buqué, es decir, un sabor diferente de los que había probado hasta el momento. Quiero decir que cada libro tiene un buqué para tomarlo, su propio destino y su propia fórmula para beberlo. No es igual degustar un libro tinto que uno blanco, un chardonnay o un merlot. A decir verdad, no es igual el diálogo con un amigo que con una amiga o una quimera. A decir verdad, cada libro tiene lo suyo.

Estaba buscando un buen lugar para comenzar a leer Confín de nadie. Lo primero era hincarle el diente a Tierra Roja, la recomendación para afilar los colmillos, tender el mantel y servir el vino. Tierra roja es un libro tinto que se degusta con un bocadillo, con la ventisca de marte y con las manos listas para deglutir las neuronas imaginando el futuro y la desolación. Esta es una de las referencias de Confín de nadie, pero no es la única. Confín de nadie dialoga con las aves, con la hermana mayor, con la idealización, con la tierra y con el tiempo, con Machado, Cortazar, Ray Bradbury, con Pessoa, entre otros. La primera vez (digo la primera vez porque uno no sabe cuando podría volver a suceder) que abrí el libro fue en el puente que comunica la zona continental de Miami a la isla de South Beach en un viaje obligado (las vagaciones también son obligadas). Mi primera impresión de este libro es que se trata de un viaje por el espacio y el tiempo. La segunda impresión fue que el espacio-tiempo es demasiado disímil para la imaginación. Es decir, el espacio es un poco indiferente, pero el tiempo es demasiado tendencioso. Jimena Jurado, en este –que bien podría ser su primer libro impreso–, nos habla de las aves que conoce por motú propio, muy seguramente en su tierra natal, pero nos habla de otras aves imaginarias. Yo no podría definirlas. Quimeras que nacieron en la imaginación o el deseo, en las mañanas o en las sombras. “Me emociona cuando un libro desata el diálogo en vez de ser condenado a cerrarse y permanecer en la estantería…” A mí también me emociona el diálogo, aunque me emociona más el silencio que queda después de las primeras palabras, el sabor en la mente después de revisar un libro. Como dije, estaba buscando un buen momento para abrir el libro. Por ejemplo, no podría pensar en Ibargüengoitia sin remontarme en la memoria a la ciudad de Los Ángeles, a José Emilio Pacheco sin recordar su casa en la Condesa, al ladito de revolución, en la colonia Roma, donde vivía el señor del costal que se robaba a los niños. No podría dejar de pensar en la generación de escritores de Santa Clara que nacieron bajo el siglo de la deslealtad, en Cero, los vates de la resurrección que nacieron en la cueva del olvido. No podría dejar de pensar en Jimena sin los jardines de Cuernavaca, la ciudad de la primavera. No podía dejar de pensar en la casa de mi nana, en su jardín de flores y su pórtico con vista a un jardín de buganvilias. No podía dejar de pensar en la fragancia descomunal de las cañas de azúcar quemadas en los cañaverales del sur de la Ciudad, en el agua de la ciudad hidrocálida, en el viaje por Morelos, donde seguramente, ella escribió la mayor parte del libro.

Confín de nadie es un libro para revisar en un café, en la librería, en la playa, debajo de la desolación global y las ansias de abrir un nuevo testamento, las primeras páginas del apocalipsis, el inicio de la destrucción y de la ansiedad. En estas páginas, Jimena nos lleva a varios parajes, a varios sitios que son la huida y la desolación. En nuestro paraíso nacieron varias aves que no conocemos.

De este libro surgen alas que no se describen fácilmente, vuelos que no se descifran a la primera, que no salen de una vez, que no surgen del nacimiento o de la memoria. Forzosamente hay que dejarse llevar al mundo de las aves, al mundo del encuentro con el nacimiento y la fuga. Confín es para leer en un lugar de Nadie, el noland, en un lugar de riguroso asfalto quemado bajo la transformación solar.

 

Lee Confín de nadie, de Jimena Jurado https://www.goodreads.com/book/show/44262009-conf-n-de-nadie

 

 

 

 

Acerca Guillermo Santana

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