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Evocar desde el fogón: Mamá, huele a sofrito

Dicen que los olores son huella indeleble en la memoria de los seres humanos, es decir que todo lo que el olfato recoge se queda allí resguardado hasta el fin de nuestros días. Respirar es lo primero que nos conecta con la vida. Nacemos y justo en ese instante nuestros pulmones se abren al mundo. Desde entonces respirar es un acto cotidiano que implica la existencia, una existencia donde todo aroma registrado y asimilado durante los primeros 6 años de infancia nos acompañará hasta el último respiro. Tal vez por ello buscamos emanaciones que nos transporten a esos días.

Tengo la certeza que de todos los espacios que conforman un hogar, la cocina es el territorio que invoca, fusiona y expela pócimas secretas. Desde ese místico lugar se santigua bajo los vapores de una comida; familia, niños, niñas, amigos, vecinas e invitados. Pero serán los pequeños y pequeñas los que resguarden tan preciado ritual, ya que es en la infancia donde se comienza a atesorar esa memoria olfativa, es quizás allí donde más esencias gastronómicas hemos registrado, pero todo aroma lleva consigo un recuerdo de algo y de alguien, siendo inevitable asociar los aromas de los platos con personas que han tallado lo que somos. Ellas sí, las artesanas del fuego, alquimistas culinarias que llevan el rostro de alguna mamá, de alguna abuela, tía, o de esa mujer que nos cuidó y cocinó durante nuestros primeros años de vida.

En casa era mamá quien cocinaba y aunque son muchos los platos que preparaba, hay un aroma que la define, que destila y que cada vez que lo percibo me hace sentirla.

Si, mamá huele a sofrito.
Aroma caribeño
Pócima de tiempo
Artesana de los fuegos
Que eternizaste mi niñez

Si, mamá huele a sofrito
A verdes y rojos abrazados
Al calor de un sartén

Si, mamá huele a sofrito
Alma de mis platos
Abrigo de sabores
Que resguardan mi ser

Sí, mamá solía preparar muchos tipos de sofritos dependiendo de lo que fuese a cocinar pero el que más me encantaba es ese salteado de cebollín, ají dulce, tomate y cilantro que suele preparar para hacer perico. Una mágica combinación que une la simpleza de unos cuantos vegetales sofritos y de huevos batidos que al mezclarlos en un sartén bien caliente me resulta, junto a unas arepas, el desayuno más memorable de cuando era niña. Alimento mágico, que de tanto repetir, en su hacer culinario de aquellos años, se ha transformado en una pócima de tiempo para evocar. Poderoso elixir de reminiscencias. Fusión de aromas que me traslada a sus abrazos, a sus regaños, a las tardes de juegos en el patio de mi casa junto a mis hermanos y hermanas, a las escaleras transitadas de mi barrio para llegar a tiempo a la escuela. Sí, mamá huele a sofrito. Oxigeno vital que acompañará mis días para siempre.

Perico con aroma De Mamá

En días de escuela, mamá solía preparar para el desayuno un revoltillo de huevos con su sofrito especial para hacer más rendidor, ya que alimentar tres niñas y dos niños requería de ingredientes que agrandaran los platos. Utilizaba tres cebollines completos, pues su sabor es menos fuerte que la cebolla, dos tomates bien maduros, dos ají dulces, un puñado de hojas de cilantro, sal y seis huevos.

Yo solía acompañarla a rayar el tomate mientras ella me contaba lo que había soñado esa noche. Ella me explicaba: -Todo debe estar cortado en cuadros muy pequeñitos, así. Se coloca primero un sartén a calentar con un poco de aceite y se va agregando el cebollín y el ají dulce. Se deja cocinar por unos minutos a fuego medio, muy pendiente de que no se dore. Luego se agrega los tomates rallados y el cilantro. Finalmente los huevos batidos y se va removiendo hasta que se cocine todo. Mamá lo servía como relleno de nuestras arepas y solía envolverlas con las bolsas en que venía la harina de maíz para llevarlas calentitas y así merendarlas a la hora del recreo.

 

Acerca Florbella González

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Un comentario

  1. Dicen que la patria es la tierra que nos cobija, ese molde de fronteras imaginarias en el cual crecemos. Mi patria palpita en cualquier rincon donde arde un fogon, hierve una marmita y escapa el olor de algo cocinandose.