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José Alfredo Jiménez: mester de juglaría

a Manuel Colina,
hermano, disculpa la tardanza.

“José Alfredo fue un hombre que
estuvo en otra dimensión, entre el cielo
y la tierra, y rebasó la barrera
de la comprensión del ser humano”.
Chavela Vargas.

Puedes ser muy cosmopolita, posmoderno, gustar del rock en inglés, tener cientos de postdoctorados, ser de clase alta o baja, haber nacido en el campo o la ciudad… pero si eres mexicano, ya llevas en el ADN un gen que tarde o temprano estallará −regularmente tras una decepción amorosa− y en ese momento, a mitad de esa borrachera que busca exorcizar las penas, José Alfredo Jiménez se volverá un compañero sin par.

Durante la Edad Media en España, la poesía tuvo dos principales representantes: el mester de juglaría y el mester de clerecía. El primero era un autor popular. No tenía un gran manejo de las formas ni de la métrica, pero conocía a fondo el sentir del pueblo y lograba conectar con el alma de sus escuchas, el segundo, tenía un gran manejo de las formas clásicas. Escribía en latín, prefería el uso de alejandrinos y temas religiosos, era un poeta para un público de mayor formación intelectual. Juan Luis Alborg en Historia de la literatura española explica las diferencias entre estos dos tipos de creadores:

[Los juglares] Estos hombres recorrían los pueblos y castillos, en incesante peregrinar, recitando relatos de varia índole y cantando composiciones líricas que acompañaban con instrumentos musicales; recibían su paga de los mismos oyentes, que aguardaban su aparición con apasionado interés. […] Frente al mester de juglería caracterizado […] por el contenido popular y la irregularidad métrica, surge en el siglo XIII una nueva escuela […] de carácter erudito: el llamado mester de clerecía, cultivado por clérigos, aunque entendiendo siempre por tales no sólo a quienes lo eran propiamente, sino también […] a todo hombre culto y letrado […] El mester de clerecía no desplazó, sino que coexistió con el de juglaría y con las diversas formas y escuelas líricas, pero sin confundirse jamás con ellas. Mantuvo siempre su carácter peculiar y no fue nunca poesía del pueblo […] y mucho menos −como tantas veces la lírica−, mera letra de canciones para las fiestas y diversiones de la multitud.

En México −salvando la temporalidad y la geografía− se puede hacer cierto símil entre los dos tipos de poetas ya mencionados. El mester de clerecía, por sus altos vuelos estéticos y el lugar que ocupa en nuestras letras. Como ejemplo podemos poner por representante a Octavio Paz; mientras que el de juglaría lo encarnaría José Alfredo Jiménez, quien con su lírica, ha dejado una estela sin parangón en nuestra poesía popular, misma que incluso ha calado en el sentir de otros compositores e intérpretes de diversas latitudes del orbe. Por ejemplo, Joaquín Sabina −al explicar cómo José Alfredo ha marcado tanto a él como a otros creadores−, comentó: “Estuvieron en mi casa Calamaro y Ariel Roth, y los dos me dijeron: «Conocimos a José Alfredo por ti»”.
El resto de este texto es una suerte de meditaciones y citas a manera de alalimón o topada (en tono más mexicano), en torno a la figura del José Alfredo Jiménez, que buscan mostrar cierta polifonía de opiniones sobre el compositor guanajuatense, porque al ser un juglar, sus piezas han quedado grabadas no sólo en discos, sino en esa patria universal llamada música.

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En el Cancionero completo de José Alfredo, en el prefacio se cuenta que se le veló en Gayosso. Había un ambiente de tristeza, pero llegó Emilio, el Indio Fernández, acompañado de un mariachi y gritó: “¡A José Alfredo Jiménez no se le despide con chillidos! ¡Se le despide cantando!”

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Mario Santiago Papasquearo, el poeta infrarealista, se llamaba José Alfredo, pero decidió cambiarse el nombre, porque sabía que JOSÉ ALFREDO sólo hay uno.

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El famoso protagonista de “El corrido del caballo blanco” de José Alfredo Jiménez realmente fue un automóvil blanco, que se fue desvalijando por el norte de México, mientras José Alfredo y otros artistas perseguían los pasos de un representante que les debía dinero.

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Cada aniversario de la Independencia de México, en Dolores Hidalgo, Guanajuato, tras escucharse el “Grito” y el Himno Nacional −como si fuera un segundo himno de nuestro país−, se escucha la canción 15 de septiembre de José Alfredo.

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Si en tu vida nunca, ningún varón te ha dedicado una canción de José Alfredo, querida fémina, fracasaste en las lides del amor.

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La tumba de José Alfredo, en Dolores, es horrible, un enorme sombrero de charro con un sarape variopinto, lleno de un nacionalismo tardío y exacerbado. Lo importante es que guarda los restos mortales de quien hizo de las derrotas y heridas un canto de dolor universal.

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Ya lo escribió Joaquín Sabina en “Por el boulevard de los sueños rotos”:
“Las amarguras no son amargas,
cuando las canta Chavela Vargas
y las escribe un tal José Alfredo”.

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Se ha interpretado mal la canción de “El rey”. Hay quienes dicen burdamente que es una oda al machismo, sin embargo, cuando José Alfredo escribió esa pieza, ya sabía que le quedaba poco tiempo de vida por la cirrosis. De ahí la frase: “Yo sé bien que estoy a fuera”… también se refleja el dolor que sentiría su amada ante su partida, pues completó “… pero el día en que yo me muera, / sé que tendrás que llorar”.

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Al ser entrevistado por Javier Menéndez Flores, sobre literatura y música, Joaquín Sabina contestó: “[Bob] Dylan es bueno hasta en sueco. Aun así, a mí quien más me gusta es José Alfredo Jiménez, que no había leído un libro en su puta vida y escribió canciones maravillosas, para morirse. [Comienza entonces a tocar la guitarra, guitarra que no ha soltado desde que la tomara, y a cantar]: «Que te den lo que no pude darte / aunque yo te haya dado de todo…» ¡Mira qué versos! ¡Ni Mallarmé los mejora!”.
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Javier Calamaro en el Festival del Río San Luis, al interpretar “El último trago” de José Alfredo, como cierre de su participación, narró la siguiente anécdota que tiene mucho de ficción, pero que por lo mismo muestra la vitalidad y perenne presencia del guanajuatense: “Quiero contarles la historia de mi tía Anita, tenía que guardarla hasta el final, porque después de esto cortan la transmisión de la tele por lo que voy a decir ahora. A pesar de eso, quiero que sepan que todo lo que voy a decir ahora es verdad y es el origen de esta canción, que es un himno en un país que tiene más habitantes que la Argentina, o sea que, por lo menos no es menos importante. Esta canción escrita para todos los calamaros de este mundo como una gran despedida de una gran noche como ésta, tuvo su origen en el año de 1957, en un callejón oscuro de México, Distrito Federal. Estaba la tía Anita Calamaro, la hermana de mi viejo, caminando a las tres y cuarto de la mañana, por el susodicho callejón y se encontró con el mexicano más célebre, llamado José Alfredo Jiménez, que viene a ser algo así como Carlos Gardel para los argentinos, osea, un artista de esa magnitud. Entonces, don José Alfredo sucumbió ante los encantos de mi tía Anita, que para ese momento todavía conservaba sus virtudes. Y en una noche de tremenda intensidad sexual, la tía Anita perdió sus tres virginidades. […] Entonces, la tía Anita, al descubrir el verdadero sentido de la vida, lo que ella creía que era el verdadero sentido de la vida era el desenfreno sexual, se fue inmediatamente, antes de que amaneciera, corriendo en busca del marinero de más porte calzado, y lo dejó a don José Alfredo solo para siempre. Éste a la mañana despertó, y con el corazón roto en cien mil pedazos, escribió esta canción que terminó siendo el himno de todos los corazones rotos de este mundo, [y] se llama En el último trago…”
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Buda sentenció: “Desde que se nace, se comienza a morir”. A su vez, José Alfredo escribió:

“No vale nada la vida,
la vida no vale nada,
comienza siempre llorando,
y así llorando se acaba,
por eso es que en este mundo,
la vida no vale nada”.

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El velorio en Gayosso se encontraba en silencio, ya era más de medianoche. Entró una mujer de cabello cano, ataviada con chaqueta y pantalón negro. Se acercó al ataúd y comenzó a musitar, después a cantar como si estuvira a mitad de Plaza Garibaldi. Sacó de entre sus ropas una botella, bebió a grandes tragos. Los asistentes la querían sacar, pero Paloma Gálvez, esposa de J. A., dijo: «Déjenla, esa mujer era amiga de mi esposo».
Esa fantasma-mujer que poco a poco en los próximos años iría dasapareciendo para volover un mito era Chavela Vargas.

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Tras el llamado de las trompetas del Apocalipsis, cuando las almas de todos los tiempos se dispongan a comparecer, antes de la sentencia final, pediremos como gracia postrera una última parranda con José Alfredo y Chavela Vargas. Y dado que la grandeza de las canciones del guanajuatense es tan grande, la petición, no será negada.

*
Ya para cerrar el maremágnum josealfrediano, unas líneas más del compositor guanajuatense:

“Me encontraste en un negro camino,
como un peregrino sin rumbo ni fe,
y la luz de tus ojos divinos,
cambiaron mi suerte por dicha y placer.
Desde entonces yo siento quererte,
con todas las fuerzas que el alma me da,
desde entonces, Paloma querida,
mi pecho he cambiado por un palomar”.

Referencias bibliográficas:
Alborg, Juan Luis, Historia de la literatura española. Tomo I. Madrid, Gredos, 1997.
Jiménez, José Alfredo, Cancionero completo. Carlos Monsiváis, prólogo. México, SEP-Océano, 2003.
Sabina, Joaquín y Javier Menéndez Flores, Yo también sé jugarme la boca. Sabina en carne viva. México, Debolsillo, 2006.
Vargas, Chavela y María Cortina, Las verdades de Chavela Vargas, México, Océano, 2009.

Referencias de la red:
Calamaro, Javier, intérprete, En el último trago. Consultado en línea en: «https://www.youtube.com/watch?v=_ddkLq4jBOw». Última fecha de visita 07 de febrero de 2016.

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