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El Desfile & Doña Quijote

Autor Leena Krohn |

El Desfile

De pequeña, Doña Quijote entró en el dormitorio de sus padres en una ocasión en que allí no había nadie y el resto de la familia escuchaba la radio en la sala de estar.

Doña Quijote se puso delante del espejo del tocador de su madre; quería verse a sí misma. Pero cuando miró al espejo, allí no estaba su imagen. Allí había otras personas, completamente desconocidas, y muchos llevaban ropas de un tipo que ella nunca había visto usar a nadie: capas muy largas, amplios cuellos blancos, sombreros y tocados curiosos.

Ella miraba y miraba y la gente del espejo, hombres, mujeres y niños, iban y venían en un desfile interminable.

—Pero, ¿es que esto no se acaba nunca? —se preguntaba extrañada la pequeña Doña Quijote delante del espejo. Empezaba a cansarse y, además, ella quería ver ya su propia imagen, pero el desfile de desconocidos en el espejo no cesaba.

Los veía como desde una ventana, pero no sabía si ellos la veían a ella, así que preguntó:

—¿Cuándo me toca a mí?

—¿Y te tocó alguna vez? —le pregunté a Doña Quijote, que, a la luz de la lamparilla de noche, parecía una india muy anciana.

—Me tocaba entonces, era mi turno —respondió—. Aquél precisamente era mi turno, pero pasó tiempo hasta que lo comprendí.

Doña Quijote

Siempre que alguien masculla esa horrible sentencia de «así es la vida» y asiente con la cabeza en actitud resabida, me acuerdo de Doña Quijote. Veo su puño delgado y pálido golpeando la mesa y haciendo bailar el cenicero, y la oigo negarlo con vehemencia, con toda su envergadura:

—¡No! ¡La vida no es así! En absoluto es así, no es así si tú no quieres que sea así…

¡Qué alta y delgada es! A veces me parece que crece sin cesar, pero no como los niños, sino como si una fuerza contraria a la gravedad intentase incesantemente arrancarla del suelo.

Me estremezco cuando veo sus tobillos y sus muñecas. Me asombro cuando veo sus pies. ¿Cómo puede sostenerse y caminar con esos tobillos tan delgados y esos pies tan finos?

Alguna que otra noche la veo por detrás cuando está de pie delante de la ventana, y me sobresalto. Da la impresión de que en la habitación hay un árbol.

Doña Quijote dice que ella no es un ser humano. Me inclino a creerla. Pero también puede ocurrir que la cuestión sea justo a la inversa: ella es más humana que los seres humanos en general, y precisamente por eso resulta tan singular.

Pero Doña Quijote no es un caballero de la triste figura. Cuando pienso en ella desde la distancia, tiene la forma de una llama y me dan ganas de acercar mi dedo para calentarme en su fulgor.

No soy la única que comparte ese anhelo. A menudo, por las noches, su pequeña habitación está repleta de frioleros. Llegan de uno en uno y se miran con recelo; cada uno de ellos cree que cada uno de los otros es un intruso.

Nunca he hallado en ningún lugar tanta desdicha como en casa de Doña Quijote. Sus desdichas son diferentes, pero todos están solos y todos creen que la vida les ha vuelto la espalda. Su lamento resuena y se multiplica como el eco al estrellarse contra los obstáculos, y los obstáculos son otras personas.

Sólo Doña Quijote no es un obstáculo, pues deja que los lamentos la traspasen y así se diluyan entre las sombras del valle del silencio para que ellos puedan olvidar.

Pero los visitantes de Doña Quijote varían con frecuencia. Este año ya no se ven los mismos rostros que el año pasado. ¿A dónde han ido?

A veces ocurre que tropiezan con Doña Quijote en la calle y ya no la reconocen. He visto a Doña Quijote saludarlos, cogerles de la manga del abrigo, pero ellos la miran tan perplejos, que ella se avergüenza y los deja marcharse.

—¿Por qué te olvidan con tanta rapidez? —le pregunto con pesar.

Ella se queda pensativa. Su mirada violeta se vuelve incomprensiblemente lejana.

—Si se acordasen de mí, se acordarían también de su desdicha —responde.

Nota: Estos cuentos pertenecen a la antología “Cien años de cuentos nórdicos”   Aviso Legal de Contenido

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