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Dos conceptos de muerte

Ilustración Mostasho |
Por Judith L. Ruiz González |

A través del tiempo, la muerte para nuestra cultura ha tenido un impacto social que se identifica en dos etapas diferentes y Tlatelolco es crisol de ello. La primera ocurre desde la concepción de los antiguos habitantes de México, los cuales concebían la muerte como el paso hacia una existencia posterior. Durante el virreinato, estuvo en boga la idea de la resurrección, donde la muerte se concibe de manera distinta.

En la zona arqueológica de Tlatelolco y Plaza de las Tres Culturas figuran por lo menos dos etapas importantes en la historia de este lugar: prehispánica, virreinal y contemporánea. De la primera resalta el recinto ceremonial de México–Tlatelolco, donde se han recuperado entierros humanos ofrendados a Ehécatl–Quetzalcóatl; de la segunda la iglesia de Santiago, el Colegio de la Santa Cruz y los entierros que fueron depositados en el atrio de dicha iglesia en tiempos novohispanos; además de la Plaza de las tres culturas, testiga silenciosa de la matanza de cientos de personas por el movimiento estudiantil del 68.

Esbozo histórico de Tlatelolco

Se sabe por diversas crónicas que durante la época prehispánica, una vez que se asentaron los mexicas en Tenochtitlán, hacia 1337, un grupo decide trasladarse a un islote al norte de la recién fundada ciudad; este lugar es conocido como Xaltelolco “lugar del montículo redondo de arena” y fue en el año de 1392 que se fundó esta nueva ciudad, análoga a la primera.

Los tlatelolcas lograron un desarrollo constante y llevaron a cabo diversas conquistas militares cuando estos se liberaron del señor de Azcapotzalco, trasladaron a Tlatelolco su mercado, el cual fue el más importante hasta la llegada de los Españoles, además de ser el lugar de intercambio de diversos productos tanto locales como de otros sitios muy lejanos.

A la llegada de los españoles, Cuauhtémoc fue elegido por los mexicas como señor de ambas ciudades y Tlatelolco se convirtió en el último fuerte de la resistencia contra los nuevos conquistadores. Posteriormente, el 13 de agosto de 1521, heroicamente defendida por Cuauhtémoc, Tlatelolco cayó en manos de Hernán Cortés. No fue una victoria ni una derrota, sino el doloroso nacimiento del pueblo mestizo del México moderno (Palabras decretadas por Jaime Torres Bodet y escritas en una lápida erigida en la actual Plaza de Tlatelolco). En dicho momento la concepción de la muerte se reconfigura a partir de la visión cristiana que trajeron los españoles.

Costumbres funerarias

Los rituales funerarios durante la época prehispánica muestran la enorme importancia que tenían los muertos para ellos; pues cuando se presentaba el deceso de una persona, los miembros de su familia o de la comunidad sabían perfectamente qué hacer, las características que el funeral tendría, los elementos que iban a acompañar a los muertos y el sitio donde lo habrían de depositar, por ejemplo, debajo del piso de su casa, en cuevas, en chultunes o en templos funerarios, por mencionar algunos. Esto se debía a que estas honras fúnebres estaban perfectamente codificadas por los cánones ya establecidos y solían seguir un patrón común en el cual, la distinción en el tratamiento a los muertos era matizado, es decir entre las ceremonias funerarias y las ceremonias rituales; está última concernida a el sacrificio humano. En la primera, el tratamiento estaba en relación directa con el rango que poseía en vida el individuo y el propósito de la última no era honrar al individuo, más bien la ceremonia estaba dirigida a las deidades, a satisfacer ciertas creencias religiosas. Por ejemplo, cuando un individuo era seleccionado para el sacrifico al momento de la muerte, su vida se consagraba a una deidad y moría siendo la personificación misma del dios por el cual su vida estaba siendo ofrendada.

Esta concepción mágico–religiosa en los actos rituales involucraba que las prácticas estuvieran encaminadas hacia el respeto y veneración de diversas deidades. Dicha adoración involucró como ofrenda varias vidas humanas, tal es el caso de los individuos hallados en las estructura de Ehécatl–Quetzalcóatl, parte del recinto ceremonial tlatelolca durante las excavaciones llevadas a cabo en 1987 por el arqueólogo Salvador Gulliem.

Todo este pensamiento entorno a la muerte cambia de golpe cuando la religión cristiana se hizo presente en la vida cotidiana de la nueva ciudad española. Desde este momento, los colonialistas fueron imponiendo e incorporando diferentes patrones culturales a las estructuras preexistentes; tal es el caso de las prácticas funerarias. Bajo la concepción cristiana la vida se pensaba como un breve tránsito por el mundo, era tan sólo una preparación para alcanzar el más allá y sobre todo esperar la salvación del alma. Para ello era necesario depositar a los familiares dentro de iglesias, catedrales, parroquias, atrios y cementerios para la postre.

La necesidad de sepultar a los difuntos en un lugar sagrado cercano al hogar fue perdiendo importancia para dar preferencia a la salud, es por ello que surgen los cementerios, ubicados a las afueras de las ciudades y pueblos.

En la zona arqueológica de Tlatelolco en años recientes se han recuperado más de 200 entierros humanos, encontrados en lo que fuera parte del atrio de la iglesia de Santiago; dichos individuos fueron depositados bajo pautas católicas instauradas en la época, por ejemplo, el uso del ataúd como mortaja y los objetos que debían acompañar al individuo, tales como rosarios, cruces y monedas.

Desde los primeros años de la colonia, poco a poco las nuevas costumbres fueron intrincándose con rasgos tanto del pasado como elementos del cristianismo. La muerte, de ser parte fundamental en la vida de los antiguos habitantes. Con el tiempo se fue tornando ajena a la convivencia social. En la actualidad la violencia ha provocado una nueva faceta de resignificar a la muerte: en ausencia del cuerpo físico se retoman patrones que crean un nuevo culto a la muerte expresándose cada 2 de octubre y día de muertos, 1 y 2 de noviembre.

Acerca Judith Ruiz

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Antropóloga física. Mi momento histórico... La creación del universo y la vida en la tierra.

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