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El peor enemigo de una mujer es otra mujer, dicen

En mi experiencia personal he comprobado que tristemente es cierto. Desde la madre que educa y cría hombres machistas donde el rol de género se aprende a madrazos en el hogar, donde la hermana tiene que servir al hermano y donde el padre es la máxima autoridad y es el que tiene “la última palabra”.

Al entrevistar a diversas personas para este texto, muchos me dijeron que los tiempos ya son otros, que las generaciones actuales ven a la mujer como su igual, que el machismo está por terminar y que solo se ve eso en los pueblos alejados de la educación de la ciudad y los medios de comunicación. Me reí a carcajadas.

La sociedad hoy en día, si bien ha evolucionado, el machismo lo ha hecho de la mano también y para muestra basta un clic y buscar todas esas innecesarias noticias de mujeres que han sido “cachadas en la movida” ¿Les suena lady Coralina, la violación que cometieron los “Porkys” o bien la chica que murió en el accidente de Reforma a bordo de un BMW? Todas ellas fueron juzgadas por una sociedad manchada de machismo, pero lo más triste es que las mismas mujeres juzgaron terriblemente a estas chicas.

Las mujeres en lugar de vernos como compañeras, nos vemos como competencia: que si vistes muy provocativa, que si muy fodonga, que si te maquillas mucho, que si no, que si estás gorda, que si no, que si tienes novio, que si no, que si tienes hijos, que si no, que si eres madre soltera, que si no, que si vives tu vida sexual libremente, que si no, que si tienes mucha chichi, que si no, que si tienes mucho trasero, que si no, que si te gustan las mujeres, que si no, que si te depilas, que si no, que si te gusta beber y reventarte, que si no, que si eres liberal, que si no, que si eres feminista o feminazi, que si no. Y la lista podría seguir de forma infinita como la división de 19 entre 3.

He platicado con mujeres que supuestamente son liberales y feministas progresistas, que juzgan la conducta de otras congéneres que no tienen sus mismos ideales ni persiguen los mismos sueños, esas chicas que piensan en casarse y tener bebés; son mal vistas por estas mujeres que claman la libertad femenina; pero ¿no se supone que si eso las hace felices está bien? Pues en la mente de las llamadas feministas está mal pues siguen el sistema del patriarcado opresor. Ojo, no estoy diciendo que no exista, simplemente que hay quien vive dentro de una familia convencional pero no necesariamente tradicional pues muchas de ellas, siendo mamás y esposas, son también profesionistas y se desarrollan satisfactoriamente y no tienen un marido golpeador y machista, sino un compañero que comparte ese estilo de vida.

Sinceramente considero que muchas de estas mujeres auto-proclamadas feministas recalcitrantes o llamadas malamente feminazis han sido víctimas directa o indirectamente de violencia de género. Ya sea que alguna pareja hombre que tuvieron las maltrato de cualquier forma o bien vivieron dentro de su casa en su infancia o adolescencia una experiencia que las marcó de alguna u otra forma.

Frida Marrón, 38 años:

Yo era de las que gritaban pro derechos femeninos, de las que leyó a Simone de Beauvoir hasta convertirla en mi pastor religioso, critiqué hasta el cansancio el sistema machista que nos cae en los hombros a las mujeres; trabajé en talleres para que mujeres maltratadas aprendieran un oficio y pudieran salir de su casa donde el marido las maltrataba a diestra y siniestra con el único ancla de ser mantenidas y la amenaza de dañar a los hijos. Rescaté a muchas mujeres que iban a la asociación y que ahora viven lejos de su victimario.

Pero mi vida era una afuera y otra dentro. Viví violencia por parte de mi pareja durante casi cinco años en los que mantuve mi boca cerrada y las costillas moradas porque me daba muchísima vergüenza admitir que yo era una víctima más. Mis amigos se dieron cuenta poco a poco del infierno al que me enfrentaba y ocultaba a diario. Fue entonces que me di cuenta de que la gente, aún la más progresista es machista y me culpaba de la situación. Recibí nulo apoyo pues decían que no era posible que una mujer con mi ideología permitiera que alguien me tratara de esa manera. Pero creo que al final fue lo que me dio más fuerza para salir del hoyo en el que me encontraba. Salí casi sola, siendo que yo siempre estaba rodeada de gente. Fui victima de mi ex pareja y luego de mis “amigos” que se decepcionaron de mí.

Olivia Castro, 30 años:

Tenía 15 años la primera vez que el hermano de mi mamá abusó de mí, fue el día siguiente de mi fiesta. Me pidió me pusiera mi vestido porque no había podido asistir, así que inocentemente, me cambié y cuando salí a la sala para que me viera, se abalanzó sobre mí y me violó. Me amenazó y se fue. Se volvió un abuso repetitivo  cada que iba a la casa sabiendo que mis padres estaban trabajando y solo estaba Quique, mi hermano pequeño. Me violó durante un año completo. Hasta que me decidí a hablarlo con mi mamá quien reaccionó cacheteándome y llamándome puta. Cuando mi padre regresó de trabajar, mi madre le contó como si yo hubiese hecho algo terrible. Lo peor es que así lo sentí en ese momento. Me sentí culpable porque me dijeron que si el tío me había hecho eso era porque seguramente yo lo había incitado.

Clara Alpizar, 32 años:

Estuve trabajando para una empresa durante 6 años en los que di el máximo, llegaba antes y era la última en salir. Siempre mantuve los números que se pedían y mantuve una excelente calidad en mi trabajo. Eventualmente me ascendieron a jefa de departamento. No cabía de la felicidad.

El problema comenzó cuando ocupé el nuevo cargo pues las mujeres que ahora estaban a mi cargo comenzaron a hablar a mis espaldas. Decían que mi ascenso era ganancia de pasar horas de rodillas en la oficina del jefe. Comenzaron a circular chismes de toda clase de injurias y asquerosidades que poco a poco me fui deprimiendo y mi trabajo también se vio afectado.

Un día llegando a la oficina me topé cara a cara con la esposa del dueño quien entre lágrimas y furia me gritó reclamos acerca del infiel de su marido y de lo puta que yo era. Me corrieron a las dos horas.

Mi carrera se avió altamente afectada por envidias y calumnias producto de celos y frustración de mujeres que piensan en sí mismas como objetos sin cerebro y por eso daban por hecho que mi lugar en la empresa me lo había ganado a través de mi cuerpo.

Yolanda Miranda, 27 años:

Estuve en una fiesta llena de “intelectuales” bebimos y reímos, cantamos y fumamos. Hablamos de nuestros autores favoritos, sus corrientes literarias y toda esa mierda literata que te dicen que es chida y que según te da el poder de criticar lo que otros leen: como las 50 sombras de Gray (efectivamente es una mamada) pero leen, que es lo que importa al final.

La cosa es que me sentía súper protegida entre personas que según yo son súper inteligentes y progresistas, que jamas harían daño a otra persona solo para complacer sus pulsiones. Pero me equivoqué terriblemente.

Me quedé dormida y desperté porque tenía dentro de mi pantalón la mano de un cabrón. Cuando sintió que me sacudí del susto, la retiró, pero me sentí tan mal por haber confiado en gente que no debí. Y ahí no paró la cosa, pues me fui indignadísima y cuando le conté lo sucedido a una de las chicas que había estado en la fiesta me dijo: pues te veías muy cariñosa con él. Cuando lo único que hice durante la fiesta fue abrazarlo para las fotos y platicar con él.

El enojo me hizo presa pues soy una mujer que si quiere coger, coge, que si quiere algo lo dice, y si no también. Así que no había cabida para la “confusión” ni la permisividad de tocar mi cuerpo.

Es la mente machista que les hace creer que somos de degustación y pueden tocar y hacer lo que les plazca.

Entrevisté a más chicas, a mis hermanas, a mis compañeras de trabajo, pero siempre terminé con la misma idea. Las mujeres somos malas con nosotras mismas y encima tenemos todo un sistema judicial en el que se menosprecia el abuso. En donde si eres pareja de tu victimario, entonces no es un delito y si te pasa es porque te lo “ganaste” o algo hiciste mal.

Hoy en día tengo un lindo trabajo y es la primera vez que tengo una jefa. Siempre había trabajado con un hombre como jefe y he de admitir que tuve mis reservas al principio, pues he vivido situaciones por demás incómodas con algunas mujeres, sin embargo esta vez siento que hay alguien como yo, que no está al pendiente de que se me desacomode un cabello para criticarme, raramente, las dos estamos muy cómodas la una con la otra, nos apoyamos mucho en lo laboral y en lo personal.

Si bien tengo dos hermanas mayores, nunca fui unida con la mayor, pero sí con la de en medio (soy el pilón) tal vez fue ahí que aprendí a no envidiar, sino a reconocer y apoyar. Evidentemente, alguna vez me he encontrado con alguna chica que no es de mi agrado, pero lo mismo pasa con hombres. Particularmente no soy hipócrita así que se me nota bastante, pero mi motivo para caer en cuenta que alguien no me cae bien no radica en la envidia. Creo que las mujeres más que nunca nos necesitamos las unas a las otras para salir adelante, para dejar de temernos entre nosotras y luchar de verdad contra el machista que nos acecha todos los días.

Muchas veces dije que tener amigos hombres era lo máximo porque pienso que los hombres son más leales entre ellos, no se envidian y en dado caso, se lo dicen en la cara. La amistad entre hombres se me hace de lo más honesta, entre mujeres no lo es. Yo tenía toda mi confianza puesta en mi mejor amiga hasta que la perdí por una pequeñez, luego pensé que las cosas no tienen que ser tan complejas y seguimos siendo amigas, aunque creo que nuestro lazo no es tan fuerte como solía serlo porque ella traicionó mi confianza una vez. Los hombres tienen códigos que respetan, y si no, lo dicen. Las mujeres no tenemos un código real, somos más egoístas y envidiosas de lo que nos gustaría aceptar.

Aprendí a amarme después de años, amo mi cuerpo, mi altura, mi cabello, mi piel, mis ojos, mis cejas y mis defectos. No necesito parecerme a nadie, ni buscar en otras lo que no tengo, porque soy una mujer muy inteligente, guapa y alegre que tiene algo especial y algo que todas también: soy única. Y creo que todas deberíamos aprender lo mismo.

Dejar de juzgar a la que usa minifalda frente al jefe, la que tiene puros amigos hombres, la que cambia de novio como de calcetines, la que es borracha por mero gusto, la que es hippie y no se depila nada, la que ama el maquillaje y los tacones, la que sale en pijama de su casa, la que come lo que se le antoja, la que no sale por quedarse en casa a ver la tele o para estar con su marido, novio, pareja o gato, la que tiene maestría y doctorado pero rechaza a sus pretendientes porque no quiere atarse a una pareja sino a una carrera, la que hace mucho ejercicio y no sale del gym, la que está bien buena y todos lo notan, la que es feliz siendo y viviendo como es.

 

Acerca Varinka Muñoz

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Un comentario

  1. Hola: Quizás deberías cambiar el título del artículo por “El peor enemigo de una mujer es otra mujer, digo”.
    No menosprecio tu opinión respecto a la “amistad femenina” creo que cada una la vive de una manera diferente. He tenido ese tipo de relaciones enfermizas con otras mujeres, en las que hay envidia, celos e hipocresía, pero también con hombres, y mucho. Trato de no idealizar la amistad ni entre hombres ni entre mujeres, ya sea para bien o para mal.
    No creo, como dices, que entre hombres sean más leales, no se envidien, y en caso de hacerlo, se lo digan a la cara. ¡Pues si no son Santa Claus o santos! son humanos, con temores, deseos y proyectos. Creo que estás idealizando sus relaciones.
    La forma en cómo nos relacionamos, tanto entre hombres como entre mujeres no es fortuita, obedece en gran medida a la cultura en que estamos inmersos. Tristemente en nuestra sociedad (mexicana, por lo menos) a la mayoría de los hombres se les educa para no hablar de sí mismos, de lo que sienten y de cómo manejar y expresar sus emociones. De ahí que si un hombre llora se le critique, o que sólo se le permita mostrar enojo y otro tipo de estados o emociones, como la tristeza. Me preguntaría si la forma en que se relacionan entre ellos no obedece a esta característica, a la de preferir evadir en vez de enfrentar, a la de fingir que no pasa nada, a la de negar que también ellos sienten la presión de la competencia todo el tiempo, al igual que las mujeres.
    Tampoco estoy de acuerdo en que entre mujeres no exista un código de ética. Me parece que es decisión de uno, sin importar si es hombre o mujer, establecer esos códigos en nuestras relaciones, fomentar que podamos expresar nuestros temores y confiar en el otro.
    Tengo la fortuna de tener un círculo fuerte de amigas, pocas, pero ahí están. También puedo contar a uno que otro amigo sincero, y esto no ha sido de a gratis, sólo porque yo tenga la suerte de haber encontrado mujeres que rompan el molde. Ha sido posible porque en gran medida todas (mis breves amigas y yo) hemos adquirido la conciencia de que no sirve de nada tener relaciones ficticias, basadas en la pose o en utilizarnos como si fuéramos objetos desechables. Es posible también porque sabemos que nos necesitamos y porque nos queremos.
    Coincido totalmente en que en vez de juzgarnos tendríamos que ser más solidarias entre nosotras. Para empezar, porqué no dejar de decir que “No hay de otra, que las relaciones sinceras entre mujeres son imposibles” casi casi como si esto fuera parte de nuestra naturaleza. No lo es.

    Saludos y gracias por escribir.

    P.D.: Ah, por cierto, si uno no se auto-proclama feminista, ¿quién debe hacerlo? ¿hay algún lugar donde uno se afilie?