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De cómo supe que no existían los Reyes Magos

De cómo supe que no existían los Reyes Magos.

Don Agustín, cocinero,  62 años:

Mi abuela murió el primero de enero, durante el recalentado de la celebración de Año Nuevo. Mi mamá lloraba desconsolada porque ella había cuidado a su suegra durante sus últimos días tratando de darle amor y calidad de vida. Se desmayó de la impresión y tristeza que le causó. Cuando se recuperó no paraba de pedirle perdón a mi papá, quién le dijo: ¿perdón de qué? Si ya estaba re viejita.

La noticia del fallecimiento de la abuela, se la dimos a mi papá yendo a la terminal del ferrocarril donde trabajaba. Al vernos de lejos supo de inmediato para qué estábamos ahí, solo lo vi mover su cabeza de lado a lado. Se acercó a nosotros y nos fuimos a casa en total silencio.

Sepultamos a la abuela el dos de enero, entre llantos, despedidas y agradecimientos a aquella viejita que tanto nos había enseñado y nalgueado.

Llegó el día de Reyes, el día seis del primer mes del año, que todo niño latinoamericano espera con el corazón exaltado y la ilusión en los ojos. Me paré temprano y corrí a la sala donde estaba el árbol de Navidad. Miré debajo y alrededor. Mi búsqueda resultó en nada: los Reyes Magos no habían llegado a casa.

Tenía doce años, pero aún tenía la ilusión de un niño inocente al que se le rompió el corazón. Mi hermano mayor, de 17 años, me abrazó y me confesó que los Reyes en realidad no existían, que cada juguete que año con año había recibido era producto del esfuerzo de nuestros padres. Entendí entonces que no había regalos porque mis papás gastaron todo el dinero en el velorio y sepelio de la abuela.

Mi papá quien tenía roto el corazón, le dio dinero a mi hermano para que me comprara un regalo de día de Reyes. Fuimos entonces a la feria del juguete que se instalaba en Buenavista, justo en las oficinas de Ferrocarriles Nacionales (ahora oficinas del Seguro Social). Ahí escogí una pista de autos eléctrica en forma de ocho como de 2 metros por 80 centímetros de ancho, de las que tenían dos carritos: uno rojo y uno negro con controles alámbricos. Se convirtió en mi segundo juguete favorito. La cuidé mucho, era mi tesoro. Me duró cinco años durante los que me divertí montones y qué bueno, porque fue mi último regalo de día de Reyes.

Jorge, diseñador gráfico, 30 años:

Tenía quince años cuando mi papá me dijo que no me hiciera wey, si ya sabía de qué se trataba. Entonces me dijo que iríamos a comprar mi regalo de día de Reyes. Me pidió que pensara bien y escogiera algo con lo que realmente fuera a jugar y divertirme.

Y la vi… una mesa de juegos convertible: futbolito, billar y ping-pong en uno.

Sí, fue mi último juguete  de Reyes y la verdad es que sí me hacía wey. Desde tiempo atrás sabía que mis papás eran mis Reyes Magos.

Alejandro,  guapo ingeniero industrial, 27 años:

Como yo soy el hermano mayor; mi papá me confesó a los 10 años quiénes eran en realidad los Reyes Magos y desde ese día me convertí en uno más para mi hermanita. Mi papá primero me preguntó si yo ya sabía, le dije que lo suponía ya que en mi escuela hablaban mucho acerca de ello.

Mi papá me pidió entonces cuidar el secreto para que la ilusión de mi hermana cuatro años menor que yo quedara intacta. Y estuvo bien porque los “Reyes” me seguían trayendo juguetes para que todo siguiera siendo creíble para mi hermana.

Karina, diseñadora gráfica:

Mis tres hermanas y yo nos amarrábamos los pies para que ninguna de las cuatro hiciera trampa y fuera a ver los juguetes antes que otra. Año tras año en día de Reyes hacíamos el mismo juego. Dado que yo era la menor, mis hermanas me fueron dosificando la noticia, aunque yo ya sospechaba por la historia que nos contaban mis papás acerca de que ellos tenían que darles la mitad del dinero que costaran los juguetes que pidiéramos, por lo que no podíamos pedir muchas cosas o bien cosas no muy caras. Otra cuestión que despertaba mi sospecha era cómo desaparecían mis papás días antes del 6 de enero, dejándonos constantemente a las cuatro a cargo de mi abuela.

Un día nos asomamos a la ventanilla trasera del auto donde pudimos ver que guardaban nuestros juguetes para el siguiente día. Lo divertido ahí fue adivinar para quién era cada cosa.

Varinka, comunicóloga, 29 años (esta loca que aquí escribe):

Tenía doce años cuando descubrí la verdad. Ciertamente fui una niña que siempre especulaba al respecto y de muchas cosas más. Preguntaba a mis padres: ¿por qué si los Reyes Magos llevaban juguetes, había gente comprándolos por montones antes del día prometido? Mi papá siempre fue muy creativo para contestarme sin cortar mi ilusión; decía que los niños que se portaban mal evidentemente no recibían regalos y entonces sus padres sintiéndose tristes o culpables, compraban los juguetes para sus hijos malcriados.

Así que yo razonaba de la siguiente manera: a todos los niños de mi escuela que decían que no existían, los compadecía pues yo pensaba que eran precisamente de esos niños que los Reyes Magos no querían.

Años más tarde y cuando la duda no me dejaba tranquila, asomé mi cabeza al closet de mi madre donde en efecto estaban los juguetes que yo había pedido en mi carta lanzada en un globo. Y pensé wow: sí me los compraron, aunque de ramalazo llegó la realidad: ¡los Reyes Magos no existen! (pensé eso antes de creerme una niña mal portada a la que no le llevaban juguetes).

 

 

 

Acerca Varinka Muñoz

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