Inicio / Ideas & Puntos / En torno a la familia tradicional

En torno a la familia tradicional

Ahora que está tan de moda el tema de la familia tradicional y su supuesta naturalidad frente cualquier cosa, antinatural por antonomasia, que no se le parezca, es una buena ocasión para revisar la pertinencia o yerro de semejante aseveración. Sabemos por puro sentido común, que si bien hay posturas radicales en contra o a favor, también los hay quienes se mueven en las medias tintas, mas es poco usual ir más allá de alguna tímida inclinación para analizar de una manera más crítica e informada una problemática específica. Parto, pues, del texto de Friedrich Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, en el que se hace una revisión científica sobre la historia de la familia como figura central en la sociedad que enarbolamos. Quisiera antes de entrar en materia, señalar que si bien ni es el único estudio al respecto ni probablemente el más completo, sí se trata de una referencia obligatoria o, por mejor decir, de esas que no deberían faltar nunca en ninguna biblioteca. Así, pues, de ella se pudiera partir como introducción al tema, útil por demás y necesaria.

La vida de la humanidad se divide en tres estadios: salvajismo, barbarie y civilización; y en función del correr del tiempo, las relaciones entre los seres humanos han ido cambiando. Engels parte de la que llama familia consanguínea, que se caracteriza por el matrimonio generacional; es decir, todos los hombres de una generación en un clan, son esposos de todas las mujeres de la misma generación: los abuelos son todos esposos de todas las abuelas, los padres de las madres y los hijos igual, incluyendo los hermanos. Se trata, como vemos, de una enorme familia donde cada miembro es potencialmente candidato a establecer relaciones de sexualidad con todos los miembros del sexo opuesto. Los hijos, en este tenor, son comunes; es decir, de todos.

Por supuesto que en estos tiempos este tipo de familia sería escandalosa, sobre todo para los defensores de las buenas conciencias y las leyes de Dios, lo cierto es que la familia “tradicional” podría calificarse tan antinatural como lo puede ser cualquier construcción social que, de hecho, no es un fenómeno dado y natural, sino una convención de la sociedad que, como tal, está siempre sujeta a cambios. Luego tenemos la familia punalúa en la que se excluyen sexualmente los hermanos, pero todos los demás miembros del clan siguen siendo parejas potenciales del sexo opuesto en la misma generación.

En la familia sindiásmica el hombre tenía una mujer principal entre muchas otras que también le pertenecían y, a su vez, la mujer tenía a ese hombre por principal marido entre todos los demás. Pero en una etapa posterior, la relajación sexual ya sólo le fue permitida al hombre, quedando prohibida para la mujer. Luego, habría que anotar que hasta aquí se imponía el orden matriarcal sobre la consanguinidad de los hijos; esto es, como en realidad nunca se sabía del todo la paternidad de la progenie y sólo se podía determinar con toda seguridad, la maternidad, los lazos de consanguinidad se establecían en línea materna y —no sobra decir— la mujer jugaba un papel mucho más importante dentro de su clan.

Así, es con la exclusividad de las mujeres como se inaugura una nueva etapa en las relaciones humanas y en la sociedad y nace la familia monogámica u homoparental. El hombre exige ahora el papel principal en su clan; ha dominado a las bestias y puede ostentar ganados de su propiedad. La mujer pasa a jugar un papel secundario en la casa, de tal suerte que poco a poco, queda reducida a una propiedad más del hombre. En adelante el desarrollo de la civilización estará marcado por este acontecimiento. En verdad, la familia homoparental es la base de la civilización. Pero, ¿es la llamada civilización algo tan positivo como se presume con frecuencia? La familia monogámica inaugura la supremacía del hombre sobre la mujer; las violentas relaciones que se dan a partir de esto. Las mujeres quedan confinadas a la casa, no se les permite tener propiedades, están siempre bajo la tutela de los hombres. Habría que ver que es apenas en el siglo pasado, luego de miles de años, que hemos ganado la ciudadanía; pues antes de eso, no teníamos ni rango de personas sociales.

La familia monogámica inaugura también un régimen de explotación de la tierra y —lo peor— de los mismos hombres. El hombre ya no se conforma con obtener del suelo su propio sustento; quiere mucho más que eso, desea acumular, y para ello debe enajenar el trabajo y el esfuerzo de los otros; comienza entonces a construir leyes y regímenes que lo protejan, que lo hagan inmune y poderoso ante otros en desventaja, que lo arropen para explotarlos. El hombre, dueño de la mujer y de la tierra, se adueña también del otro, lo esclaviza y cuando el esclavismo se hace utilitariamente insostenible, da su libertad a los esclavos para ya no tener que proporcionarles casa ni sustento, para que se mueran en la calle o se busquen la vida mendigando o como mejor puedan. La tecnología en tanto avanza no libera al hombre, lo oprime y convierte su trabajo en prescindible. El grueso de la población vive con lo mínimo, mientras otros amasan fortunas secuestrando los medios de producción.

Pero bueno, supongo que todo eso es otra historia y que corresponde a otra reflexión. Me parece ahora que debiéramos retomar a la familia como esa pequeña unidad particular bajo la cual convivimos. He querido sobre todo poner en la mesa que todo lo que se dice socialmente “natural” no lo es desde el momento es que ha sido establecido desde un punto histórico; es decir, que no estaba dado por así decirlo ni nació como lo conocemos, sino que parte de situaciones diversas que van evolucionando y que en tanto cambian nos determinan de distinta manera. Luego, no debemos horrorizarnos bajo ninguna circunstancia al pensar en familias grupales donde se da la convivencia sexual entre todos los miembros del clan, pues para ellos resultaría por demás antinatural la exclusividad sexual; después de todo, la biología no nos impide hacerlo, y lo no natural en todo caso sería lo que se sale del régimen biológico. Invito, pues, al cuestionamiento de los estereotipos y los parámetros establecidos, no para volver al salvajismo, sino por mera salud social.

 

Acerca Nidya Areli Díaz

mm

También puedes ver

De lo público y lo privado, de lo doméstico y lo social

Ilustración Marta Orlowska | Hay un dicho que versa “La ropa sucia se lava en …