Inicio / Taller Maladrón / Replanteando el conocimiento eurocéntrico

Replanteando el conocimiento eurocéntrico

En el mundo de la historia del arte, Ernest Hans Gombrich (1909-2001) goza de enorme prestigio por sus aportaciones al campo. Pocos investigadores como él llegaron a poseer un conocimiento tan vasto en cuestiones del arte universal, además de contar con la fortuna de lograr divulgarlas prácticamente en todo el orbe. De hecho, su Historia del arte es una obra clásica y de consulta indispensable −aunque también su Arte e ilusión (1960) ha ejercido una gran influencia a lo largo del tiempo− tanto para el experto como para el neófito, desde la primera edición en 1950 hasta la actualidad, ha vendido millones de copias y se le ha traducido a más de 20 idiomas.[1]

En la Historia del arte de Gombrich, como un ejemplo del arte prehispánico en México, aparece glosada una escultura de Tláloc  −que se encuentra en el Museo Etnológico de Berlín (en alemán Museum für Völkerkunde) y forma parte de la colección Uhde [2]−. Gombrich la describe así:

Latlaloc de berlin ilustración […] representa al dios de la lluvia, […] Tláloc. En esasa zonas tropicales  la lluvia es con frecuencia  cuestión de vida o muerte, porque sin ella las cosechas pueden fallar […] Se comprende, pues, que el dios de la lluvia y la tormenta asuma en el espíritu la forma de un demonio de terrorífico poder.[3] El rayo, en el cielo, aparece en la imaginación como una gran serpiente […] Si observamos más detenidamente la figura de Tláloc vemos, en efecto, que su boca está formada por dos cabezas de esta clase de ofidios, frente a frente, con sus grandes colmillos venenosos sobresaliendo de sus mandíbulas, y que su nariz, asimismo, parece haberse plasmado con el cuerpo retorcido de una serpiente. Tal vez hasta sus ojos puedan ser vistos como dos culebras enroscadas. Vemos así cuán lejos de nuestro criterio, acerca de la escultura, puede llevar la idea de construir un rosto estrayéndolo de formas dadas. […] Si consideramos la extraña mentalidad que creó esos terribles ídolos, podemos llegar a comprender cómo la realización de imágenes en esas civilizaciones primitivas no se hallaba relacionada sólo con la magia y la religión, sino que también era la primera forma de escritura. La serpiente sagrada en el arte antiguo de México no fue solamente la reproducción de la serpiente de cascabel; llegaría a evolucionar hasta constituir un signo para expersar el rayo y, de ese modo, crear un carácter por medio del cual pudiera ser registrada o tal vez conjurada una tormenta.[4]

 

Aunque parece excesivo, considero pertinente citar una voz más que ayuda a remarcar el cáracter cosmogónico de Tláloc. Rubén Bonifaz Nuño refiere el siguiente pasaje, donde se narra el nacimiento del dios de la lluvia:

[…] los dioses, cuando sintieron la  necesidad de hacer el universo, vieron al hombre, y en el trance de satisfacer aquella necesidad, se cambiaron ambos en dos grandes serpientes y al hombre se unieron para satisfacerla. Dos serpientes, pues, y una forma humana. Tales son los elementos que se integran en unidad a fin de crear la imagen de Tláloc. […] Dos grandes dioses se transformaron en serpientes para unirse al hombre y, gracias a él, estar en la posibilidad de ejercer sus poderes de creación. Y el hombre quedó en medio de ellos, como punto central y motor de tal poder.[5]

Así, la estatua de Tláloc del Museo Etnológico de Berlín resume una polisemia de significados del mundo mexica: manifiesta una cosmogonía; muesta el insondable vínculo entre la naturaleza y la agricultura; cataliza la encarnación de la divinidad al hibrídizarse con el hombre, pero también la cercanía con la escritura, al plasmar la presencia del rayo. Todavía hay mucho por descubrir y aprender del arte prehispánico.

En los comentarios de Ernest H. Gombrich, resulta un tanto sorprendente el uso de la palabra “demonio” cuando dicha concepción se acerca más a un imaginario de la tradición judeocristiana −aunque Gombrich era agnóstico− que no existía dicha figura en el México prehispánico y que en, todo caso, la interpretación religiosa debería enmarcarse más en la esencia del dios creador, tal como explica el mito ya referido por Bonifaz Nuño. Además, el mismo Gombrich se sorprende de la capacidad escultórica plasmada en el Tláloc: “Vemos así cuán lejos de nuestro criterio, acerca de la escultura, puede llevar la idea de construir un rosto estrayéndolo de formas dadas”; lo que le da un gran mérito al anónimo creador del Tláloc, porque, como se señaló al inicio de estas líneas, Gombrich representa lo más granado del conocimiento del mundo de la historia del arte en occidente; y “la extraña mentalidad que creó esos terribles ídolos”. ¿Extraña mentalidad?, ¿o mentalidad dificil de comprender para una mente eurocéntrica? ¿Terribles ídolos?, ¿o ruptura de los cánones estéticos europeos?

En suma, el arte prehispánico todavía llena de incertidumbre a los grandes estudiosos europeos. Ciertos aspectos del caso de Gombrich, con respecto al Tláloc de Berlín, recuerdan el encuentro de Alexander von Humboldt con la Coatlicue, que después de  hacerla exhumar −y quedar atónito ante la diosa−, la llamó “monstruoso ídolo”,[6] tras lo que la escultura volvió a ser enterrada. Sin embargo, eso fue en el siglo XIX.[7] Es imperante preguntarse desde dónde y bajo qué criterios se realizan las exégesis del arte. ¿Por qué Europa sigue erigiéndose como la medida del mundo cuando en muchos sentidos sus lecturas son rebasadas por las culturas que trata de analizar?

 

Referencias:

Bonifaz Nuño, Rubén, “Elogio del espacio. Apreciaciones sobre el arte. Miguel Ángel Muñoz, introducción, México, UAM-El Colegio Nacional-UNAM, 2011.

Gombrich, Ernest H., Historia del arte, Phaidon, China, 2008.

Humboldt, Alexander von, Sitios de las cordilleras y monumentos de los pueblos indígenas de América, Madrid, Imprenta y Librería de Gaspar Editores, 1878.

Gaida, María y Leonardo Luján, “Dos esculturas prehispánicas del Centro de México perteneciente a la antigua colección Uhde”, en Mexicon, Revista de Estudios Mesoamericanos, vol.  XXXIV, agosto de 2012, núm. 4, pp. 82-87. Consultado en línea el 22 de agosto en 2015. Disponible en: «http://www.mesoweb.com/about/articles/Dos-esculturas.pdf».

 

[1] Este libro aborda la historia del arte de modo cronológico, va desde la prehistoria hasta el arte de mediados del siglo XX. Como puntos esenciales para su redacción, Gombrich se contrajo a tres puntos: “[…] no escribir acerca de obras que no pudiera mostrar en las ilustraciones; no quería que el texto degenerase en listas de nombres que poco o nada podían significar para quienes no conocieran las obras en cuestión, y que serían superfluas para aquellos que las conocen […]; La segunda regla se produjo como consecuencia de la primera: constreñirme a las verdaderas obras de arte, dejando fuera todo lo que solamente pudiera resultar interesante como testimonio del gusto o de la moda de un momento dado […] La tercera regla también exigía un poco de abnegación. Me propuse resistir cualquier tentación de ser original en mi selección, temiendo que las obras maestras bien conocidas pudieran ser aplastadas por las de mis personales preferencias […] Además, las obras de arte más famosas son realmente, a menudo, las más importantes por varios conceptos […]“.  Ernest H. Gombrich, Historia del arte, Phaidon, China, 2008, pp. 7-8.

[2] Carl Adolf Uhde (1792-1856) fue un comeciante y coleccionista alemán quien vivió en México. En su estadÌa en nuestro país (1823-1835) colectó más de 6,000 piezas entre antiguedades prehispánicas, plantas, animales y libros. Véase: María Gaida y Leonardo Luján, “Dos esculturas prehispánicas del Centro de México perteneciente a la antigua colección Uhde”, en Mexicon, Revista de Estudios Mesoamericanos, vol.  XXXIV, agosto de 2012, núm. 4, pp. 82-87. Consultado en línea el 22 de agosto en 2015. Disponible en: «http://www.mesoweb.com/about/articles/Dos-esculturas.pdf».

[3] Todas las cursivas de este párrafo son mías.

[4] Ernest H. Gombrich, Op. cit., p. 53.

[5] Rubén Bonifaz Nuño, “Tláloc”, en Elogio del espacio. Apreciaciones sobre el arte. Miguel Ángel Muñoz, introducción, México, UAM-El Colegio Nacional-UNAM, 2011, pp, 65-67. Asimismo, para continuar con una mayor profundización sobre el tema del dios de la lluvia, se sugiere revisar: Rubén Bonifaz Nuño, Imagen de Tláloc. Hipótesis iconográfica y textual, México, UNAM, 1986.

[6] Alexander von Humboldt, Sitios de las cordilleras y monumentos de los pueblos indígenas de América, Madrid, Imprenta y Librería de Gaspar Editores, 1878, p. 229.

[7] Para una aproximación inicial sobe la Coatlicue, véase, Antonio de León y Gama, Descripción histórica y cronológica de las dos piedras que con ocasión del nuevo empedrado que se está formando en la plaza principal de México, se hallaron en ella el año de 1790, México, Imprenta del ciudadano Alejandro Valdés, 1832. También considérese, Justino Fernández, Coatlicue. Estética del arte indígena antigua. México, CEF, 1954. Donde el autor centra una reflexión sobre el arte prehispánico frente al canon occidental, tomando como eje a la madre de Huitzilopochtli.

Acerca Armando Escandón

mm
Licenciado en lengua y literatura por la UNAM. Técnico bibliotecario por la UNAM. Diplomado en Etimologías grecolatinas del español por la UNAM. Cofundador del Taller Maladrón

También puedes ver

La nota policiaca y la nota roja en la calle del Chopo, durante el Porfiriato

Grabado José Guadalupe Posadas | En este artículo: Tanto la nota policíaca como la nota …

Un comentario

  1. Hola Armando!

    Interesante artículo sobre esta pieza de la cual yo no tenía conocimiento. Y mucho menos que se encuentra en Berlín.
    Qué es lo que más te interesa de esta pieza? Reciente información y fotos? Haré lo que pueda por hacerlo. Muchas veces no se pueden tomar fotos en museos pero puedo traducir información que esté en alemán.

    Saludos!