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Banksy

Mi testimonio

8-marzo-2019

 

Recuerdo que tenía ocho años, iba en tercero de primaria. Mi pequeño mundo se construía de risas, mis padres, mis hermanas y las reuniones de viernes por la noche en casa de mi abuela materna con tíos, primos y un perro akita que ahora recuerdo con mucho cariño.

Esas reuniones de viernes tan esperadas por mí; jugaba videojuegos con mis primos, íbamos a los juegos o al parque a jugar a las escondidas, cenábamos en familia, bebía refresco (mi madre me lo prohibía, menos esos días). La abuela contaba chistes, el abuelo refunfuñaba de las mascotas de la abuela mientras acariciaba cariñoso a los gatos o al conejo, o al perro o a la paloma cagona volando encima de la mesa.

Era un viernes más, uno cerca de las vacaciones de verano. Yo vestía feliz una falda nueva de mezclilla con una playera verde (mi color favorito) con estampado de Snoopy. Recuerdo perfecto el outfit, porque me gustaba mucho. Sin embargo, ese fue el último día que quise vestirlo, es más recuerdo que después de ese día no quise usar falda más que la del uniforme de la escuela y eso con short o bermuda invariablemente debajo.

Era noche de videojuegos. Raramente, ese día antes de salir de casa rumbo a la reunión de viernes, mi madre me llamó a la cocina; me habló del respeto que debía darle a mi cuerpo y que nadie podía tocarme sin mi permiso ninguna parte y mucho menos mis genitales. Bien dicen que las mamás lo saben todo, lo intuyen todo…

Llegamos con la gelatina de colores para depositarla al centro de la mesa como la protagonista de la noche. Mi prima me invitó al cuarto del tío donde estaba la consola de videojuegos. En el cuarto ya estaban instalados jugando el tío, mi primo y ella con la luz apagada para que se vieran mejor las batallas de Street Fighter jugadas en “retas”. Me senté en un banco de plástico entre mi prima y mi tío, muy cerca de él. Me tocaba jugar, recibí el control a cambio de un beso en la mejilla. Comencé a sentir la mano de mi tío en la espalda acariciando circularmente, pero con un entusiasmo fuera de lo normal, siguió haciéndolo hasta que bajó a mis nalgas. Quedé helada, no entendía muy bien, solo tenía ocho años. De pronto perdí y le tocaba a él jugar, dijo que siguiera yo para que aprendiera. De la sala se escuchó a mi tía llamándole a sus hijos, ambos salieron, yo lo intenté, pero mi tío me sentó de regreso jalando mi brazo y el terror comenzó: sus manos tocaron todo mi cuerpo mientras yo estaba paralizada viendo la pantalla mientras intentaba seguir jugando. De pronto cuando su asqueroso dedo trato de hacer a un lado mi pantaleta, salí corriendo llorando con mi mamá.

No dije nada, solo lloré.

Recuerdo que después de ese día mientras me bañaba me buscaba las marcas de sus manos, sentía que se verían sus huellas encima de mi piel. Mientras estaba en la escuela recordaba la sensación de asco, odio y desconcierto invadirme a tal punto que comenzaba a llorar de nuevo.

No quise volver nunca más a los viernes de familia materna. Preferí quedarme con mi papá en casa, ya no quise volver a vestir la falda de mezclilla ni la playera verde agua de Snoopy. No volví a querer jugar Street Fighter, aprendí a odiar al personaje Blanka del juego porque siempre lo escogía él. Me sentía incómoda cuando un hombre, incluso mi papá. En secreto también odiaba a mis primos, aunque no tenían culpa de nada, por haberme dejado ahí. Poco a poco mi mente fue enterrando el recuerdo y se volvió como un mal sueño borroso.

 

Mi madre me levantaba a gritos a las 6am de la mañana, la rutina de siempre era meterme a bañar aun dormida con el agua medio fría para despertar, vestirme acostada en la cama a 1km por hora con el grito de mi madre desde la cocina: “¡apúrate!”, atragantarme un jugo de naranja o una pieza de fruta y salir corriendo hacia el metro, subir prácticamente con calzador al vagón y bajar como vomitadas por el mismo en Balderas, transbordar en dirección a Observatorio, subir el tren naranja entre empujones, gritos e insultos, mi madre siempre a mi lado empujándome más aún, bajar en Insurgentes y correr para que no me cerraran la puerta de la secundaria en la nariz.

Esa mañana nada era diferente, subimos al metro a empujones, como siempre y como ahora. En aquel entonces la separación de mujeres y hombres en el andén solo ocurría en las noches, así que íbamos apretujados todos sin importar el género. Con la mochila cargada hacia adelante para evitar me sacaran el monedero con mis abundantes veinte pesos para el lunch y con mi madre a un lado; comencé a sentir un roce apenas perceptible en mi rodilla, la sacudí creyendo que sería una pelusa, si acaso un bicho, pero de pronto sentí una mano tocando mi muslo debajo de mi falda muy cerca del filo de mi bermuda. Mi respuesta fue violenta, la de mi madre peor. El tipo (aún recuerdo su cara) quedó tendido mitad dentro del vagón, mitad en el andén, mi mamá lo pateaba mientras era insultado por los demás pasajeros. Llegué a la escuela muy afectada, mi madre me abrazó y se fue.

Al ingresar a tercero de secundaria, me dio por sentirme grande. Mi mamá ya no me llevaba a la escuela y tampoco me recogía, además estaba ahora en una secundaria más cercana. Recuerdo que ese año comencé a menstruar por lo que mi cuerpo también comenzó a cambiar.

Una mañana bajé del metro y sentí mojadas las calcetas… Era semen. Yo no sabía, en mi vida había visto o sentido u olido el semen. Lo toqué, lo llevé a mi nariz y pensé que alguien había tirado algo sin querer y había alcanzado a salpicarme. Semanas después sucedió lo mismo, esta vez lo tenía en el muslo izquierdo. Hice lo mismo sentí, toqué, olí, limpié. En la tarde le conté a mi hermana (9 años mayor). Se escandalizó, se enojó, lanzó un montón de groserías y entonces me explicó todo. Quedé muda, asqueada, espantada.

 

En la escuela católica me enseñaron acerca de la culpa, es el arma más grande de esa religión que adora a un hombre sufriendo a causa de sus “hermanos, hijos” y que pinta a la mujer como mero instrumento. Pues bien, lo aprendí. Me sentía culpable, era la María Magdalena de 14 años sucia y desprolija que cualquier hombre podía tener si se le antojaba. Aprendí a temer a los hombres.

 

Pasé a primero de preparatoria, seguía rodeada de esa educación religiosa, en un colegio mixto donde los niños piensan que son superiores por tener pene. Las fiestas eran salvajes, tal pareciera que años de tanto escuchar sobre castidad, fornicación y pecado original, provocara una pulsión sexual incontrolable. Las fiestas comenzaban normales: chicos adolescentes, queriendo perder el control con solo dos o tres horas disponibles, con dinero en la bolsa listo para gastar hasta el último centavo en alcohol y drogas. Terminaba pues con chicas encerradas en los baños, cuartos, cocinas o azoteas; primero calientes, luego llorando porque el puberto que las había empezado a besar, terminaba violándolas, pero aquí esa palabra: “violación” no existía, porque estabas ebria, porque tú habías accedido, porque correspondías sus besos y porque con tus pies lo seguiste para irte a encerrar.

Yo fui a dos fiestas de esas. En la primera, no me pasó nada, me escabullí al ver lo que estaba pasando. Besé a un chico que en efecto quiso llevarme a la habitación, misma que estaba ocupada ya por dos parejas, me fui a casa un poco ebria. La segunda vez, besé al mismo chico, me llevó a la cocina, quiso obligarme a hacer y tocar algo que yo no quería, e intentó tocarme más allá. Recibió un golpe de mi puño en su nariz, pero al pretender irme, otro más fuerte que él me detuvo casi al llegar a la puerta, me apretó contra la pared con su cuerpo y restregó su pene erecto sobre mi ropa. El otro solo miró la escena, traté de aventarlo varias veces, de golpearlo. Su lengua tocó mi mejilla y ahí terminó todo, la furia me invadió y lo arañé, corrí a mi mochila, saqué el gas pimienta que un mes antes mi hermana mayor me había dado y le rocié la cara. Salí corriendo.

 

Después de estas experiencias traté de evitar “conductas de riesgo”, cambié de escuela y entré a una preparatoria de la UNAM. Aquí conocí a muchos chicos que nunca intentaron pasarse la línea que trazaba, comencé a sentir una confianza renovada hacia los hombres. Pero conocí dos maestros que ofrecían puntos e incluso exentarte a cambio de algún favor (obviamente sexual), maestros que te miraban sin discreción alguna los pechos o el trasero, que te aventaban comentarios sexistas, lascivos o machistas.

Me embaracé muy joven, apenas saliendo de la preparatoria y con tan solo 20 años cargué nueve meses al ser más hermoso. Cuando estás embarazada, tus hormonas hacen fiesta las 24hrs del día y te vuelves por así decirlo, más vulnerable. Recuerdo que abordé el metro, solo viajaría dos estaciones. En el trayecto de la primera estación, sentí que alguien se me repegaba mucho por atrás, di un paso a un lado pues el vagón no estaba muy lleno y permitía moverme libremente, sin embargo, volví a sentir de nuevo, pero más evidente e intenso a ese alguien repegándose fuerte contra mi cuerpo. Yo tenía siete meses de embarazo. Volteé apartando mi cuerpo y totalmente desconcertada atiné a decirle que se restregara en su pinche madre, a lo que el tipo espetó: Pues tú, mamacita ¿para qué te haces para acá? —con un lenguaje corporal más que obsceno. Ya no contesté más, estaba atónita y me sentía realmente atacada. Bajé en la estación que seguía y volví a mi casa sumergida en llanto. Durante mi embarazo sufrí varios actos de acoso, desde palabras obscenas hasta lo que les he contado, pero lo peor que viví fue el día que di a luz.

Estuve internada 6 días antes de que entrara en labor de parto, tuvieron que inducírmelo, supongo que por mi edad el parto duró tanto (23 horas). Estuve en piso muy bien tratada por enfermeras y enfermeros, doctores, ginecólogos y obstetras. Me sentía segura y protegida, pero cuando me bajaron al área de “trabajo de parto” me topé con camilleros que aprovechaban para tocarte según ellos accidentalmente, otros que se quedaban mirando de una manera muy ofensiva mientras te hacían el tacto, tanto así que en una ocasión un médico le dijo a uno de ellos: ¿le quiere invitar un café a la pacientita o qué?

Años después en una fiesta con “amigos” recuerdo uno que intentó besarme a la fuerza y como no lo consiguió, me volteó hasta que mi cara quedó contra la pared y comenzó a tocarme. Grité y me lo quité de encima con golpes y empujones. Un amigo me defendió, otro dijo que como había estado con él todo el tiempo no pensó que necesitara ayuda.

En una reunión con intelectuales que terminó en fiesta, me quedé a dormir en la casa de una pareja, ambos siempre muy amigos y de las mejores personas que conozco. Desperté con un tipo detrás de mí, intentando meter su mano en mi pantalón. Salí de la casa de mis amigos enojadísima. Tardé seis meses en volver a verlos y obvio pedí que el abusador de esa noche no estuviera si yo iba a su casa.

He vivido también acoso callejero: todos los días. No recuerdo un día que haya salido a la calle sola, sin haber recibido por lo menos una palabra o un sonido, o una mirada lasciva. Me han tocado caminando en la calle rumbo a mi trabajo, me han sacado fotografías en el metro, me han seguido durante algunas calles, me han dicho frases por demás ofensivas y guarras, me han insultado cuando me he negado a salir con alguien. Tuve un ex que me golpeó, terminamos y después me acosó de forma enferma.

Pese a todo esto tengo amigos hombres que estimo, que quiero y que son de mi entera confianza, son hombres que apoyan a la mujer, que no piensan en modo retrograda, que quieren equidad para la mujer, que me respetan y cuidan. Tengo un papá admirable, que tiene tres hijas y dos nietas. Nos ama, apoya y respeta siempre. He tenido novios que me han amado mucho, que me han hecho crecer como persona, que me han respetado y que me han valorado mucho. He tenido compañeros de trabajo que se esfuerzan cada día por ser mejores personas, que respetan siempre a las mujeres que están a su alrededor, que no tienen problema de tener una jefa ni una colega a su lado, que no acosan, que no te miran de manera inapropiada y que incluso he podido forjar una amistad con ellos.

Hoy vivo con miedo latente de salir a la calle, mi hija me preocupa muchísimo, mis hermanas, mi madre, mis amigas y compañeras de trabajo. He dejado de hacer cosas que disfrutaba porque no sé en que momento tendré que defenderme de algún abusivo enfermo. Creo que México se está colapsando en una epidemia de feminicidios. Cada niña o mujer secuestrada, violada, asesinada, se ha vuelto un número más a los casos del día.

Se ha desatado una oleada de denuncias en las redes de intentos de secuestro en diversos puntos de la CDMX y el Estado de México. Entre los testimonios las chicas que han sido atacadas resaltan, incluso con fotografías que no vestían de manera “provocativa”. ¿Es en serio? La sociedad no tiene porque, en primera, dudar de una denuncia de acoso porque es real, porque todos los días sucede en cualquier círculo social, en segunda, la culpa nunca es de la víctima y es tiempo de que se cambie la idea de que una mujer tiene conductas para “incitar” o se viste para “provocar”. Hay miles de denuncias de desaparición de mujeres a las que no se les da, ni dio importancia ni seguimiento, casos en los que las familias se quedaron con la impotencia de no poder hacer más que salir a buscar a su familiar por sus propios medios porque las autoridades nunca se encargaron del caso porque les pedían dinero a cambio, porque la burocracia es antes que la ley, porque las autoridades están coludidas y la corrupción les invade.

 

Acerca Varinka Muñoz

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