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De lo público y lo privado, de lo doméstico y lo social

Ilustración Marta Orlowska |

Hay un dicho que versa “La ropa sucia se lava en casa” y pareciera que esta, como muchas otras, es una aseveración bien fundada e incuestionable; sin embargo, me parece que nada hay más cuestionable que precisamente lo llamado “incuestionable”, pues es bajo estos paradigmas, que la sociedad se ha regido ya por luengos tiempos. Luego, habría que replantear estas creencias, de poder establecer mejoras no solo sociales, sino, sobre todo, personales. ¿Para qué? Para ser más felices, para vivir mejor, para conocernos más los unos de los otros, con todas las diferencias que podamos presumir como seres humanos.

“La ropa sucia se lava en casa” es una aseveración que nos remonta a la privacidad de nuestros hogares, a lo que sucede precisamente en el ámbito impenetrable dentro de las puertas cerradas de nuestro día a día. Es decir, que en teoría, bajo esta óptica, los problemas, conflictos y acontecimientos de lo que podría llamarse “nuestra vida familiar”, deberían quedar vedados para los ojos de lo social, para el resto de los individuos. Pero, si miramos más de cerca, ¿a qué se presta tan aceptado, inquebrantable y asimilado estatus? Pues, por ejemplo, a que los abusos que se cometen en este ámbito, queden en lo secreto y, por lo tanto, sujetos solo a las normas internas del sistema cerrado que es la familia.

Ahora bien, se entiende que la familia y el hogar, deberían ser entes protectores por antonomasia y partes de inquebrantable apoyo para el individuo, pero, ¿esto siempre es así? Vuelvo al tema de los abusos: ¿cuántas violaciones, por mencionar algo, se han cometido bajo el cobijo de la familia?, ¿se permite?, ¿estoy delirando? No hace falta indagar mucho para saber que los más de los abusos infantiles se cometen por familiares mayores y que, en la mayoría de los casos, estos quedan impunes, pues como “la ropa sucia se lava en casa”, en casa se queda todo… No voy a abordar el tema de la violación o el abuso sexual; este solo me ha servido de ejemplo. Más bien quisiera referirme a la cuestión de los quehaceres domésticos. Sabemos que se ha establecido desde el principio de los tiempos que las mujeres tienen la “obligación” de cuidar de los niños y de mantener la casa limpia, pues, desde el régimen de valores y roles de género, el trabajo remunerado ha quedado a cargo de los varones. La mujer así, lleva sobre sus hombros la tarea de mantener el orden en la casa y se le llama por ello “la reina del hogar”, pero ¿es así?

Bueno, pues pensemos ahora que desde la Revolución Industrial, acaecida hace ya varios ayeres, la mujer ha tenido también que salir de casa a ganar una parte del sustento, y de ahí que la “reina del hogar” se las tenga que ver grises y negras con dobles y triples jornadas de trabajo. ¿Que cómo es esto? “La reina del hogar” tiene todo el derecho del mundo de salir a reafirmarse y a superarse como cualquier ciudadano, siempre y cuando no descuide sus “obligaciones domésticas”, ¡faltaba más!… A partir de esto no la tiene fácil, pues si bien “la ropa sucia se lava en casa”, no la lavan todos los miembros de la familia, sino que se trata de una actividad particular de las mujeres en la mayoría de los casos.

El trabajo doméstico no ha sido nunca remunerado. La mujer sisa para darse algún lujillo de vez en cuando.[1] Esto es, que pellizca del gasto diario para hacerse a sí misma de una pequeña posesión monetaria cuando no posee un ingreso propio. Esto no tiene nada de extraño desde la práctica, pues es evidente que siempre se ha hecho. Sin embargo pensar en ese ámbito tan privado como es el hogar desde una perspectiva más social; dejar de lavar en casa la ropa sucia y sacarla al sol de la razón, nos da la pauta para reconsiderar temas tan básicos como la justicia.

¿Acaso lo doméstico no es trabajo?, ¿permanecer durante jornadas enteras encargándose de la alimentación de otros, del vestido de otros, de las cosas personales de otros, no es trabajo? Y, si lo es, ¿por qué la mujer debe sisar, robar un poquito acá y allá, para contar con un mínimo propio para su propia economía? ¿No tienen las mujeres necesidades propias que satisfacer? Y, cuando las tienen, ¿no es denigrante tener que dar explicaciones cada vez?; es decir, ¿mendigar en cierto grado?… Es cuando sacamos la ropa sucia al sol cuando aparecen estos temas por demás incómodos y, solo una vez que son visibles, es posible cuestionarlos. Luego, ¿por qué si la mujer aporta una parte del sustento del hogar, no aporta también el hombre en pro de lo doméstico?

Simone de Beauvoir habla en El Segundo Sexo sobre estos y otros muchos asuntos que conciernen a ese ámbito privado, tan escondido que huele a moho. Observa ahí cuánto deben luchar las mujeres para hacerse de una educación en una sociedad donde está bien visto que el adolescente descanse y tenga sus momentos de recreo al dedicarse al estudio y, en cambio, las hermanas deban, apenas llegando a casa, ponerse al corriente con los quehaceres que han dejado pendientes por irse a la escuela. Lo mismo con la mujer que trabaja, lo mismo desde que se es pequeña hasta los últimos días.

Pareciera que ese dejar en casa la ropa sucia, nos ha colocado en un lugar de segunda, en donde se cuida de otros antes que de nosotras, en donde no basta nunca ser una persona, pues además “hay que ser mujercitas”… Así, bien entendido, no se trata de recriminar, pues creo personalmente que el hombre promedio no tiene ni idea ni culpa; de lo que se trata. En todo caso es de volver a asumir nuestra propia humanidad desde la posición individual, de reencausarnos, no como mujeres u hombres, sino como seres racionales. A la ropa sucia, definitivamente, habría que empezar a sacarla al sol.

[1] Sisar: “Hurtar algo o a alguien mediante sisa, cuando se maneja dinero ajeno, especialmente en la compra diaria (RAE)”

Acerca Nidya Areli Díaz

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