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Un lugar que se llamaba haiku

A manera del final de una película donde aparece una historia anexa después de los créditos y se narra lo que le sucedió a cada uno de los actores, hace algunos días encontré entre los archivos viejos ciertas fotografías de una exposición “Esmalte a fuego”, de Magdalena González. Esta exposición se dio a la par de un taller de haiku que llevábamos Sofía Ortega y yo hace más de diez años. Tuvo su cede en el antiguo palacio del arzobispado. Ahora, después de este tiempo ya no he seguido el paso de todas de las personas que tomaban el taller, pero aún mantenemos cierta comunicación con algunos de ellos.

Una de las integrantes fue Elisa Camacho, cantante. Ahora vive en Viena, se casó con un hombre mayor que ella y ahora tiene una vida feliz al lado de una persona que la ama, tiene un hijo y sigue creciendo intelectualmente.

Otra persona que tomaba el taller fue el escritor Jaime Coello. Él siguió trabajando con la pluma y el papel, o con las teclas y la palabra. Tiene dos hijas, de acuerdo a lo que me ha contado el face. Hizo una amistad fugaz con Carlos Herrera, quien, desde entonces sigue siendo dueño de una papelería, donde logra realizar sus proyectos personales.

Entre otros nombres, en el taller estuvo Argelia Hernández, pintora, quien ahora vive al lado de la persona que ama en Japón. Otro de los nombres es Magdalena González, quien tomó el lema del taller de haiku, o un escrito para la presentación de su obra denominada “Esmalte a fuego”.

El haiku es apenas una porción del lenguaje, una escultura, pero en movimiento evidente, una voz fugaz que se detiene justo antes de ser oída, un punto que flota paciente en el espacio de las ideas, primavera, invierno… No importa, ráfaga violenta o brisa, el haiku es la tentación más resumida en la que algunos de los grandes poetas vierten la tinta de su paciencia…

Esta exposición se presentó el viernes 3 de junio de 2005. Fue una muestra alojada por el Instituto Nacional de Bellas Artes a través de la Escuela de Artesanías. En su momento noté la exposición como un equilibrio discreto entre el arte poético y la imagen, reflejaba el estado celular del minimalismo, se trató de una muestra de su trabajo basada en el conjunto entre arte visual y haiku, pues en sus obras incluía poemas de tres versos. Estos se fusionaron en una muestra de materiales clásicos como el cobre y el urdimbre.

En el caso preciso de esta obra, los colores hicieron énfasis en la pureza del blanco contrastada con el crepúsculo evidente del carboncillo, el delineado se dejaba ver en cada uno de los cuadros, la presencia humana y los artefactos en las manos hacen recordar al cobre y la lámina negra que utiliza también las bases de sus cuadros, los versos van acomodándose, la poética que acompaña a la imagen es una lírica mantenida con urdimbre. A veces a medio verso, otras al final del poema, de esta forma, uno no puede llegar a abarcar la letra aventurada en su esplendor más adecuado.

Aunque no es la primera muestra en México que hace uso de un recurso itinerante de la pintura poética y la poesía incrustada, si se trató de una exposición que intentó medir la copla del poema capicúa de tres versos en 5-7-5 con la vertiente de la pintura que implica una propuesta mínima, la del esmalte a fuego. Resultó un intento por llegar a la medida exacta, por encontrar el orden y el equilibrio, la forma recuerda un estado, un sistema cuya configuración o propiedades macroscópicas no cambian a lo largo del tiempo, se renueva, se recrea, refresca la visión. La técnica promete que la balanza esté al ras, que el cuadro se funda al margen del haiku, que expanda su atractivo impulso contemplativo no solo al borde de una realidad, del aquí y ahora, del kigo “estación”. La contemplación artística solo se puede dar frente a la sensación, si es única, irreal o ilusoria, es porque uno de los papeles del arte, -de este arte- es la contemplación.

Uno intenta llevar el arte, pero no solamente, uno intenta llevar la artesanía que se apoya en el punto más común de la tradición y del folklore para hacer un retrato de la gente, de las huellas que se pierden, “de la máquina a la sombra” y luego trasladar el conocimiento de los viejos, hablo de la sabiduría popular, llevémosla a la taberna del poeta…

Algunos hubieran esperado encontrar en la exposición grandes, magníficas y ostentosas estructuras, lo que uno encuentró no son formas expresadas en el volumen tangible del material, una crítica objetiva. Esto no se da en las propiedades externas sino en las internas donde uno se topa con los sentimientos que orillan al artista a recrear el mundo, así, no necesito decir cómo la obra lleva alma, pero alma lleva…

 

Ahora, después de diez años de este taller y también de lo cambiante que ha sido la Ciudad, no dejo de pensar por qué este taller de haiku no tuvo continuación. Éramos jóvenes (lo seguiremos siendo) tratando de hacer ruido, de ser escuchados, de levantar la voz, los argumentos, llevar poesía, arte, tocar las células de diferentes élites. En realidad nos movimos por varios lados, de un punto a otro de la Ciudad, la devoradora de hombres y de sí misma. Conocimos a personas talentosas como Julián Castruita, quien resultó ser el maestro de algunas de las plumas poéticas que hoy andan por las calles de la ciudad, haciendo o llevando la palabra, las ideas, las concepciones de arte a diferentes lugares, como el cuadrilátero de poesía, esos encuentros literarios llevados por Andrés Cisneros y Adriana Tafoya.

En el taller estuvo también Karina Peña -quien desde los cinco años comenzó una carrera que continúa siendo la mayor parte de su vida, el piano. Compositora, con quien tuve la dicha de escribir el himno del estado de Veracruz. No tuvimos la suerte de ganar y ese himno nunca salió a la luz porque estaba destinado a las sombras. No se trataba de la obra de Veracruz, rinconcito escondido a la orilla del mar… sino de una obra escrita en cuartetos, con rima consonante, musicalizada por Karina. No tenía la potencia de Nunó, pero tenía la juventud característica. Ya no tengo ni idea de dónde quedó ese himno, pero resultó intenso, profundo y cadencial. Al final nos dieron el segundo lugar y las gracias por una participación no tan afortunada. No solo hicimos el intento, de hecho, Karina Peña musicalizó algunos de mis haikus. Al final, la dicha de escucharlos en la voz de Alondra de la Parra fue uno de los premios más claros que pudimos tener esos años. ¿Todo para qué? En esa época teníamos un código, que más que eso resultó ser un estilo de vida, una forma de relacionarse con el entorno. “No sigo el camino de mis ancestros, busco lo que ellos buscaron”.

A diez años no todo fue experiencia, fue más que esmalte a fuego, urdimbre cortada, configuraciones y figuraciones. Efectivamente no seguíamos el caminos de los ancestros, pero encontrábamos sus huellas en algunos lugares no tan remotos de la Ciudad. Constantemente nos reuníamos en Café de Nadie. No resultó ser el mismo café en que se reunió Maples Arce y Arrigo Cohen con Diego Rivera. No. Resultó ser el café de Ilya de Gortari Kraus, llamado café de Nadie, efectivamente haciendo homenaje al primero. Era un café tranquilo, pero sombrío. La entrada era ancha, pero la escalera para llegar a la planta alta tronaba cada paso y era delgada, apenas cabían los dos pies. Obviamente no estaba pensada para ir de la mano con una damisela, pero tampoco era adecuado para guiar a alguien con ceguera. Recuerdo que un día llevé a José Antonio López, un excelente pianista con ceguera, quien por cierto, acaba de titularse con mención honorifica de la Facultad de Música de la UNAM. Estando afuera le expliqué cómo era el lugar, le hablé del piano que había adentro y de los múltiples cuadros y ventanales. El acceso a la planta alta fue realmente un problema porque no estaba diseñada para subir con alguien, no llevado de la mano, menos pedirle que se tomara de mi hombro.

Era un lugar lúgubre pero tranquilo. –Hace poco leí en la columna de Verónica Macías, la sexóloga de Milenio, que se reunían en ese mismo café, con Ilya de Gortari. Narra de una excelente manera cómo conoció el lugar y por qué, después de un tiempo cerró inevitablemente–. El lugar era ideal para platicar, hacer una reunión y entablar cualquier temática. De hecho Ilya era un gran conversador. El tiempo no fue generoso con todos. Ilya tuvo que cerrar por cuestiones económicas. Nosotros comenzamos una peregrinación por distintos lugares, pero el haiku una la forma de advocación a lo natural, al aquí y ahora, era una forma de ejemplificar cualquier situación cotidiana, prácticamente cualquier hecho lo podíamos llevar a 5-7-5.

En el Antiguo Palacio del Arzobispado, gracias a la influencia del taller y al contacto realizado mediante ciertos conocidos, un gran artista logró poner una obra monumental, un buda talado de madera, el cual fue ingresado al recinto por la azotea pues era imposible meterlo por la puerta. Este llenaba la vista, de cualquier persona que se atrevía a echar un vistazo desde la calle; ¿sirvió también de muso inspirador para los integrantes del taller?, ¿fue seguir el camino de los ancestros?, ¿fue buscar lo que ellos buscaron? En realidad no creo que haya sido cualquiera de las dos ideas, sino un camino propio, una búsqueda personal. Caminar, ir por el metrobús (en aquél momento apenas se estaba inaugurando), escribir más de mil haikus, como lo haría Bashô en su momento y decir, solo uno de mil vale la pena. Vale la pena estar a la altura del cero, donde uno vive, transita, entabla una conversación con una persona en el camión y dice:

 

Viene la lluvia…

con un desconocido

miro el esmog.

Ángel Lipizano

Acerca Guillermo Santana

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