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Las catacumbas de Misraim

Autor  MICHAEL ENDE

La idea le vino de pronto y era incontrovertible. No había modo de defenderse de ella: él, Iwri, era diferente de las demás gentes del pueblo de las sombras. Desde luego no le hacía feliz descubrirlo.

Se hallaba en su nicho de dormir y no podía conciliar el sueño. Tenía los ojos clavados en el techo duro, negro y pétreo a un palmo de su rostro. Intentó recordar, pero fue en vano.

Antes su sueño, como el de todas las demás sombras, era un estado de inconsciencia rígida, un espacio vacío y oscuro entre las fases de actividad y toma de alimentos. Últimamente, sin embargo, algo había cambiado. Durante el sueño recibía impresiones borrosas, imágenes que pasaban por su mente, sentimientos desconocidos que le asaltaban. Recordaba vagamente haber llegado en uno de esos estados imprecisos al final del mundo de Misraim y haber visto allí aberturas que permitían contemplar algo situado fuera de las catacumbas. Su memoria no recordaba ya lo que había sido ese espacio exterior, pero sus mejillas siempre estaban mojadas de lágrimas al despertar. Iwri reconocía que añoraba esos estados anormales, pero al mismo tiempo se avergonzaba de ellos, pues sabía con seguridad que se trataba de ilusiones. Y las ilusiones eran consideradas una debilidad imperdonable.

Según la doctrina oficial que nadie ponía en duda, el mundo de Misraim, ese universo laberíntico de pasillos, escaleras, salas, pasadizos, cámaras y cuevas en los que vivían, trabajaba, dormía y se reproducía el pueblo de las sombras era la única realidad posible. Grandes sabios habían calculado que si el sistema de catacumbas no era infinito, al menos era ilimitado. Gracias a una imperceptible curvatura de todos los espacios, un hipotético personaje que se moviera siempre en una misma dirección volvería, al cabo de un viaje inimaginablemente largo, a su lugar de partida desde el lado contrario. Y daría igual si para ello utilizaba los pasillos y túneles ya conocidos o si excavaba otros nuevos en cualquier dirección. Desde entonces la cuestión de lo que posiblemente existía más allá de los límites de Misraim fue descalificada como insensata y no se volvió a plantear. Un espacio exterior no podía, sencillamente, existir, ya que su existencia lo hubiera convertido en parte de Misraim y, con ello, en un no-espacio exterior. Lo único que existía y siempre existiría eran las catacumbas. De acuerdo con esto toda pregunta sobre cómo se había llegado hasta ellas se consideraba un signo de ignorancia que sólo merecía una sonrisa burlona o conmiserativa. Al no haber una salida, no era imaginable una entrada. Se consideraba, por otro lado, señal de gran cultura e información conformarse con el hecho de estar allí, sin buscar para ello un sentido o una razón. La conciencia de no caer en el autoengaño llenaba a los sabios de orgullo, por lo que se autotitulaban “desengañados” o “desengañadores”. Por lo mismo, en todo el pueblo de sombras sólo tenía valor de verdadero lo que iba acompañado del amargo sabor del desengaño.

El nicho de dormir en el que yacía Iwri era uno de los muchos que ocupaban las paredes de la gran cueva de reposo. Era concretamente el séptimo desde abajo y el vigesimoctavo desde la derecha, en la pared occidental. Sólo se podía alcanzar con una de las escaleras móviles. Los otros muros también estaban llenos de nichos; todos medían dos metros de largo por medio metro de alto. Existían más cuevas de reposo en otras partes de las catacumbas, unas más pequeñas que ésta, otras más grandes. Iwri no sabía cuántas. Había oído decir que existían cámaras funerarias y cámaras para parejas o cámaras individuales, pero debían estar destinadas a miembros especialmente privilegiados del mundo de las sombras.

Iwri rebuscó en su memoria para recordar cuándo se habían apoderado de él por primera vez aquellos extraños estados de ánimo. Al plantearse la pregunta de cuándo constató, no sin inquietud, que no distinguía los periodos de consciencia, era como si contemplara una serie infinita de imágenes reflejadas, completamente idénticas, que se perdían hacia el fondo, hacia la penumbra. Una penumbra siempre igual, gris plomo, llenaba los espacios de Misraim, una luz que no parecía venir de ningún sitio y que flotaba como niebla en el aire inmóvil. Se dijo que no existía el tiempo si éste significaba cambio; sólo había una permanente repetición de lo mismo, una actualidad perenne y amorfa. El tiempo era como una espesa papilla que había que remover constantemente para que permaneciera en movimiento. En cuanto uno retiraba la mano se paraba y no había diferencia entre antes y después, como si el tiempo nunca se hubiera movido.

– No te conduce a nada -oyó decir al Jefe en su oído-. Es como es. Quieres dejar de reflexionar inútilmente. Prefieres pensar lo que piensan todos y hacer lo que hacen todos. Quieres pertenecer al grupo. No quieres salir de él.

Iwri conocía esa voz, como la conocían todas las sombras. El que le hablaba era el Director y Máximo Ordenador de Misraim, el señor Bechmoth. Nadie le había visto nunca y, sin embargo, siempre estaba presente con su murmullo ronco y convincente. Excepto durante las fases de sueño, hablaba casi sin interrupción con cada sombra, le daba órdenes, la animaba, reprendía, guiaba y coordinaba su actividad con la de las demás. Cómo lo conseguía, si a través de un hipotético sistema de altavoces escondidos o de receptores integrados en el oído, era un enigma hasta para los más sabios. La capacidad de Bechmoth para transmitir órdenes simultáneas, sin dar nunca señal de cansancio o confusión, se consideraba un misterio de inteligencia sobrehumana que de antemano invalidaba cualquier objeción. Por eso el pueblo de las sombras le tributaba un respeto casi religioso y una obediencia incondicional.

– Quieres levantarte y ponerte a trabajar -murmuró la voz.

La escalera móvil se acercó automáticamente. Iwri salió de su nicho, descendió por ella y pasó por la puerta de la cueva de descanso al pasillo central.

Las sombras desfilaban en interminables columnas hacia sus puestos de trabajo o procedían de allí, escaleras abajo, escaleras arriba, por túneles y pasillos, naves y galerías, bordeando abismos insondables y cruzando puentes hasta alcanzar las últimas ramificaciones y vasos capilares del inmenso sistema venoso de Misraim. Las fases de actividad, de sueño y de toma de alimentos de cada sombra estaban rigurosamente ordenadas de modo que el movimiento de circulación nunca se detenía. Para todo lo necesario existían habitaciones especiales, también para las funciones corporales más íntimas como la excreción o el emparejamiento.

Iwri se puso en la fila. No tenía que reflexionar sobre dónde ir, pues la voz del Ordenador dirigía sus pasos: “Segunda bifurcación, subir escalera, seguir adelante, túnel a la derecha…”

En principio no había entre las sombras ninguna especialización profesional, cualquiera podía ser utilizado en cualquier momento para cualquier trabajo. Iwri estaba integrado en un grupo dedicado a medir la longitud, altura y anchura de todos los peldaños existentes, un trabajo sin perspectiva de fin, dado el número incalculable de peldaños que había. Por eso, de vez en cuando, se cambiaban algunos miembros del equipo y los recién llegados empezaban a medir de nuevo. Ninguno sabía qué sentido tenía su actividad y ninguno preguntaba por él. La voz del Jefe les aseguraba que su trabajo poseía una importancia excepcional y no había razón para dudar de ello.

La roca en la que estaba excavado todo el sistema de catacumbas se hallaba formada por una sustancia negra de gran peso y densidad. Un fragmento del tamaño de una cabeza pesaba tanto que una persona apenas podía levantarlo. Como al mismo tiempo era viscoso y duro oponía extrema resistencia a la elaboración. Cuando, a pesar de todo, se conseguía romper un pedrusco de aquellos, éste quedaba al instante reducido a polvo, que se cargaba en vagones y se llevaba a instalaciones lejanas -Iwri no sabía de nadie que las hubiera visto-para ser transformado en el único alimento del pueblo de las sombras. Se trataba de un caldo negro que eliminaba rápidamente la sed y el hambre, pero que no sabía a nada. Se necesitaba poca cantidad. La sombra que lo tomaba se volvía más densa y oscura. La falta de este alimento producía, por el contrario, una difuminación de los contornos en los hambrientos, a largo plazo incluso una ligera transparencia. Lo mismo sucedía -aunque de modo irreversible- cuando moría una sombra. Ésta se volvía transparente y se desintegraba en polvo.

A pesar de la constante necesidad de alimento para tantas sombras la cantidad total de la sustancia era invariable, según la información que daba el “Des-Engañador”. Lo que por un lado se consumía, por el otro se añadía en forma de basura, desechos, excrementos y polvo de los muertos. Por lo tanto, sólo podía alterarse a lo largo del tiempo la estructura interior de Misraim, pero no su volumen original. Esta conclusión se consideraba muy tranquilizadora

Iwri halló en su puesto de trabajo -como solía desde que formaba parte del grupo de medición- un trozo de tiza con el que tenía que marcar determinados puntos de cada peldaño. Dócilmente puso manos a la obra, pero no estaba concentrado. Sus pensamientos volvían una y otra vez a las extrañas experiencias de sus recientes fases de sueño. Cuando, por fin, pasó el tiempo de trabajo, no colocó el trozo de tiza donde correspondía según las ordenanzas, sino que se lo metió en el bolsillo. Nadie lo notó y tampoco la voz de Bechmoth acusó recibo. Iwri no hubiera podido explicar por qué lo había hecho. En el camino de vuelta escondió el trozo de tiza en un pasillo lateral de escasa altura que parecía estar en desuso. Luego se dirigió a la toma de alimentos, se volvió más oscuro, sintió cansancio y se retiró a su nicho de dormir. De nuevo le invadieron aquellas extrañas imágenes y, de nuevo, no recordó al despertar lo que había visto al otro lado de las aberturas. Había olvidado el trozo de tiza, pero como encontró otro en su lugar de trabajo, ni siquiera lo registró.

Durante las próximas fases de trabajo repitió el hurto varias veces sin que nadie se lo impidiera. Cuando ya tenía reunidos seis o siete trozos de tiza en su escondrijo, logró recordar al despertar su inexplicable proceder. Y al llegar la próxima fase de descanso hizo algo que a él mismo le pareció una acción inusitada, casi un crimen. En vez de dirigirse como ordenaba la voz del Jefe a su nicho de dormir, fue sigilosamente a su escondrijo. Le costó cierto esfuerzo hacer ese camino, ya que estaba acostumbrado, como todos, a ser dirigido en cada movimiento. Ahora debía tomar decisiones. Nada más ver el montoncito de tizas comprendió por qué había desobedecido.

Buscó una superficie lisa en uno de los muros y empezó a dibujar, inseguro y con poca pericia, los contornos de aquellas aberturas que recordaba. Los primeros esbozos fueron desazonadores y le parecieron a él mismo bastante primitivos, pero no se desanimó y lo intentó de nuevo. Abrigaba la imprecisa esperanza de que si conseguía representar convincentemente las aberturas también recuperaría en su memoria lo que había detrás de ellas, allá fuera, al otro lado del muro. Pero su esfuerzo fue en vano.

– No quieres hacer lo que estás haciendo -dijo el murmullo del Gran Ordenador, hasta ahora silencioso-. Si continúas en tu empeño tendré que abandonarte. Estás avisado.

Iwri no reaccionó y siguió trabajando silencioso y obstinado.

– Lo que haces -dijo la voz insistente y, por primera vez, con un atisbo de impaciencia-, lo que haces me duele. Borraremos tu existencia. Te sustituiremos. Ya que deseas sufrir, sufre. Nos encargaremos de que no contagies a otros tu enfermedad. No perteneces al pueblo de las sombras; de ahora en adelante no serás nada. Todavía no sabes lo que eso significa. Lo aprenderás.

Era la última vez por mucho tiempo que Iwri oía la voz del Jefe.

Una vez terminado tan bien como supo su trabajo, se apartó para contemplarlo durante unos instantes. El resultado le decepcionó y desanimó. De pronto se notó muy cansado.

Se dirigió a la toma de alimentos, pero nadie le sirvió su ración. Le pasaron por alto. Afortunadamente tampoco se fijaron en él cuando se sirvió a sí mismo. No le impidieron que lo hiciera y, por tanto, no se preocupó más del asunto. Las cosas, sin embargo, cambiaron cuando regresó a la cueva de dormir para recogerse en su nicho. Constató que éste había sido ocupado por otra sombra y no quedaba ninguno libre.

Iwri volvió al lugar de su crimen. Un equipo de limpieza borraba en ese momento sus dibujos.

– ¿Qué pasa? -preguntó-. ¿Por qué lo hacéis?

Nadie le respondió; como si no le hubieran oído.

– Me gustaría saber -dijo uno de los obreros a su compañero- lo que esto significa.

De pronto Iwri recordó una palabra, la recordó como algo olvidado desde hace mucho tiempo.

– Son ventanas -musitó-, ventanas a través de las que podemos mirar hacia fuera. Es decir, no son verdaderas ventanas, sino, desgraciadamente, sólo su representación.

Además, una representación bastante imperfecta.

El equipo de limpieza terminó su quehacer y se marchó. El muro estaba como antes.

– Ventanas… -susurró Iwri. ¿De dónde le venía de pronto esa palabra? En el lenguaje del pueblo de las sombras no figuraba.

El montoncito de tizas seguía en el rincón. Tomó una y empezó a dibujar sobre el muro limpio. Tampoco esta vez el resultado le satisfizo. Quizá, se dijo, el culpable era el muro. Debía encontrar una superficie más apropiada. Aunque la idea no le convencía, metió los trozos de tiza en su bolsillo y se puso en camino.

Nunca había tenido que arreglárselas por sí mismo y al poco rato se perdió irremisiblemente en el laberinto de pasillos y bifurcaciones. El esfuerzo por comprender el orden de las cuevas y la necesidad desacostumbrada de tomar decisiones propias en cada encrucijada agotaron con rapidez sus fuerzas. En un rincón se echó cansado en el suelo y se durmió. Esta vez no tuvo visiones de ventanas, al contrario, sintió como si los muros le aprisionaran por todos los lados hasta inmovilizarle. Despertó bañado en sudor.

Se puso en pie y vio al fondo de un pasillo guardianes del orden que según le pareció buscaban a alguien. Instintivamente huyó de ellos. Más tarde, cuando hizo un alto, sin aliento, se preguntó por qué había huido, pues quizá él existía para los guardianes tan poco como para las demás sombras. Sin embargo, no estaba completamente seguro de que así fuera.

¿Qué hacer? Ya no oía la voz que le daba órdenes y debía proponerse él mismo una tarea, un objetivo. Estaba confuso y tardó un buen rato en hallar fuerzas para actuar. Lo que más le agobiaba, por ser algo totalmente nuevo, era su soledad. Se encontraba separado de las otras sombras como por un espacio invisible e impenetrable. Por primera vez sintió una gran tristeza y supo que ya no le abandonaría nunca, es más, que era sólo el principio, la premonición de lo que le esperaba. La tristeza misma aún no le había alcanzado, aún estaba lejos, como una oscuridad pesada, gigantesca, que se aproximaba con lentitud. Se hallaba por todas partes y no había escapatoria.

Iwri se asustó de ella. Si aún existiera una posibilidad de volver bajo la protección del Ordenador y ser acogido de nuevo en el pueblo de las sombras, quizá la hubiera aprovechado a fin de no estar solo. Pero sabía que nunca renunciaría a buscar lo que se encontraba más allá de las ventanas. No había pues vuelta atrás, era demasiado tarde. Debía dejar que sucediera lo que estaba sucediendo.

Si lo que había visto por las ventanas -y no podía recordar- no era una fantasía de su mente, sino realidad, entonces existía, en contra de la opinión de los sabios, un mundo, incluso muchos mundos fuera de Misraim. El inmenso sistema de catacumbas sería, por lo tanto, sólo una prisión en la que por causas desconocidas se hallaba encerrado el pueblo de las sombras. Bechmoth, el Gran Jefe, no era más que un carcelero. Esto explicaba la dureza con la que había perseguido a Iwri por pintar ventanas. Pero ¿cómo era posible que nadie más se sintiera prisionero, que todos estuvieran contentos con su existencia de esclavos?

En su búsqueda de una salida Iwri caminó durante innumerables fases de vigilia, que ahora eran totalmente irregulares, por los laberintos de Misraim. En su huida de posibles perseguidores no se atrevía a permanecer en ningún sitio. A la tristeza y el miedo vino a asociarse la sensación de que estaba enterrado en vida, de que se asfixiaba en el espacio estrecho. A ratos caía en estados de pánico que se intensificaban originándole un dolor físico insoportable.

Entonces corría hasta caer rendido o avanzaba a cuatro patas o se abría camino a tientas, paso a paso, como un ciego. Así llegó a zonas desconocidas del laberinto, cuya existencia nunca había imaginado. Entró en cuevas tan grandes que albergaban ciudades enteras con edificios de muchos pisos. Subió y bajó y volvió a subir innumerables peldaños, porque las escaleras desembocaban las unas en las otras o se perdían en el vacío. Se metió por pasadizos tan estrechos y bajos que sólo se podían superar arrastrándose sobre la tripa. A traspiés y rodando bajó por superficies inclinadas y ascendió por angostas chimeneas. Pero en ningún momento halló una salida de Misraim, algún indicio de que había alcanzado el final de las catacumbas. En cambio encontró lugares donde le parecía haber estado ya una vez, aunque nunca con absoluta seguridad. Robaba el alimento, lo que no era demasiado difícil, pues nadie se fijaba en él, y dormía donde y cuando tenía ocasión.

En su peregrinaje llevaba los trocitos de tiza y los cuidaba como su más preciado tesoro, ya que sabía que no obtendría otros. Siempre que veía un lugar adecuado pintaba sus ventanas. Sus reservas de tizas fueron disminuyendo y la meticulosidad con la que se preparaba antes de dibujar creció a fin de que no se desperdiciara ni un trazo. Pero con tanta obstinación como repetía sus intentos, con tanta regularidad eran borrados al instante. Aunque aquello hacía inútil su actividad, la rapidez con que eran eliminados sus dibujos le confirmaba en su convicción de que su trabajo, por muy pobre que fuera, constituía un peligro para Bechmoth y su sistema carcelario. Se agarró a la idea de que todo cambiaría -significara lo que significara este concepto- si lograba representar lo que había visto hacía tiempo a través de las ventanas. Ahora no lo recordaba y tampoco se le aparecía en sus fases de sueño. Dibujaba el recuerdo de un recuerdo que con el tiempo era más inverosímil; sus ventanas quedaban pues vacías. La desesperación que le producía esto era lo peor de todo. Había perdido la realidad de Misraim, en la que creía el pueblo de las sombras, y no encontraba la otra realidad, por la que había sido expulsado. No había salvación para él, ni en éste ni en el otro lado.

Un día por fin llegó el momento de utilizar el último trozo de tiza en un postrer intento que de nuevo fue un fracaso. Todo había concluido. La gran tristeza le había dado alcance y le enterraba como bajo una montaña. Preparó una cuerda y se ahorcó.

Cuando volvió en sí le habían puesto esposas. Dos guardianes del orden se inclinaban sobre él y le hablaban con tono de reproche. Iwri no entendía lo que decían, sólo captó que estaban satisfechos de haberle cogido. Le obligaron a ponerse en pie y se lo llevaron. Él no se defendió.

Le introdujeron en una celda individual, pequeña y baja de techo. Allí estuvo largo tiempo solo. Dormía mucho, o mejor dicho, se mantenía a propósito en un duermevela, ya que cada instante de vigilia significaba un tormento insoportable. Evitaba pensar en lo que harían con él, si le condenarían algún día por sus dibujos de ventanas o si, simplemente, le habrían olvidado. Una mano invisible le traía con regularidad comida. Valiéndose del mango de la cuchara intentó grabar los contornos de una ventana en el muro de su celda. Los muros eran demasiado duros y no quedó en ellos rastro de sus esfuerzos.

Estaba enroscado en un rincón, con el rostro hacia la pared, cuando un ruido de la puerta de su celda le sacó de su estupor. No se movió. Una mano le tomó por el hombro y le sacudió suavemente.

– Despierta -dijo alguien-. Ven conmigo, pero no hagas ruido.

Iwri se volvió despacio y vio dos sombras, un joven y una muchacha.

– ¿Qué queréis? -preguntó sin oír apenas su propia voz-. ¿Quiénes sois?

– Amigos -respondió la muchacha-. Venimos a sacarte de aquí.

– Amigos… -repitió Iwri con dificultad-. ¿Qué queréis decir?

Intentaron levantarle.

– Ven, disponemos de poco tiempo.

Iwri se resistió.

– Es un error -protestó-. Buscáis a otro.

– No, no -murmuró el joven con prisa-. Te lo explicaremos luego, y podrás preguntar lo que desees. Ahora, apresúrate.

Iwri se dejó conducir por ellos al exterior, primero por un pasillo bajo con puertas a otras celdas; luego por una habitación en la que colgaban de la pared muchas llaves. En un rincón dos guardianes del orden, sentados en torno a una mesa, roncaban tranquilamente con la cabeza apoyada sobre los brazos. Sus secuestradores le condujeron a un túnel de bóveda muy alta en el que fluía un animado tráfico. Le colocaron entre ellos.

– Si alguien nos da el alto -musitó la chica-, déjanos hablar a nosotros.

Efectivamente, había un control al final del túnel.

– Transporte de un enfermo -explicó el joven-. Es urgente. Aquí están los documentos.

El guardián echó un vistazo a los papeles y dijo:

– Adelante.

Por caminos confusos llegaron al fin a una escalera de caracol cuyos innumerables peldaños ascendían por un pozo y desembocaban en una sala llena de trastos, posiblemente un almacén de máquinas inservibles.

Los acompañantes de Iwri se cercioraron de que nadie les había seguido, apartaron unas planchas de hierro oxidado y quedó al descubierto en la pared un nicho. Utilizando un complicado ritmo golpearon varias veces en determinados puntos y el fondo del nicho se abrió. Entraron por el hueco y la pared se cerró de nuevo a sus espaldas.

– Ya puedes preguntar -dijo la muchacha-. Ahora estamos en nuestro lado.

– En nuestro lado… -repitió Iwri-. ¿Qué lado?

– Fuera del reino de Bechmoth.

Iwri se quedó parado y miró confundido a su alrededor.

– Fuera… -murmuró-. Fuera… Así que yo tenía razón. Pero ¿quiénes sois vosotros?

– Somos los enemigos de Bechmoth. ¿No te basta?

– Sí-tartamudeó Iwri-. Es decir, no. No me basta.

– ¿Lo oyes? No le basta-dijo el joven-. Explícaselo.

Ella sonrió.

– Los planes del señor Bechmoth nunca se cumplirán. Nosotros nos encargamos de ello.

– ¿Sois muchos?

La chica suspiró.

– Por desgracia, no.

– No somos suficientes -añadió el joven.

– ¿Y yo? ¿Qué queréis hacer conmigo?

– Bueno, tú eres uno de los nuestros, ¿no?

– Necesitamos con urgencia gente como tú.

– ¿Para qué me necesitáis?

– Eso te lo dirá la misma Madam.

– Ella tiene gran interés en que colabores.

– ¿Madam? ¿Quién es?

– La doctora, la señora Lewjothan. ¿No has oído hablar de ella?

– A ella le debes tu salvación. Ella nos envía.

Iwri hizo otra vez un alto.

– ¿Os referís a la Consoladora?

– Sí, creo que así la llaman en el reino de las sombras.

– Pero no te pares. No la hagamos esperar.

– Entonces… ¿es verdad que existe?

Iwri había oído a través de jirones de conversaciones y alusiones de un rumor según el cual existía un grupo secreto que de un modo no precisado con exactitud luchaba contra el Jefe y su sistema y que encabezaba una médica llamada la Consoladora. No estaba permitido hablar de ella. Iwri no había prestado atención a esos rumores y la había olvidado. Agitado preguntó:

– ¿Quiere verme? ¿Por qué?

– Quizá por tus dibujos de ventanas.

– ¿Se ha enterado de ellos?

– Oh, sí, querido. Sabe mucho, en cierto sentido más que Bechmoth. Y tiene que ser así, de otro modo estaríamos ya fuera de combate.

– Pero mis ventanas… -musitó Iwri- nunca han sido perfectas. Siempre han estado incompletas. Faltaba lo más importante.

– Ahora no se trata de eso.

– ¿De qué se trata, entonces?

– Quizá de que eres inmune -dijo el joven.

– ¿Que soy qué?

– Oye -dijo la muchacha a su compañero-, me temo que hablas demasiado.

– Es posible -admitió éste-. Dejemos la explicación a Madam Lewjothan.

El pasillo por el que caminaban se abrió de pronto y salieron a una rampa. La vista que se ofrecía desde ella impresionó a Iwri. En una cueva de enormes dimensiones se extendía ante sus ojos una instalación de invernaderos como una ciudad llena de luces. Cada invernadero estaba iluminado por dentro y relucía con una luz extraña, rosa y violeta. En el centro de la amplia instalación se alzaba un palacio de cristal, flanqueado por una torre estrecha, también de cristal.

– Allí arriba -oyó Iwri decir a la muchacha cerca de su oído-te espera ella. Encontrarás tú mismo el camino, no hay pérdida. Nosotros no podemos acompañarte más lejos.

– Gracias -dijo Iwri-. ¿Cómo os llamáis?

Se volvió hacia sus dos compañeros, pero éstos ya habían desaparecido.

Descendió la rampa y entró en el invernadero más próximo. Un aire húmedo y caliente le vino al encuentro y le cortó casi la respiración. Olía a putrefacción, dulzona y embriagadora. Iwri contuvo el deseo de vomitar. A la derecha y a la izquierda crecían en arriates en un desorden caótico grandes hongos, cuyas formas pálidas y carnosas parecían cartílagos orgánicos. Entre ellos colgaban hilos babosos.

Mientras iba de un invernadero al otro, sin perder de vista el Palacio de Cristal, cuya torre se divisaba desde todas partes, le llamó la atención que las tuberías de la calefacción que corrían a lo largo de las paredes laterales se hallaban defectuosas en muchos sitios, oxidadas, sucias e incluso reventadas aquí y allá. Lo mismo sucedía con el sistema de riego que bordeaba los arriates de tierra negra y que servía para mantener húmedos los hongos. Por doquier caían gotas de agua y brotaba el vapor. Todo el sistema parecía viejo y descuidado. También las fuentes de luz que producían el fulgor rosa y violeta tenían las pantallas de hojalata abolladas, estaban torcidas o se habían apagado por completo. En esas zonas más oscuras no crecían hongos en la tierra negra y enfangada.

Por fin Iwri llegó al Palacio de Cristal situado en el centro. Hasta ese momento no se había encontrado con nadie. Subió a la torre, piso por piso, sin oír más que su propio aliento y el cling-clong de sus pasos sobre el suelo de cristal. El piso superior era octogonal y desde él se vislumbraban en todas direcciones, como desde una torre de vigía, los invernaderos. El techo de la gran cueva, igual que un cielo pesado y cubierto de nubes, casi imperceptible en la penumbra, lo abarcaba todo.

– Al fin has llegado -dijo de pronto una voz profunda y extrañamente velada-. Eso está bien.

Iwri se volvió sobresaltado. Al otro lado de la habitación octogonal había aparecido una figura alta y delgada en un largo vestido blanco. Su rostro se distinguía con dificultad ya que una sombra caía sobre él.

– ¿La doctora Lewjothan? -preguntó vacilando.

La mujer asintió.

– Acércate un poco. Ya no veo bien.

Iwri dio unos pasos en su dirección y ella alzó la mano.

– Quédate ahí. Así.

Iwri, en medio de la habitación, se sintió incómodo. Hubo un silencio, en el que ambos se contemplaron.

La mujer le sobrepasaba en más de una cabeza. Su rostro demacrado y pálido era de rasgos finos, pero a pesar de ello daba la impresión de severo, incluso de duro. Resultaba difícil dilucidar si se trataba del rostro de un muchacho un poco femenino o de una mujer un poco masculina. En cualquier caso incluía a los dos sexos. Sus ojos oscuros, ligeramente oblicuos, descansaban sobre él sin parpadear. Sintió la fuerza hipnótica que brotaba de aquella mirada, pero no deseó defenderse de ella. El pelo color cobrizo de la mujer era corto, casi masculino. Alrededor de sus labios flotaba un amago de sonrisa que no estaba dirigida a él, sino que era permanente y automática. No parecía una sonrisa alegre; al contrario, creaba un aura trágica que cerraba el camino a cualquier acercamiento. Iwri bajó los ojos.

– Tus ventanas -oyó decir a aquella voz- nos han puesto en peligro.

– ¿Mis ventanas? ¿Qué quiere decir?

– Me temo, mi pequeña sombra, que eres un artista. Quiero decir que no comprendes tus propias ideas. Sí, tus ventanas. Enseguida supimos lo que pretendías decir con ellas. Representabas, sin darte cuenta, nuestros invernaderos. Ahora ya lo sabes. No tendrás dudas sobre ello, ¿verdad? También sabes ahora lo que siempre te ha faltado: lo que se ve a través de las ventanas. No podías representarlo porque te asustaba. ¿Te sorprende esta revelación?

– No sé -respondió inseguro- si era eso…

Ella rió silenciosamente.

– Es increíble cómo precisamente la facultad creadora nos impide ser conscientes de nuestros móviles. ¡Animo, mi pequeña sombra! Cuando aceptes tus propios deseos te sentirás mejor, te lo garantizo.

– Quizá tenga usted razón -balbució Iwri.

– Oh, estoy segura de ello, pero debes creerlo por convicción. No quiero que lo hagas por darme gusto. No nos ayudaría a ninguno de los dos. Y lo que necesito con urgencia es precisamente tu ayuda, por supuesto voluntaria.

– ¿Mi ayuda? -preguntó Iwri-. ¿Qué desea de mí?

Ella apartó la mirada y la dejó vagar por el panorama de invernaderos iluminados.

– Al venir hasta aquí has podido ver el estado lamentable en que se encuentran nuestras instalaciones. No contamos con nadie capaz de mantenerlas. Sin ellas nuestro trabajo es imposible.

– ¿Qué son esos hongos?-preguntó Iwri.

Ella se volvió nuevamente hacia él y rió con su característica risa apagada.

– Te han asustado, ¿verdad? Reconozco que son repelentes. Pero son nuestro gran tesoro. De ellos obtenemos nuestra medicina, el GUL, nuestra arma más potente contra Bechmoth. El GUL es una fórmula química… -empezó a explicarle la fórmula, pero él no entendía lo que ella decía-. Extraemos la medicina de las esporas. Pero esto no es cosa tuya. El cuidado y la explotación de los cultivos de hongos corre a cargo de otros. Tu tarea consistiría en mantener en orden las instalaciones.

– ¿Para quién es la medicina? ¿Y qué efectos tiene? -preguntó Iwri.

– Oh, perdona, lo olvidé. No deberías saberlo, precisamente tú no deberías saberlo. Por eso estás aquí. Sobre ti no actúa, o quizá ha perdido su efectividad; ignoramos la causa.

Hizo una pausa para reflexionar.

– En el fondo -continuó por fin paseando a lo largo de la pared con ventanas, de arriba abajo y de abajo arriba, de modo que Iwri tenía que girar con ella-. En el fondo todo el sutil sistema de Bechmoth tiene un único objetivo: hacer sufrir a sus víctimas. Tú, pequeño, sabes lo que eso significa. ¿Por qué lo desea tanto? Pienso que el ansia de poder absoluto es en sí misma una especie de dolor que sólo se aplaca con el sufrimiento ajeno. Quizá el tormento que inflige a otros le produce cierto consuelo. Aunque, a fin de cuentas, eso carece de importancia para nosotros. No es Bechmoth el que necesita ayuda sino sus víctimas. Yo, como sabes, soy médico y mi ética profesional me ordena ayudar a los que sufren. Ya sé que podemos discutir interminablemente sobre este punto, pero al fin y al cabo todo desemboca en una verdad muy simple: es bueno lo que mitiga o impide el sufrimiento, es malo todo lo que produce o intensifica sufrimiento. Con nuestro GUL impedimos en la mayoría de los casos que la gente empiece a sufrir. Y si ya sufren reducimos su sufrimiento hasta que queda bajo el nivel de percepción del sujeto. El sufrimiento que no se percibe no es tal. Podría decirse que el GUL es una especie de producto anestesiante, un narcótico que insensibiliza especialmente contra los métodos de tortura de Bechmoth y no afecta a las demás funciones. En la mayoría de los pacientes basta una pequeña cantidad que les suministramos sin que ellos lo sepan en las comidas. En casos difíciles inyectamos dosis mayores. Hay casos muy raros en los que existe una resistencia innata o adquirida contra nuestro producto, como sucede contigo, mi pequeña sombra. Lo constatamos, pero desconocemos todavía las razones. Tú mismo no lo has notado, pero hemos estado inyectándote, durante las fases de sueño, GUL altamente concentrado sin obtener resultados. Tuvimos que hacerlo para disuadirte de pintar ventanas, pues Bechmoth es de por sí desconfiado y podrías haberle puesto sobre la pista. Comprendimos entonces que por tu especial constitución eras la persona idónea para cuidar nuestros invernaderos…

– ¿Por qué? -preguntó Iwri-. ¿Por qué precisamente yo?

El constante ir y venir le había mareado un poco; además, se sentía cansado y con sueño. Apenas si era capaz de seguir la voz monótona de la Consoladora.

– Está muy claro -la oyó decir, y por primera vez su tono era ligeramente impaciente-.Escúchame bien, pequeño, no te hagas el tonto. Estoy muy ocupada y no dispongo de tiempo. Así que no preguntes lo que ya has comprendido perfectamente. Por otra parte, pienso que deberíamos tener confianza el uno en el otro, pues estamos en el mismo bando. ..

Iwri asintió agotado. Tenía un sinfín de preguntas que hacer, pero no se le ocurrió ninguna. Se sentó en el suelo y apoyó la cabeza en la mano. Un cansancio irresistible se apoderó de él. Durante un rato aún oyó la voz que, como desde una lejanía creciente, insistía e insistía; luego cayó en un profundo sueño.

Cuando despertó se halló solo en la habitación octogonal. Se sentía atontado y vacío, como si le hubieran exprimido, pero la angustia soportada durante tanto tiempo en las catacumbas había desaparecido por completo. Eso ya merecía su agradecimiento.

No había nadie con él al que hubiera podido preguntar qué tenía que hacer. Así que se puso a buscar. Revisó todo el Palacio de Cristal y por fin descubrió en el sótano una especie de taller, al menos parecía haberlo sido hacía mucho tiempo. Las herramientas desperdigadas se encontraban en su mayoría en tal estado que apenas resultaban utilizables, aunque unas pocas podían ser reparadas provisionalmente. También halló un camastro con unas mantas rotas y polvorientas, algunos cacharros y una cuchara. Decidió convertir el taller en su futura vivienda.

En otros sótanos adyacentes encontró gran cantidad de cajones con piezas de recambio para las instalaciones de los invernaderos: tuberías de calefacción, bombas, lámparas, cables, alambres y otros materiales. Inmediatamente se puso a trabajar.

Durante los primeros tiempos se atuvo a un plan determinado. En principio se dedicó a reparar las averías más graves de los invernaderos cercanos al Palacio de Cristal, convencido de que ahí se hallaba el corazón del sistema en forma de una central térmica que alimentara la red de tuberías con vapor o agua caliente o un distribuidor para la instalación de la luz. Pero no encontró nada de este tipo, ni al comienzo de sus empeños ni más adelante. Según todos los indicios no existía tal centro neurálgico.

Con el tiempo renunció a cualquier plan y trabajaba donde surgía la necesidad. Su euforia se fue convirtiendo en obstinación rutinaria. Como no lograba comprender el orden básico de la instalación no le quedaba otro remedio que arreglar donde había algo que arreglar, un día aquí, el otro allá. En consecuencia sus reparaciones resultaban inútiles tarde o temprano. Cuando terminaba en un extremo aparecían en el otro las viejas averías u otras completamente nuevas. El trabajo en el ambiente caluroso, húmedo y hediondo de los hongos era pesado y le hacía sudar. A menudo después de muchas horas de esfuerzo continuado caía extenuado y medio asfixiado al suelo. Pero lo que más le agotaba era la falta de perspectivas de esta lucha permanente contra la ruina, una lucha que nunca se ganaría, ni siquiera por unas horas.

A pesar de todo, Iwri perseveraba, ya que sabía que nadie excepto él era capaz de realizar este trabajo que constituía su única posibilidad de ayudar al pueblo de las sombras en su sufrimiento. Aunque su esfuerzo no tuviera un fin visible, no le parecía inútil. Esta idea le mantenía en pie.

En todo este tiempo no volvió a ver a la doctora, ni tampoco se encontró con ninguno de sus colaboradores, aunque pudo constatar que los hongos habían sido recolectados varias veces, generalmente en las zonas donde él no trabajaba. Cuando regresaba a su sótano solía hallar allí comida que algún desconocido le llevaba. También recibió varios cajones con piezas de recambio, pero nunca supo de dónde procedían y cómo habían llegado. Por otro lado le quedaban pocas fuerzas para pensar en estas cosas. Nada más comer solía caer en su lecho y dormir como un muerto. Ya no pensaba en sus ventanas, estaba rodeado de ellas…

Había transcurrido ya mucho tiempo dedicado a su trabajo solitario cuando inesperadamente se encontró con alguien. Sucedió en uno de los invernaderos más alejados del Palacio de Cristal, situados en el límite norte de la plantación, al que Iwri no había llegado nunca. En un rincón oscuro descubrió un montón de harapos que al principio no le llamó la atención. Pero al cabo de un rato creyó percibir a intervalos regulares unos murmullos:

– Destruir… destruir todo… Por favor, créeme…

Y entonces comprendió que el montón de trapos se trataba del lecho de un hombre, muy viejo a todas luces, que apenas respiraba y cuyo cuerpo era casi un esqueleto. Su rostro estaba marcado por un sufrimiento como Iwri nunca había visto en el pueblo de las sombras.

Levantó al viejo, ligero como un muñeco, y lo llevó en brazos hasta su sótano del Palacio de Cristal. Allí le dio su comida, cucharada a cucharada, e intentó tumbarle en su propio lecho para que descansara. Pero el viejo se resistía, agarrándose con fuerza a él. Atrajo la oreja de Iwri hasta su boca hundida:

– He luchado contra la muerte -murmuró- con la esperanza de que me encontrarías. Sólo me quedan unos instantes. Tienes que creerme todo lo que te diga, pues es la verdad. Yo soy tu antecesor aquí, en los invernaderos. Soy el ingeniero que en su día construyó la instalación. Sí, yo también creía entonces que actuaba bien, como tú lo crees ahora. Pero yo he desenmascarado a la Consoladora. Todo es mentira, nada más que mentira…

Intentó incorporarse, pero Iwri le retuvo suavemente en el lecho.

– Descansa -le dijo-. Luego me lo contarás todo.

– No-exclamó sin aliento el viejo moviendo la cabeza de un lado a otro-. No tenemos tiempo. He estado escondido. Ella haría cualquier cosa para impedir que te revele la verdad. Comprenderás enseguida por qué, así que no me interrumpas. Me he mantenido vivo sólo para esto y pronto moriré, ¿me oyes? Soy también culpable de lo que le sucede al pueblo de las sombras. Debo reparar mi crimen y tú lo harás por mí. No sigas cuidando la instalación. Debes, por el contrario, destruirla por completo ahora mismo. Los invernaderos, los malditos hongos, todo. Prométemelo.

– ¿Por qué he de hacerlo? -preguntó consternado Iwri-. Es el único remedio para los prisioneros de Bechmoth.

– No es cierto -gimió el viejo-. ¿Te ha contado ella que Bechmoth es su enemigo? Sí, eso les hace confiar a todos. Yo también la creí. En realidad ella trabaja para él. Él la necesita, no sería nada sin ella… Ella comparte su lecho. Yo los he visto juntos. He oído lo que hablaban… Sus planes con respecto al pueblo de las sombras. Nunca he oído cosas peores. Cuando se dieron cuenta de que les había espiado me castigaron. No preguntes cómo. Ya ves que pude escapar

– No comprendo -balbució Iwri-. Bechmoth mantiene esclavizado al pueblo de las sombras en Misraim para satisfacer con su sufrimiento la sed ardiente de poder que le atenaza y la doctora Lewjothan lo impide mitigando los sufrimientos de los esclavos.. .

– Ah, sí -dijo el viejo-. Desde luego. Pero ¿cómo lo hace? Les proporciona esta droga maldita, gracias a la cual olvidan todo. Sí, olvidan que son prisioneros, olvidan que no siempre fueron el pueblo de las sombras, olvidan que más allá de las catacumbas de Misraim hay otros mundos de los que proceden. Olvidan el pasado y el futuro, olvidan las preguntas y los deseos. Oh, sí, están tranquilos y contentos con lo que tienen, pues carecen de memoria y de la posibilidad de comparar. Sólo poseen el momento. Los esclavos que no conocen más que la esclavitud son esclavos dóciles. Los prisioneros que únicamente conocen la existencia de la cárcel no sufren por su falta de libertad. Ésta es la clase de ayuda de la Consoladora.

Se dejó caer en el lecho jadeando.

Iwri, con los ojos clavados en el rostro del anciano, murmuró:

– Mis ventanas, mis ventanas… Yo tenía razón; había algo detrás de ellas.

– Tú y yo -dijo débilmente el viejo- pertenecemos al grupo de los que no olvidan, lo queramos o no. El GUL no actúa sobre nosotros. Somos la excepción. ¿Comprendes ahora por qué ella nos necesita? ¿Qué utilidad tendrían unos ayudantes que se olvidaran de todo?

Iwri estaba seguro de que el viejo le decía la verdad. Lo sabía porque era su verdad, una verdad que había condenado tanto tiempo al silencio. Y ahora que se manifestaba de nuevo con toda su fuerza sintió que una terrible ira se apoderaba dolorosamente de su cuerpo.

– ¿Y si el pueblo de las sombras -preguntó con voz ronca- no obtuviera esa maldita droga…?

– Entonces -dijo el viejo casi sin voz- empezarían todos a sufrir horriblemente, porque recordarían. Sólo así encontrarán el camino de salida de Misraim. Por eso debes hacerles sufrir, debes destruirlo todo. ¡Hazlo, y hazlo deprisa!

El anciano se derrumbó, con su cabeza inclinada hacia un lado. De pronto pareció extrañamente pequeño. Había muerto.

– Sí -dijo Iwri con voz áspera-. Lo haré. No te preocupes, amigo.

Rebuscó entre las herramientas oxidadas, cogió el martillo más pesado que pudo encontrar y se dirigió a los invernaderos.

Aunque la labor de destrucción progresaba más deprisa que los penosos y difíciles trabajos de reparación, Iwri necesitó mucho tiempo para su tarea, ya que la plantación era gigantesca y él estaba solo. Destruyó sistemáticamente todos los cristales, arrancó las tuberías de las paredes, pisoteó los hongos que se transformaron enseguida en una papilla pegajosa y rompió los aparatos de iluminación. Un invernadero tras otro se sumergió en la oscuridad.

Con furia salvaje Iwri se dedicó a destruir gritando y riendo, hasta que cayó rendido y durmió durante un rato. Lo que le daba renovadas fuerzas -unas fuerzas que nunca había poseído en esta medida con anterioridad- no era sólo la conciencia de estar luchando por la liberación del pueblo de las sombras, sino también su indignación contra la doctora Lewjothan, la médica hipócrita que había abusado tan abominablemente de su flaqueza y su buena fe. En el fondo esperaba que ella misma o su gente aparecieran para impedirle por la fuerza destruir por completo las plantaciones. Deseaba la confrontación aunque se resolviera con su propia derrota. Pero no sucedió nada y él siguió solo. ¿Tenían miedo de él? ¿Acaso no soportaban ser desenmascarados? ¿Y si no eran tan poderosos como él y los demás habían creído hasta ahora?

Por fin se desmoronó el último invernadero y se apagó la última luz. Todo había acabado y él se halló en la más completa e impenetrable oscuridad. Había procedido sin plan alguno y no sabía siquiera en qué lugar de la gran cueva se encontraba o dónde estaba la rampa desde la que había visto por primera vez el mar de luces. Se abrió camino a tientas, sintiendo bajo los pies los añicos de cristal y la succión del suelo pantanoso. Intentó orientarse por los restos que habían escapado a su furia destructora, pero no tenía mucha esperanza de encontrar la salida. Tampoco le importaba mucho lo que pudiera sucederle. Había cumplido con su deber.

Esta vez, sin embargo, la suerte estuvo de su lado. Dio con la rampa, subió a tientas a ella y llegó hasta la puerta secreta. No pudo abrirla, ya que no recordaba la señal, pero con su pesado martillo consiguió romperla sin excesiva dificultad. Se encontró de nuevo en las catacumbas de Misraim.

No se había preguntado lo que le esperaba ver allí, pero la primera impresión fue decepcionante. Nada había cambiado: las mismas interminables columnas de sombras que caminaban en todas direcciones por los pasillos laberínticos, por escaleras y puentes; que trabajaban, ingerían alimento y pasaban las fases de sueño en sus respectivos nichos. Todo seguía como cuando se lo llevaron de allí. Todos obedecían a la voz del Gran Ordenador que les quitaba el peso de las decisiones, y todos aceptaban que así fuera. Iwri se dijo que tenía que ser paciente, pues la falta del GUL, el maldito suero del olvido, no actuaría más que poco a poco.

En efecto, no transcurrió mucho tiempo para que empezaran a registrarse los primeros síntomas de la abstinencia. Fueron más graves de lo que Iwri había imaginado. Nadie en el pueblo de las sombras estaba acostumbrado a sufrir de este modo, y en consecuencia las primeras reacciones se manifestaron de un modo extraordinariamente fuerte. Unos se tiraban de pronto al suelo, como epilépticos, se agitaban frenéticos y pedían auxilio a gritos. Otros salían corriendo presos del pánico, golpeaban los muros con los puños o incluso con la cabeza hasta caer sin sentido. Algunos se sentaban, permanecían inmóviles y jadeaban, con los ojos en blanco como los ahogados. Los que aún no habían alcanzado ese estado les contemplaban espantados sin saber qué hacer. Los casos aumentaban de hora en hora. Los que todavía oían la voz ronca del Gran Ordenador eran cada vez menos. Las escenas que se sucedían ante los ojos de Iwri resultaban tan penosas y dignas de compasión que de buena gana hubiera anulado todo, si hubiera sido posible. Conocía bien el sufrimiento por propia experiencia y se sentía culpable, aunque se repitiera constantemente que él no había ocasionado toda esta desgracia, sino que la había puesto al descubierto y que era inevitable, incluso necesaria.

Por fin se desencadenó la catástrofe. Miles de sombras enfurecidas, chocando las unas con las otras, dominadas por el terror y la desesperación, corrían pisoteándose, chillando y aullando a lo largo de los túneles y naves del laberinto. Había que hacer algo inmediatamente para que aquello no acabara en una masacre sin sentido. El pánico general debía ser encauzado hacia una revuelta con un objetivo, en una lucha contra los carceleros y en la búsqueda sistemática del camino que condujera al exterior.

Poco a poco Iwri logró hacerse oír. Al principio sólo conseguía tranquilizar a un pequeño grupo para que le escuchara, pero luego su número fue aumentando, pues se corrió la voz de que había alguien que estaba informado y podía dar soluciones. Cientos y luego miles acudieron para oír ansiosamente y con la boca abierta las palabras de Iwri. Subido a un pedestal, en una de las naves más grandes, hacía discursos incendiarios en los que decía al pueblo de las sombras todo lo que había descubierto y lo animaba a defenderse unido, a romper la opresión con violencia y a forzar a los poderosos a darle la libertad.

No todos comprendían sus palabras, pero muchos se le unieron. Se armaron con lo que les pareció utilizable, barras, tubos y herramientas de diverso tipo, formaron grupos y, por fin, un gran ejército de sombras se puso en marcha por el interminable laberinto. Gritaban en coro: “¡Bechmoth, da la cara!, ¡Bechmoth, da la cara! “ o “ ¡Tu reino terminó, queremos salir!”

Al principio todo parecía inútil -el plan estratégico de la dirección consistía probablemente en dejar que la revolución se agotara-, pero entonces sucedió un fenómeno inesperado, que tampoco Iwri supo explicarse. Como si el clamor de Misraim recibiera respuesta del exterior, empezaron a temblar los techos y los muros de las catacumbas como en un terremoto. Milagrosamente nadie sufrió daño alguno, pues los muros no se desmoronaron sino que desaparecieron, se disolvieron por así decir en la nada, igual que si nunca hubieran existido. Este extraño proceso iba acompañado del retumbar de truenos que parecía venir de una lejanía infinita y que se asemejaba a una voz potente que gritaba: “¡Ven, ven, ven!”. Por supuesto no eran palabras lo que se oía, sino el ruido de los muros al resquebrajarse.

El movimiento de las columnas de sombras se interrumpió. Nadie se atrevía a dar un paso más; los unos se agarraron a los otros. De pronto -todos lo vieron con asombro y miedo- se abrió una grieta enorme, cada vez más grande, en la pared frontal de una sala alargada. La luz que entraba por ella era tan brillante -o al menos así les pareció a las sombras, poco habituadas a la luz- que los más próximos a ella se llevaron la mano a los ojos o se volvieron.

– ¡Seguidme! -gritó Iwri-. ¡Ahí está el camino hacia el exterior!

Iba a avanzar, pero se detuvo instintivamente. Los que le seguían le empujaron hacia adelante. En el fuerte contraluz distinguió ante la grieta dos figuras, altas, más altas que cualquiera del pueblo de las sombras. Permanecían allí tranquilas, a la expectativa, decididas a no ceder ni un paso. Recortados contra la luz sus rostros no eran reconocibles, pero Iwri estaba seguro de que una de ellas se trataba de la doctora Lewjothan. La otra figura era más grande, pero extrañamente encogida, casi jorobada. Parecía un anciano decrépito y muy alto. Su cráneo triangular y calvo brillaba como un espejo metálico y sus miembros se retorcían en un constante espasmo. Su cuerpo tenía aspecto de plomo gris.

Iwri concentró todas sus energías. Dio unos pasos hacia ambos y les gritó:

– ¡Fuera! ¡Apartaos! No tenéis derecho a cerrarnos el camino.

La muchedumbre a sus espaldas recogió sus palabras y empujó hacia adelante.

El hombre de plomo levantó la mano. Se hizo el silencio.

– ¡No! -chilló Iwri antes de que el hombre pudiera decir una palabra-. ¡No le escuchéis! ¡Mentirán los dos!

– Yo no mentiré -dijo el hombre de plomo, y todos reconocieron aquella voz insistente y ronca-. Yo os diré la verdad. ¿Queréis oírla?

– ¡No! -exclamó Iwri-. Callad y desapareced.

Pero entre la muchedumbre se escucharon voces dispersas:

– ¡Que hable!

– Queremos saber lo que tiene que decir.

– Que se justifique ante nosotros.

– No nos dejaremos retener.

– Nadie -dijo lentamente el hombre de plomo- tiene la intención de reteneros. No lo hemos hecho hasta hoy, y no lo haremos ahora.

– Es cierto -dijeron algunos-. Ni siquiera se ha mostrado a nosotros en todo este tiempo. ¿Por qué no? ¿Acaso el Gran Ordenador tenía miedo?

Se oyó un murmullo de desaprobación.

– No, no era miedo -respondió Bechmoth-. ¿Por qué habría de tener miedo? Podéis hacer lo que os plazca, como siempre habéis hecho. El que quiera salir por esa abertura que salga, nadie se lo impedirá. Cada cual puede decidir y nosotros respetamos su decisión.

– ¿Ahora, de pronto, respetáis nuestras decisiones? -objetó una sombra-. ¿Por qué tan de repente y por qué no antes?

– Siempre hemos cumplido vuestra propia voluntad -dijo Bechmoth-. El problema es que no lo sabéis. Me temo que hay un grave malentendido entre vosotros y nosotros. Me gustaría aclararlo. Dadme unos minutos para hablar. Luego decidiréis lo que os parezca bueno y justo.

– Ya hemos decidido -gritó Iwri-. ¿Para qué más palabras?

– ¿Qué pretende ahora? -gritaron otros-. ¡Que lo explique!

La muchedumbre se mostraba agitada y una cierta inseguridad comenzó a extenderse. Aquí y allá surgían discusiones. Pasó un tiempo hasta que volvió la calma. Bechmoth empezó a hablar con voz fatigada y titubeante al principio, luego fue ganando fuerzas.

– Ya sé que me odiáis, porque os han dicho que yo os he mantenido prisioneros para saciar mi ansia de poder con vuestro sufrimiento. ¿No es así? Os han contado que todo este sistema infinito de catacumbas, el mundo de Misraim, no es más que un gigantesco calabozo en el que os consumís, y que yo soy el director de esta cárcel, empeñado en manteneros en absoluta esclavitud. ¿No es ésta vuestra convicción? Ahora yo os pregunto, y, por favor, sed sinceros con vosotros mismos, ¿quién ha sufrido alguna vez bajo mi gobierno? ¿Quién se ha consumido bajo mi yugo? ¿Acaso no estabais todos contentos con vuestra existencia cuando las cosas se regían por el viejo orden? ¿No hemos atenido siempre a vuestras necesidades? Decidme, pero sed honestos, ¿quién de entre vosotros se ha sentido como un prisionero y ha sufrido por ello?

– ¡Yo! -exclamó Iwri.

El hombre de plomo extendió lentamente la mano y le apuntó.

– Éste -dijo- es el único entre todos vosotros. Es diferente a vosotros, un caso aparte, no es uno de vosotros.

– Pero ahora -gritaron varios- sentimos lo mismo que él. Antes estábamos ciegos, ignorábamos lo que nos pasaba. Él nos ha abierto los ojos. Por fin sabemos lo que habéis estado haciendo con nosotros.

La Consoladora tomó la palabra:

– ¿Lo sabéis de verdad? ¿Estáis seguros? Sólo sabéis lo que os ha dicho ese muchacho, ¿pero os ha dicho todo? ¿Os ha dicho, por ejemplo, que él ha traído la desgracia sobre vosotros? Él ha destruido las plantaciones de las que obteníamos el medicamento que hasta hoy os libraba del sufrimiento. Él es el único responsable de que nos falte. ¿Os ha preguntado si deseabais renunciar a él o no?

“¿Cómo podía preguntarles? No me hubieran entendido. .. “, pensó gritar Iwri, pero no llegó a hacerlo.

– Él ha decidido por todos vosotros -continuó la doctora-. ¿Os ha dicho por qué? Porque el suero no actúa sobre su organismo y no le proporciona alivio como a los demás. Por eso ha decidido enfermar a todos para que compartáis con él el sufrimiento y le ayudéis a realizar su plan. Él solo nunca hubiera sido capaz de abrir el camino de salida de las catacumbas de Misraim. Ahora decidme, ¿quién os ha utilizado, quién os ha convertido en sus herramientas? ¿Este que os carga con el dolor, el miedo y la desesperación para conseguir sus objetivos o nosotros que hemos hecho todo lo posible para preservaros de ellos?

El pueblo de las sombras estaba confundido. Rostros dubitativos, desconfiados y también llenos de odio se volvieron hacia Iwri.

– ¡Escuchadme! -les gritó-. Hemos hallado unidos el camino de la libertad y unidos escaparemos de la esclavitud. Pues que esos dos nos han mantenido presos es tan evidente como que deseamos todos salir fuera.

El hombre de plomo retomó la palabra:

– Dice que deseáis salir fuera. ¿Sabéis lo que os espera allí? Ese mundo no es habitable para vosotros. La luz implacable os aniquilar . Ignoráis dónde está el norte y el sur. No encontraréis nada que os oriente. Os devorará un gran vacío. Tendréis que decidir por vuestras propias fuerzas cada movimiento de respiración y cada latido de vuestro corazón. Y cada decisión os atará para siempre. Os lo repito: ese mundo no es habitable para vosotros. El pueblo de las sombras huyó de él en su día y nos pidió protección de su luz implacable. En ningún momento os hemos retenido aquí; al contrario, hemos respetado vuestra voluntad. Amigos, no nos habéis servido, nosotros os hemos servido de vosotros. Nosotros hemos construido con vuestra ayuda y para vosotros el mundo de Misraim y lo hemos hecho tan confortable como ha sido posible. Ahora queréis destruirlo todo, azuzados por éste, que es diferente de vosotros. ¡Tened cuidado! Aún no es demasiado tarde. Si lo deseáis, podemos iniciar la reconstrucción en este mismo momento. Todo volverá a ser como antes. ¡Decid si salís con él al exterior y hacia vuestra ruina o si os libráis de él para siempre echándole fuera, para que esta herida abierta en nuestro mundo se cierre y sane!

Iwri quiso contestar. Deseaba explicar a los demás que no era cierto lo que había dicho Bechmoth, porque allí fuera se hallaba el mundo del que todos ellos procedían, pero dudó un instante, ya que él mismo no estaba seguro.

Se hizo un profundo silencio. Las sombras apartaban el rostro de la luz excesiva. Las barras y los tubos que sostenían en sus manos se dirigieron hacia Iwri. Sin mirarle comenzaron a empujarle en dirección a la grieta del muro. En completo silencio, Iwri no se defendió. Cuando le expulsaron a través de la grieta soltó un grito desgarrador que resonó en un eco múltiple por los pasillos y cuevas del laberinto mientras la grieta se cerraba lentamente detrás de él. Todos lo oyeron pero nadie recordaría más tarde si había sido un grito de inmenso júbilo o un grito de profunda y definitiva desesperación.

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