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Del miedo

Fotografía AFP |

Efraím Blanco

El miedo es una bestia que toma formas distintas cada día. Mis padres contaban historias que hoy me suenan a leyendas: casas embrujadas, fantasmas que señalan el lugar del tesoro, exorcismos realizados por inexpertos párrocos en rincones alejados de algún pueblo de Durango; fábulas cuyos escenarios quizá ya no existan, y en su lugar se encuentren modernos edificios multifamiliares sin más leyendas que la de un gato de tres patas que ronda las azoteas en noches de luna llena.

Para Montaigne, esa fascinación por darle al miedo una explicación fantástica era propia del vulgo, idea por demás entendible tratándose de un estudioso en aquella época, sin embargo, ni los más iluminados por la ciencia, el estudio o la experiencia, se exentan en ideas personales, en creencias o, a veces, en supersticiones.

Jorge Luis Borges escudriña uno de sus miedos en su plática sobre las pesadillas (del libro Siete noches), en su discurso analiza el origen etimológico de la palabra “pesadilla”, la cual, nos dice, tiene una serie de variantes, pero la más aceptada es la connotación de una idea de origen demoniaco: un demonio que causa la desazón. Es decir, un sueño que quiebra la frontera hacia la realidad y envuelve al pobre Borges en una serie de imágenes que le provocan terror, quizá cien mujeres que amenazaban con quitarle los calcetines a un Jorge Luis joven y bonachón atrapado en un hotel de paso.

Creo que también el miedo se ha transformado, este es un mundo distinto al de Poe o al de Maupassant, ya no es el mismo, aunque mantiene sus coincidencias, es el mismo monstruo en otra piel, con otras piernas; como un nahual, se ha transformado en una criatura urbana que no conoce fronteras: asaltos, secuestros, asesinatos; violencia que escala incontrolable hacia la cumbre de una sociedad asustada, escondida en la cima de sus propios días, sus propios miedos: morirse, perder el trabajo, caer en un bache o dejar a la novia embarazada. A través de la novela Vidas perpendiculares, Álvaro Enrigue, escritor nacido en el Distrito Federal, traza un personaje que en su niñez recuerda una serie de vidas –y muertes- que le ocurrieron en otro tiempo, con otro cuerpo, pero que siguen marcadas en el mismo espíritu; entre el miedo de la niñez y el miedo al recuerdo vívido de un soldado romano que le persigue al umbral de su casa para matarlo.

La sociedad enfrenta un sinfín de miedos: el desasosiego de perder una vida digna; el miedo a que le sean arrebatados sus mínimos derechos como persona; el hombre simple que se aterra por el hecho de caminar al trabajo y encontrarse en una balacera, una bala perdida o un retén militar ansioso de un chivo expiatorio; como ballenas varadas ante la playa del destino o como autómatas en camino a la destrucción en una fábrica de incertidumbre creada por ellos mismos. Peces en un estanque sin escape alguno. Miedos de pueblo o terrores de ciudad. La piel de gallina que elude las clases sociales, los intelectos y las fronteras; el miedo ancestral a lo divino o hacia aquello que no se puede entender, que no se puede explicar y que existe en los pequeños resquicios de nuestro cerebro animal. Ese miedo primitivo a la muerte que dibuja Milorad Pavic en algunas historias del Diccionario Jázaro; como la de la princesa Ateh, que se hacía pintar en los párpados letras del prohibido alfabeto jázaro, en el que cada carácter mata en el momento en que se lee, para dormir sin miedo a sus enemigos; y postrada frente a sus dos espejos mágicos (el que mostraba las cosas pasadas y el de las futuras), despierta y sin lavarse la cara ve su imagen reflejada en dos parpadeos. Los espejos, que reflejan el antes y el después, le regresan la imagen de las letras dibujadas en los párpados. Murió asesinada simultáneamente por las letras del pasado y del futuro.

 

Acerca Efraím Blanco

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