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De calendarios y otras formas de medir el tiempo

Ilustración Duy Huynh |

Cuando festejamos año nuevo, en realidad creemos que ha pasado un año. En cierto sentido esto es cierto, pero en realidad no hay elementos ambientales, movimientos celestes o alguna indicación en el ambiente que marque este momento. El calendario romano, formado antiguamente por diez meses, comenzaba en primavera, en el mes denominado martius, dedicado a Marte, uno de los planetas más representativos debido a su color. El siguiente mes era abril, dedicado a Afrodita. Mayo estaba dedicado a Maia, diosa de la floración. Junio se dedicó a Juno, esposa de Júpiter, uno de los planetas más brillosos. Así le siguieron algunos nombres de los meses que se contaban, el quinto mes era quintilus, que luego cambió por Julio, en honor al líder militar Julio César, que nació en ese mes. Sextilis, el sexto mes y cambió su nombre a Agosto, en honor al emperador Octavius Augustus. Septiembre era el séptimo mes, octubre el octavo, noviembre era el noveno y diciembre era el ‘décimo mes’ del año y por lo tanto el último de las festividades. ¿Qué pasaba entonces con enero y febrero? Estos simplemente no se tomaban en cuenta para las festividades, además, como los periodos de la luna no coinciden con el periodo solar, se tenían que dejar algunos periodos comodín para que el año comenzara nuevamente en marzo, es decir, el inicio siempre era la primavera, cuando el nacimiento del Sol se sitúa justo al centro del horizonte.

En algunos calendarios agrícolas, el inicio del año es marcado por la época de lluvias, dependiendo de la región, podría empezar en marzo, o incluso hasta la época de calor, como es el caso del sistema de lunaciones seris. En este último sistema, el inicio del año solar coincide con la luna cercana al solsticio de verano, cuando el Sol sale por el horizonte en la posición más cercana al norte, en el trópico de cáncer. Hay otros sistemas de calendarios marcados por estrellas, por ejemplo, en el desierto sonorense, los Tohono O’odham, reconocen la estrella denominada ‘zopilote’, que al parecer es la que denominamos Altair, esta es una estrella que relacionan con la mitad de su calendario. De hecho, la lunación en que sale esta estrella es denominada eda wa’ugad mashad ‘lunación columna vertebral’, nombrada así pues se interpreta que es el periodo en que se divide el año en dos mitades. Por su parte los mapuches celebran el año nuevo el 24 de junio, durante el periodo de calor. En realidad, los sistemas calendáricos o almanaques toman en cuenta acontecimientos o sucesos ambientales y estelares. El nuestro, el calendario occidental, es un sistema solar que no toma en cuenta los solsticios ni equinoccios.

Entonces si el 31 de diciembre no sucede nada ambientalmente, ¿por qué festejamos en ese momento el cambio de año? El calendario romano se formó de varios calendarios, uno de ellos fue el judío, que era, igual que el romano, lunar. Los judíos celebraron la fiesta de las luces, denominada janucá חנוכה. La fiesta de las luces era una celebración que no duraba sólo algunos días sino gran parte del periodo lunar y era calculado en base al movimiento de la Luna. Cuando llegaba al final, es decir, cuando prendían las luminarias o el fuego, coincidía casi siempre con el solsticio de diciembre, el periodo del año en que el Sol surge por el Trópico de Capricornio al amanecer. Con esto podrían calcular las estaciones y por lo tanto los periodos de siembra y cosecha. No fue sino hasta la instauración del calendario juliano que el inicio del año occidental se propuso como el primer día de enero, pues terminando las festividades del año era cuando los gobernadores romanos tomaban sus cargos, durante el onceavo mes y en el calendario gregoriano quedó instaurado calculando el nacimiento de Cristo -que curiosamente coincide con la celebración del janucá de los judíos. Después del nacimiento de Cristo se calcularon ocho días en el calendario gregoriano para iniciar el año occidental.

 

Acerca Guillermo Santana

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