Inicio / Ideas & Puntos / Sobre Juchitán, los usos y costumbres y las libertades individuales

Sobre Juchitán, los usos y costumbres y las libertades individuales

Fotografía Graciela Iturbide

Por Nidya Areli Díaz

Para Juan

Hace varios días vi por casualidad un artículo del periódico El universal titulado “Así es el ritual de rapto y la prueba de virginidad en Juchitán”.[1] Por supuesto que me llamó la atención leerlo al calor de la inquietud sobre lo que puede representar el folklore mexicano. Allí se narra, palabras más palabras menos, que tras la noche del rapto (voluntario por tradición), las mujeres de la comunidad se presentan en la nueva casa de la novia para cotejar por sí mismas que un pañuelo blanco ha sido manchado con la sangre del desfloramiento de la noche anterior. Llegan las mujeres en grupo ataviadas de una manera especial y, conforme van pasando, una por una, con la novia que se halla recostada en la cama nupcial todavía, le dan consejos para su futura vida matrimonial y la llenan de flores. A la salida, las mujeres deben ir a la vivienda de la familia de la novia a presentar constancia de que la muchacha ha sido bien tratada en el hogar del ahora su marido, de que ella ha sido raptada con pleno consentimiento y de que la “honra” de la familia está a salvo, puesto que se ha mostrado el pañuelo manchado. A partir de ahí, las familias se ponen de acuerdo para la efectuación de la boda.

Yo quedé un poco impresionada con la tradición, pensé que la adolescente de dieciséis años, como núbil esposa, seguramente habría de pasar por una gran vergüenza al ver expuesta su intimidad de esa manera, luego envié la nota, un poco a manera de dato curioso, a un amigo cuyos orígenes se encuentran en Oaxaca. Mi amigo, ni tardo ni perezoso, me pidió mi opinión sobre el tema. Cosa que me puso en aprietos por todo lo que ya había estado dando vueltas en mi cabeza previamente, y por las complicaciones que involucraba ordenar mis pensamientos. Aquí intentaré hacerlo de una manera puntual.

Lo primero es poner sobre la mesa los dos aspectos que se enconan en este tipo de prácticas; por un lado, la autonomía de los pueblos y su derecho a defender y preservar sus tradiciones, y, por otra parte, el carácter de inviolabilidad del ser humano por asumir la potestad de su materia, así como su derecho a la intimidad. Partiendo se esto, ¿qué se puede decir sobre ambos aspectos? ¿Es factible pronunciarse en pro o en contra? Una de las cosas que noté es que la joven novia no elige participar en la práctica por sí misma, sino que está supeditada a la comunidad mediante la tradición. Así, ve exhibida su intimidad en prenda del “honor” de su familia. Lo segundo a notar es el depósito del “honor” de una familia en función de la “virginidad” de sus mujeres. La mujer, en este sentido, no se pertenece ni le pertenece su cuerpo, no puede emplearlo como mejor le parezca o apetezca, sino que queda en potestad de la familia. La familia tampoco es propiamente dueña de este cuerpo, se adjudica su cuidado de manera temporal, hasta que la muchacha asume el matrimonio y se entrega a un hombre. En este sentido, este hombre es quien representa a la comunidad dueña del cuerpo en cuestión, y quien asume su posesión como un miembro activo. Por lo tanto, se puede decir que la comunidad resguarda a la mujer en el seno de su familia y, al término de este resguardo, la familia debe rendir a la comunidad cuentas sobre este cuerpo ajeno a sí mismo.

En este punto cabe preguntarse además, ¿quiénes integran la comunidad? Si los hombres exigen que las mujeres lleguen sin mácula al seno del matrimonio y, por otra parte, son las mismas mujeres las encargadas de cotejarlo y de dar parte a esa comunidad y a la familia de la propia novia sobre la “honra” que ha llegado intacta, podría pensarse que la comunidad en realidad está integrada por los hombres, pues son los hombres quienes “reciben” la potestad del cuerpo de la mujer y, por otro lado, a las mujeres se relega el papel, primero, de corroborarse entre ellas mismas y, luego, de informar o dar cuenta. Esto es, en caso de que el pacto no se cumpla y la muchacha no exhiba la prueba de su virginidad, son las mismas mujeres quienes la delatan y, al mismo tiempo, quienes dan la noticia de la “deshonra” de la familia que no ha sabido “guardar” para la comunidad, es decir, para los hombres y específicamente para el hombre que tomaría en potestad de la mujer, ese cuerpo sin mácula.

Todo esto me remontó a El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, de Federico Engels, en donde se explica claramente que la mujer pasa a formar propiedad del hombre en el momento en que le es necesario asegurar su paternidad en virtud de heredar sólo a sus descendientes y no a otros, sus propiedades. La exclusividad de la mujer, el matrimonio por mejor decir, queda, pues, supeditado al concepto de propiedad privada. El hombre requiere exclusividad sexual para prolongar su “riqueza”, su propiedad privada aun después de su muerte. La mujer se contenta con servir de útero, como pertenencia, como objeto de cambio y como objeto de tributo a la comunidad. La práctica de Juchitán es, como muchas otras, la perpetración de este pacto. La exclusividad sexual hacia un hombre, el inmaculado estado de su “flor”, garantiza su obediencia, su sumisión y su lealtad como propiedad privada de un hombre libre que pertenece a una comunidad y que queda en posibilidad de prolongar su patrimonio en su progenie.

Toca ahora volver al tema del folklore y los usos y costumbres de los pueblos. ¿Qué se perpetra y se prolonga a través de ellos? Evidentemente el objetivo de esta reflexión no tiene nada que ver con la satanización de las tradiciones comunitarias, ni mucho menos con pronunciamiento a favor de la erradicación de las diferencias entre los seres humanos; de hecho, está más que probado que precisamente en la variedad reside la riqueza; pues la multiplicidad de pensamientos, idiosincrasias y cosmovisiones diversas es, con toda razón, la que da la pauta para enterarnos de otros puntos de vista y ampliar el panorama. Así, pues, lo que cabría es siempre poner en las mesas de discusión cada uno de los aspectos de las prácticas sociales, comunitarias y generalizadas, con el fin de analizarlas, de descifrar sus simbolismos, de decidir libremente si como seres humanos y como sociedad nos engrandecen y aportan o, por el contrario, nos limitan y empequeñecen.

Finalmente, es casi irrisorio que, en nombre de las tradiciones y los usos y costumbres, en pleno siglo XXI todavía esté negado a la mujer en muchos lugares de México y del mundo, el asumir un cargo público, so pena de recibir incluso un castigo físico, sólo por el hecho de pretender, tal como ocurrió en el mismo Oaxaca el pasado enero,[2] o bien, que muchas mujeres en Medio Oriente sean dilapidadas cada año como castigo ejemplarizante por cometer adulterio,[3] o las cifras escalofriantes de feminicidios cometidos en México en pos del “honor del hombre ”y de la objetualización de la mujer, la mujer vista como un objeto y sujeto de ser tomado, de poseerse y desecharse, como si la equidad de género todavía fuese, de manera vergonzante, un tema a discusión y de hecho la igualdad de derechos y libertades entre hombres y mujeres no hubieran sido superados desde el siglo pasado.

[1] Así es el ritual de rapto y la prueba de virginidad en Juchitán: <<http://www.eluniversal.com.mx/estados/asi-es-el-ritual-del-rapto-y-la-prueba-de-virginidad-en-juchitan>>.

[2] Oaxaca: mujer indígena es “castigada” a latigazos en su intento por formar parte del cabildo: <http://www.proceso.com.mx/471506/oaxaca-mujer-indigena-castigada-a-latigazos-en-intento-formar-parte-del-cabildo>.

[3] Al menos cuatro países practican la lapidación: <<https://elpais.com/internacional/2010/07/09/actualidad/1278626406_850215.html>>.

Acerca Nidya Areli Díaz

mm

También puedes ver

Lobbying

Ilustración François Schuiten | Oh Intellectualibus, mundi imperatoribus (continuación del artículo ‘De defectos, de factos y …