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¿Qué se celebra en México? Un acercamiento a la mexicanidad del siglo, a través de sus festividades

Enero y sus cuestas

La palabra enero proviene “del latín vulgar janarius, “enero”, literalmente = (mes) de Jano, de Janus (dios romano de las puertas y por tanto [más tarde] de los principios, cuyo mes festivo era enero). […] Janus, arco, portón, entrada, puerta”.[1] De ahí, tal vez, que se pueda leer a enero como la entrada del año −aunque en nuestro actual calendario hay ecos de la reforma romana de Numa Pompillo (753 A.C), también deben considerarse el juliano (de Julio César) y el gregoriano (del papa Gregorio XII). Este último merece gran atención porque se usa actualmente en  prácticamente todo el mundo−. Cabe agregar que Jano era un dios bifronte, veía tanto al pasado como al futuro, el cierre e inicio de un ciclo. Jean Bayet lo describe así: “Jano tiene la primacía: es dios inicial, dios creador (según el cántico de los Salios) […] Para él era Agonium del 9 de enero, en el que se inmolaba un carnero en la Regia. Sobre su naturaleza cósmica (celeste o solar) y su omnisciencia (aparece figurado con doble cara) solo podemos formular hipótesis”.[2]

Debido a que en enero no hay mayores fiestas en el calendario de México −aunque no está de más recordar que somos una sociedad malagradecida, pocas veces recordamos el 4 de enero, día del periodista, profesión de alto riesgo en la actualidad, y el 6, fecha donde deberíamos rememorar a las enfermeras−, pero sí destaca el día primero, fecha en que se recibe el año con las mejores expectativas, pero también con el peso de una realidad donde todos los precios aumentarán. La fiesta por la despedida del año saliente y por la llegada del venidero ocupa las últimas horas del 31 de diciembre y la madrugada del primero de enero. La familia y los amigos, un tanto como en la celebración de navidad, se reunen a cenar. La medianoche es el punto exacto para toda suerte de rituales a favor de la prosperidad, tales como: comer 12 uvas y cada vez pedir un deseo −esta tradición llegó a México desde Europa, no se sabe bien a bien la forma−; el uso de ropa interior de un color determinado (amarillo: dinero; rojo: amor; negro: sexo, etcétera); colgar un borrego detrás de la puerta −la procedencia de esta creencia también es europea, hay quienes piensan que de Andalucía o Suiza, estos animales son símbolo de abundancia−; pasear con las maletas, si se quiere viajar; barrer monedas hacia la puerta de la casa; etcétera.

Justo al anuncio del reloj, por la llegada del nuevo año, se debe dar un abrazo a los seres queridos y desearles un “Próspero año nuevo”. Asimismo, cada cual se promete “propósitos”, entre ellos suelen destacar: bajar de peso, ahorrar, aprender otro idioma, pagar las deudas, conseguir pareja, hacer ejercicio −de hecho los gimnasios aprovechan esto para realizar promociones−, entre otros anhelos más de índole personal.

Iniciar el año siempre se complica, sobre todo en el ámbito económico. Las fiestas decembrinas suelen provocar excesos en los gastos y el proporcional menoscabo en la cartera. Un tema cotidiano durante enero es el de los empeños. El mexicano constantemente recurre al Monte de Piedad −las raíces de esta institución se remontan hasta la mismísima época virreinal− como a un amigo que no pide explicaciones, solo un bien material adecuado para asegurar el préstamo, aunque actualmente, como un eco de la vecindad con los Estados Unidos, existen pequeñas cadenas de tiendas de empeño que poco a poco ganan terreno.

Tampoco se puede olvidar que por las fiestas de fin de año, gran parte de la vida económica del país se encuentra aletargada. De esto se decantan gran parte de las penas del mexicano desempleado o de quien trabaja por su cuenta los freelancer, como se les suele llamar, −merced a otro de los tantos anglicismos innecesarios de nuestro idioma− también sufren “la cuesta de enero”.

Una estrofa de la canción “La cuesta de enero” cantada por Amandititita, hija de Rockdrigo González, describe una típica escena de este período:

La familia Treviño quería competir con el vecino,
el aguinaldo se gastaron en una camioneta
y en cambiar de colegio a los niños.
Querían aparentar y con tal de apantallar
empeñaron las joyas en el Monte de Piedad.
Querían aparentar y con tal de apantallar.
empeñaron las joyas en el Monte de piedad.
¡Piedad!

Las caricaturas del año nuevo son bastante comunes en los periódicos del día primero. Sus variantes dependen del caricaturista en cuestión, pero las escenas representadas, un gran número de veces, muestran al año viejo saliente como un viejo y al año nuevo como un bebé, ya con inicios de sufrimiento ante su llegada al mundo, pues a cada ciclo le aplica una de las máximas de Buda: “Desde que nacemos, comenzamos a morir”.

Dado que las épocas decembrinas se prestan para comer y beber en exceso, surgió una frase popular donde el mexicano se embarca en una carrera: correr “El maratón Guadalupe-Reyes”. Es decir, desde el 12 de diciembre −fecha donde se conmemora la aparición de la virgen de Guadalupe hasta la partida de la rosca− perderse en la fiesta, la bebida y la comida. Sin embargo, el genio siempre pícaro de algunos mexicanos, con un giro de tuerca, modificó el dicho: “Hacer el maratón Reyes-Guadalupe”, extendiendo durante más tiempo la algazara.

En la madrugada del día cinco para amanercer seis, los niños están a la expectativa del arribo de los Reyes Magos, quienes tienen como encomienda llevarles regalos como un desdoblamiento de lo que, al menos en la tradición católica, hicieran con Jesús los magos venidos de oriente −de los que, por cierto, en la fuente bíblica no se especifica el número y mucho menos que se hayan transportado en un caballo, un elefante y un camello y respondieran a los nombres de Melchor, Gaspar y Baltazar−, a obsequiarle oro, mirra e incienso (Mt. 2: 1-2), aunque a los niños mexicanos hay que ofrendarles juguetes −y se ha dicho de paso que es la última gran derrama económica hasta antes del 14 de febrero−. No obstante, año tras año es más común leer cartas donde los niños piden objetos tecnológicos como celulares, videojuegos y tabletas; es decir, cada vez estamos más lejos de aquellos días donde un Rey Mago contentaba a un pequeño con una pelota, una bicicleta o una muñeca.

Redactar una carta a los reyes magos tiene sus formalidades. El niño debe iniciar con una frase como “Queridos Reyes magos”, apelar a su buen comportamiento a lo largo del año, resaltar sus logros −en caso se haberse portado como todo un pillo, no mencionarlo− y pedir sus regalos. Un as bajo la manga se obtiene al rematar la misiviva con un “y lo que sea su voluntad”, pues suele mover a los Reyes a dejar un regalo extra. Para los niños perezosos, en algunos lugares −papelerías, incluso semáforos o tianguis− ya venden un machote de la carta con los datos generales, lista para ser llenada.

El envío de las cartas antaño se realizaba amarrando el sobre a un globo. Todavía, aunque en menor medida, se pueden ver esos redondos mensajeros por el aire. A veces caen en alguna casa, o se atoran entre los cables de la luz, incluso organizaciones en favor del medio ambiente han pedido que se deje de realizar esta acción, pues el  plástico de los globos afecta a la vida silvestre y contaminan. En el Palacio de Correos de la Ciudad de México es común que en estas fechas destinen un buzón para que los niños depositen sus misivas a los Reyes Magos.

El mexicano es sumamente propenso al humor, su facilidad para crear chistes –y en la actualidad memes− denota su enorme creatividad, misma que por desgracia no se explota en otros ámbitos. Pepito, protagonista de cientos y cientos de picardías −y sobre quien en algún momento nos ocuparemos−, también tiene un par de piezas sobre los Reyes Magos:

Pepito y un amigo están hablando de lo aprendido en la clase de religión.
–Oye, ¿tú qué piensas de Satanás? –le preguntan a Pepito.
Pepito responde: −Acuérdate de lo que pasó con los Reyes Magos, o con el Ratón de los dientes… Seguro que Satanás también son los papás.

*

En la escuela le preguntan a Pepito
–¿Quién inventó los preservativos?
–Los Reyes magos –contesta Pepito.
–No puede ser…
–Sí, mi papá me dijo que los Reyes llegaron con dádivas, regalos y con-dones.

*

El mismo día de reyes se acostumbra compartir la rosca, que también está llena de símbolos religiosos. Se cree que esta tradición, según el padre José de Jesús Aguilar Valdéz, tuvo origen en los albores de la Edad Media, época en la que el 31 de diciembre las familas compartían una tarta. Posteriormente, en Bélgica, ya en el siglo XV, nació la idea de comer un pastel el día 6 de enero con un haba o frijol adentro. Esto representaba la fertilidad o el escondite de Jesús tras la persecución de Herodes. A la persona a quien le tocaba la semilla lo nombraban “El rey del frijol” y estaba en la obligación de organizar una comilona para los otros invitados. La tradición emigró a Francia, donde el pan tomó una forma octagonal y se cambió la semilla por un diversos objetos como anillos, dedales hasta que a alguien se el ocurrió introducir un muñeco pequeño −representación del nacimiento de Jesús−, porque la gente, con tal de no pagar la deuda, solía tragarse la semilla. Tras la Conquista de México, los misioneros incorporaron –como parte de la otra conquista, la espiritual− la tradición de la rosca, misma que se arraigó en nuestra cultura hasta la actualidad. La forma circular de este pan representa una corona que los magos de oriente habrían brindado a Jesús, la fruta seca hace las veces de las joyas que adornan dicha insignia real.

Entonces, tras la ingesta de la rosca de reyes se debe agendar la siguiente fecha: el 2 de febrero, día de la Candelaria, pues quien tiene la fortuna de “sacar” al mal llamado muñeco de la rosca, debe invitar los tamales y el atole en febrero, el día de la Candelaria, pues al recibir al niño, se convierte en su padrino. Todavía mucha gente, cual si fuera Cronos devorador de Zeus, comete el infanticidio y, sin más, se zampa al niño para no verse envuelto en deudas.

A su vez, el doble sentido, el albur mexicano también ha aprovechado los elementos de esta celebración para crear variantes del habla. Cuando un hombre desea tener sexo con una mujer, de modo grosero, suele preguntarle: “¿Partimos la rosca, reyna?” Además, no hace mucho tiempo nació el concepto de “mamá luchona”, término que se le dado a madres solteras, aunque con una carga peyorativa, pues son mamás que dejan encargadas a sus “bendiciones” con las abuelas, mientras ellas salen a buscar nuevos horizontes. Entre ellas y la rosca nació una comparación que dice: “Las mamás luchonas son como las roscas: todos se las quieren comer, pero nadie quiere al niño”.

Los demás días del mes de enero transcurren con la incertidumbre de analizar cómo se presentará el resto del año –bueno, también revisando los días feriados y puentes vacacionales, porque el mexicano de continuo busca la evasión de las festividades, como en su momento lo señaló Octavio Paz en el Laberinto de la soledad−. Una palabra sumamente común en este mes es “crisis”. Pero la crisis a los mexicanos ya no nos espanta, porque es como aquella tía inmortal que uno nace y ya está ahí, uno muere y la tía sobrevive, sin fecha para dejar este mundo. En una imagen donde se siguieran las ideas del cristianismo sobre la Resurrección, tras el Juicio final, el mexicano, afortunado de levantarse del polvo eterno, despertaría sólo para volverse a encontrar a su tía, la crisis.

[1] Guido Gómez de Silva, Breve diccionario etimológico de la lengua española, México, FCE, 2012, p. 254.

[2] Jean Bayet, La religión romana, Madrid, Ediciones Cristiandad, 1984, p. 102.

Acerca Armando Escandón

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Licenciado en lengua y literatura por la UNAM. Técnico bibliotecario por la UNAM. Diplomado en Etimologías grecolatinas del español por la UNAM. Cofundador del Taller Maladrón

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Un comentario

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