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Historia de un brazo: el manco Álvaro Obregón

Las luchas del Bajío, en 1915, definieron en muchos sentidos el destino de México. La confrontación entre el Ejército constitucionalista, encabezado por Álvaro Obregón, y la División del Norte, comandada por Pancho Villa, representó la pugna de dos agendas políticas, donde a la postre se impuso la de los ideales carrancistas. Villa acostumbraba atacar con brutales cargas de caballería a sus adversarios, sin embargo, Obregón supo resistir y, poco a poco, fue acribillando a la famosísima División del Norte que, lejos de sus lugares comunes de bastecimiento y sin parque, se vio abatida por las tropas constitucionalistas −en su momento Felipe Ángeles le advirtió a Villa sobre el particular, pero el Centauro del Norte hizo caso omiso de los consejos de su subalterno−.

Aunque a Obregón se le suele llamar el “Manco de Celaya”, realmente el sitio donde perdió el brazo fue en la hacienda de Santa Ana, en Guanajuato. En sus memorias, 8,000 kilometros de campaña, el sonorense cuenta la anécdota de la pérdida de dicho miembro −el 3 de junio de 1915− ante el ataque de un combatiente villista, así como las primeras consecuencias de aquel terrible incidente:

Faltaban unos veinticinco metros para llegar a la trinchera, cuando, en los momentos en que atravesamos un pequeño patio situado entre ellas y el casco de la hacienda, sentimos […] la súbita explosión de una granada, que a todos nos derribó por tierra. Antes de darme exacta cuenta de lo ocurrido, me incorporé, y entonces pude ver que me faltaba el brazo derecho, y sentía dolores agudísimos en el costado, lo que me hacía suponerlo desgarrado también por la metralla. […] tomé con la mano que me quedaba la pequeña pistola “Savage” que llevaba  al cinto, y la disparé sobre mi sien izquierda […], pero mi propósito se frustró debido a que el arma no tenía tiro en la recámara […]

Obregón, con el tiempo −y acostumbrado a la falta del brazo−, era dado a hacer bromas y chanzas sobre su estado, por ejemplo decía “[…] yo no tengo más que una mano, mientras que mis adversarios tienen dos. Por esto la gente me quiere á mí, porque no puedo robar tanto como los otros”. A Vicente Blasco Ibáñez, en una entrevista, le hizo un par de comentarios humorísticos sobre su brazo faltante. En uno de ellos resaltaba cómo dieron con el miembro extraviado:

Después de hacerme la primera cura, mis gentes se ocuparon en buscar el brazo por el suelo. Exploraron en todas direcciones, sin encontrar nada. ¿Dónde estaría mi mano con el brazo roto?…

»−Yo la encontraré −dijo uno de mis ayudantes, que me conoce bien−. Ella vendrá sola. Tengo un medio seguro.

»Y sacándose del bolsillo un azteca (un azteca es una moneda de oro de diez dólares), lo levantó sobre su cabeza. Inmediatamente salió del suelo una especie de pájaro de cinco alas. Era mi mano, que, al sentir la vecindad de una moneda de oro, abandonaba su escondite para agarrarla con un impulso arrollador.

El doctor Francisco Castillo Nájera solía narrar una anécdota en la que Obregón al visitar el hospital de su cuartel, con el fin de insuflarles ánimos a los heridos, vio atrapada su atención por los profundos sollozos de un soldado, a quien el sonorense interpeló:

−¿Qué le pasa, tiene dolores muy fuertes?

−No, mi general, nada me duele, pero no puedo consolarme; me hirieron en un ojo. […] en el derecho, y me lo acaban de sacar, me quedé tuerto […] no tengo ya más que un ojo.

−No se aflija, le pondrán uno de vidrio […]; confórmese, yo estoy manco también del lado derecho, y ya me las voy arreglando, a todo se acostumbra uno, menos a no comer, y, amigo, no me diga usted que no, un brazo es más, mucho más necesario que un ojo; para lo que hay que ver en el mundo le sobra con el que le queda.

Sin embargo, aunque Obregón se tomaba con humor la falta del brazo, hay quienes afirman que dicha pérdida sí afectó la personalidad del caudillo. Por ejemplo, José Ángel Mora comentaba: “Después de la amputación, comenzó a sufrir trastornos reales e imaginarios […] La preocupación por su salud se volvió una obsesión y anotaba mentalmente todos los cambios que se producían día a día en su cuerpo. […] A los cuarenta años, cinco después de su mutilación era ya un hombre viejo”.

El brazo de Obregón, para algunos, adquirió las dimensiones de una reliquia santa. En 1924, Carlos Gutiérrez Cruz publicó un libro donde expuso sus ideas sobre diversos actores de la Revolución mexicana como Francisco I. Madero, Victoriano Huerta, Venustiano Carranza, Emiliano Zapata, entre otros. No obstante, al ser Obregón el gobernante en turno, Cruz Gutiérrez lo ve como la figura capaz de consolidar las aspiraciones revolucionarias.

He querido tomar como símbolo de la obra revolucionaria, y de la unidad y acción que hoy tienen [lugar,] el brazo que el vencedor de Celaya perdió en ese hecho de armas, cuando se jugaban en combate definitivo los intereses del pueblo y de la reacción.

[…] Ese brazo es el que está construyendo las grandes obras de la Revolución […] El brazo de Obregón es la credencial irrecusable del actual Presidente revolucionario, esa credencial que le hace acreedor a toda la confianza del pueblo.

No se trata, pues de un popularismo, se trata de un símbolo exacto, de una realidad y de un acto de justicia.

El brazo perdido del sonorense, según Cruz Gutiérrez, se blasonaba como el numen guía de la lucha revolucionaria, como si el despojo de la mano señalará con su dedo índice la ruta del destino de México. Tal vez el brazo de Obregón sí sea una excelente metáfora de la Revolución mexicana, misma que se ha vuelto solo un mito, un fantasma, donde cada vez son más tangibles las leyendas que los hechos consumados, obtenidos de ella.

El monumento a Álvaro Obregón y el destino final de su brazo

Sobre el brazo amputado se cuentan diversas versiones, por ejemplo, una de ellas narra que tras la operación el miembro fue entregado a Sanidad Militar y colocado en un frasco de formol. El general Francisco Roque Serrano, admirador del sonorense, pidió como obsequio el brazo para tenerlo como un recuerdo de su admirado Obregón, sin embargo, el regalo en cuestión fue robado del automóvil de Serrano por unas muchachas y trasladado a Sinaloa.

De una u otra forma, el brazo faltante fue preservado en un frasco con formol y habría aparecido en la Ciudad de México en un burdel de la avenida Insurgentes, lugar de donde fue recuperado por Enrique Osornio, médico particular de Álvaro Obregón. En 1934, durante la presidencia de Abelardo Rodríguez y a instancias de Aarón Sáenz, regente de la Ciudad de México –y quien fuera un gran amigo del sonorense−, se convocó a un concurso para la construcción de un monumento para conmemorar la memoria de Obregón. La obra, de estilo Art decó y diseñada por Enrique Aragón Echegaray, fue inaugurado el 17 de julio de 1935 por Lázaro Cárdenas, además contó con esculturas exteriores –creadas por Mariano Asúnsolo−, en ellas se representa a la agricultura, la industria, al pueblo en armas, a la paz establecida por la Revolución y también existe una estatua de bronce del caudillo.

Salvador Novo describió así el destino del miembro perdido: “En el lado oriente de este recinto, en un nicho se encuentra la mano y el antebrazo perdidos por el general Obregón en acción de guerra. […] El miembro se encuentra conservado dentro de un frasco. Abajo se lee un epígrafe laudatorio del célebre orador Jesús Urueta, en el cual destacan las siguientes palabras: «… Perdido el brazo, acrecientas tu alma»”.

Ahí generaciones de mexicanos apreciaron el esperpéntico espectáculo del brazo en el frasco, hasta que en 1989, ya bajo el mandato de Carlos Salinas de Gortari, fue incinerado y colocado con los restos de Obregón en Huatambo, Sonora, donde descansan los restos del caudillo, quien, todavía en vida, pidió que tras su fallecimiento, su cuerpo nunca fuera trasladado a la Ciudad de México, por ello Obregón −como Emiliano Zapata− está ausente de ese extraño homenaje que es el Monumento a la Revolución, donde los hombres que en vida se detestaron, ahora comparten la muerte. El lugar del brazo lo ocupa actualmente una réplica de bronce, sin embargo, el monumento a Álvaro Obregón rara vez se encuentra abierto, motivo por el cual no se puede visitar el interior del recinto.

Bibliografía

Blasco Ibáñez, Vicente, El militarismo mexicano, España, Prometeo, 1920.

Castro, Pedro, Álvaro Obregón Fuegos y cenizas de la Revolución Mexicana. México, Era, 2010.

Gutiérrez Cruz, Carlos, El brazo de Obregón, sin pié de imprenta, 1924.

Krauze, Enrique, El vértigo de la victoria, México, FCE, 2012.

Mauleón de, Héctor, La ciudad nos inventa. Crónicas de seis siglos, México, Ediciones Cal y Arena, 2015.

Novo, Salvador, Guía de la Ciudad de México, Departamento del Distrito Federal, 1970.

Obregón, Álvaro, Ocho mil kilómetros en campaña, México, 1973.

Silva Cázares, Carlos, Álvaro Obregón, México, Planeta, 2010.

Acerca Armando Escandón

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Licenciado en lengua y literatura por la UNAM. Técnico bibliotecario por la UNAM. Diplomado en Etimologías grecolatinas del español por la UNAM. Cofundador del Taller Maladrón

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Un comentario

  1. Dedicated server

    En abril, aun contando con el doble de hombres que los constitucionalistas, los villistas fueron derrotados en Celaya. Hubo otro combate en Leon y para el 2 de junio, Obregon se dirigia a una reunion en Santa Ana del Conde, cuando fue herido por una granada villista en el brazo derecho.