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Esa querida calle del Chopo

Fotografía archivo museo del Chopo |

Mi interés por Santa María la Ribera empezó al enamorarme del antiguo Museo del Chopo (MUCH), aquél que fuera un museo de historia natural y que oficialmente llevó el nombre de Museo Nacional de Historia Natural (1913-1964), un lugar mágico y escabroso a la vez, hogar del famoso Diplodocus carnegie, las pulgas vestidas, el mamut imperator, el cerdito de dos cabezas y miles de piezas y objetos.

Sin embargo, el Museo Universitario del Chopo es una extensión más de esa emblemática calle. Este espacio está lleno de historias que reflejan el cambio no sólo de Santa María la Ribera, también de la ciudad. Aunque el mismo MUCH realiza constantes esfuerzos por perpeturar y divulgar la historia de la comunidad en general, hacía falta un material que recuperara, en específico, la trayectoria de la calle del Chopo.

Entonces, decidí escribir las historias no solo del MNHN, sino de “Esa querida calle del Chopo”. Así, al tener como maestros al empirismo y a muchos grandes cronistas, tales como Guillermo Prieto, Ignacio Manuel Altamirano, Ángel de Campo, Manuel Gutiérrez Nájera, Luis González Obregón, Artemio del Valle-Arizpe, Carlos Monsiváis, Héctor de Mauleón −entre otros autores de valía−, decidí empezar este trabajo, que, en la medida del tiempo, archivos, libros, tradición oral y la disposición de  los vecinos, iré  recuperando  la historia de  la calle del Chopo y, tal vez después, de otros lugares de Santa María la Ribera.

Armando Escandón Muñoz.

El maestro Villanueva tiene 76 años. Lo que para muchos de nosotros son anécdotas  para él se trata de experiencia, algo vivido. Durante sus años de juventud trabajó en una encuadernadora al lado de lo que fue el Museo Nacional de Historia Natural (MNHN), mejor y cariñosamente conocido como “El Chopo” −ahora esa calle se llama Enrique González Martínez, distinguido poeta mexicano−.

Ante el interés de reconstruir, en medida de lo posible, una parte de la historia del MNHN, el maestro Villanueva nos concedió una entrevista, centrada en su día a día, pues aunque dicho Museo tenía una misión científica y educativa, también era −y es− uno de los símbolos de Santa María la Ribera, aunque ahora, tras su reapertura en 1975: “El Museo Universitario del Chopo es el referente crítico y reflexivo para las nuevas tendencias dentro de las heterodoxias en las artes escénicas, visuales y la literatura”.[1]

Maestro Juan Villanueva Rodríguez, encuadernador de la calle del Chopo.

 

Entrevista al maestro encuadernador

¿Qué vínculo tuvo con el Museo del Chopo?

Me dedicaba, como hasta ahora, a la encuadernación. La encuadernadora estaba en una vecindad. Era en el número 26 de la calle del Chopo. El dueño era José Estrada. Yo no lo conocí, llegué 8 ó 15 días después de su fallecimiento. Mis maestros, quienes  me  enseñaron a  encuadernar  ahí, fueron  Jesús Alonso Gómez y Rafael García Rodríguez.

¿Podría decirnos, de modo aproximado, el año en que aconteció esto?

Ahora cuento con 76 años, en aquellos días tenía como 25; no, 22 años –las cuentas arrojan que sería cerca de 1962 a 1965–.

¿Qué recuerda del Museo?

Filmaron varias películas por fuera. Vi a algunos actores. Ahí conocí a Miguel Manzano, a Fernando Soto “Mantequilla” y a otros artistas de los que no recuerdo el nombre.

¿Se acuerda de alguna pieza en especial?

De las pulgas vestidas, las tenían detrás de un vidrio. Uno las podía ver con lupa, también estaba el chivo con dos cabezas, gallos. Animales, ¡muchos! Tecolotes, ardillas, águilas y gansos. Todos estaban disecados. El señor que era mozo ahí, fue el que rellenaba las piezas con zacate. Seguido iba a platicar con mi maestro, sobre sus actividades en el Museo.

¿Quiénes visitaban el Museo?

Muchos extranjeros. Llegué a ver chinos, rusos, japoneses, norteamericanos, se identificaban luego, luego, por su aspecto; además venían en carros diferentes. Sacaban fotos. De México, acudían de las escuelas, muchos estudiantes, sobre todo los viernes. Los  lunes eran muy tristes, podía uno entrar y estaba completamente en silencio.

¿Cómo vio usted que se fue perdiendo el Museo?

No lo atendían. Nada más el señor que hacia la limpieza, para que se viera y también atendía el jardín. Pero por dentro había mucho polvo. Estaba deteriorado, los vidrios eran de colores, entraba la luz, pero ya muy opaca. Yo lo recuerdo muy deteriorado, muy triste. Después cambié de trabajo y cuando regresé ya siempre estaba cerrado. No le daban mantenimiento, atrás del Museo rentaban  para meter carros, era una pensión, por la calle de Pino.

¿Qué fue del mozo de limpieza?

Lo dejé de ver, ya era una persona mayor. Salió en un noticiero de los que antes pasaban en los cines, antes de las películas. Lo grabaron rellenando piezas con zacate.

¿Qué importancia tiene el Museo para Santa María la Ribera?

Era famoso. Lo tomábamos como un punto de referencia, decíamos “Ahí donde está el Museo del Chopo”, a un  lado pasaba el  tranvía, daba vuelta a la izquierda, venía de Azcapotzalco, iban hasta el Centro y Xochimilco.

¿Cómo era el viaje en el tranvía?

Si uno compraba un ticket, como ahora le llaman, un cartoncito, servía para toda la semana o un mes, en aquella época eran muy comunes las monedas de 20 centavos. Yo pagaba con un niquel de 10 centavos, después lo subieron a 15. Uno tomaba el tranvía y se podía ir de paseo hasta el Zócalo.

¿Podría describir un día cotidiano en la encuadernadora?

Llegaba a las nueve de la mañana en punto, el señor era muy estricto. Salíamos a las tres de la tarde a comer y regresábamos a las cinco y la jornada terminaba a las nueve de la noche. Cuando había mucho trabajo, solo salíamos media hora a comer. A veces trabajábamos hasta doce horas. Y toda la jornada se escuchaba el ruido del martillo, la segueta, la prensa y de todos hablando o discutiendo, preguntando cuánto cartón se iba a cortar, o cuántos libros faltaban de encuadernar.

¿Qué más había en la calle del Chopo?

El laboratorio el “Chopo”. También estaba el balneario “El Chopo”, entre Alzate y Carpio, ahí nos veníamos a bañar los sábados.

¿Cómo era un día en el balneario?

Tranquilo. A las cinco o seis de la tarde nos pitaban para que nos saliéramos; había un frontón arriba.

¿La encuadernadora tenía algún cliente especial?

Sí, iba seguido el señor Damián Pizá Beltrán, el primer mexicano en cruzar nadando el Canal de la Mancha. Era de buena presencia. Nosotros le encuadernábanos sus libros. Por ahí vivía, era vecino.

 

Apodado cariñosamente como el “Tiburón tabasqueño”. El primer mexicano en cruzar a nado el Canal de la Mancha,
orgullo de Santa María la Ribera.
Imagen tomada de la Fototeca Nacional del INAH.

¿Qué otros lugares de  Santa María considera que eran representativos?

La Alameda. El kiosco. Los globos, las patinetas, los paseos en bicicletas.

Los señores vendiendo algodones y adentro del kiosco había mariachis.

¿Ha regresado al Museo después de su cierre?

Por fuera a verlo, pintaron el hierro y todo eso.

¿Qué piensa cuando pasa por fuera del Museo?

Me siento melancólico, cabizbajo, aunque lo hayan pintado, yo lo veo triste, ya no es el mismo. Antes lo veía más grande. Cuando llegaban los estudiantes parecía que estaba vivo, y parecía como si algo dentro de él latiera, como un corazón gigante. La gente me preguntaba: «¿Dónde está el Museo del Chopo?» Y yo les contestaba: «Aquí, al lado en el 24». Enfrente había una camisería y una gasolinería.

¿Se acuerda en qué año pusieron la gasolinería?

No, ya estaba cuando yo llegué. El señor de la tienda de camisas tenía mucha suerte, a menudo ganaba la lotería. Había muchos ambulantes en la calle vendiendo billetes. Él les compraba y seguido le pegaba al “gordo” y con sus ganancias compró la gasolinería.

¿Cuándo fue la última vez que visitó el Museo?

Hace como veinte años, cuando murieron mis maestros. Sí, paso cuando voy a tomar el Metro, pero nada más me quedo viéndolo, desde donde empieza hasta donde termina. “Mi Museo”, como digo yo. El Museo del Chopo para mí es nostalgia. Cuando camino por la calle del Chopo pienso en mis maestros, en que ya murieron, en el taller, me lleno de añoranza. Recuerdo momentos de mucha alegría, fueron muchos años. Desde el Museo mis maestros y yo echábamos carreras hasta San Cosme, nos jugábamos el almuerzo. De ahí empezábamos la carrera, de donde inicia el Museo.

 

Calle Doctor Enrique González Martínez núm. 105, col. Sta. María la Ribera, 06400, Ciudad de México.

 

[1] “Visión”, consultado en línea por última vez el 8 de mayo de 2016. Disponible en: «http://www.chopo.unam.mx/misionyvision.html».

Acerca Armando Escandón

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Licenciado en lengua y literatura por la UNAM. Técnico bibliotecario por la UNAM. Diplomado en Etimologías grecolatinas del español por la UNAM. Cofundador del Taller Maladrón

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