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Cuerpos incorruptos

Por Judith Ruiz

Ilustración Paula Rivera del Sol |

Un cuerpo incorrupto es una momia denominada así dentro del contexto religioso católico. Antiguamente se pensaba que este estado podía ser consecuencia de las actitudes y comportamientos en vida de las personas.

Para aquellos que portaban la marca de Satán y que habían violado las normas católicas o porque su muerte se habría suscitado en circunstancias sospechosas, era un castigo, es decir, estos demonios se habrían preservado como una sanción divina para que el cuerpo no se desintegrara y no albergará la esperanza del más Allá; los brujos que no habían sido bautizados, los ateos, los suicidas y pecadores podían ser susceptibles de este condena.

Pese a ello, también podía ser una obra de Dios para personajes considerados santos por llevar una vida virtuosa, humilde y pobre; sobre todo por su devoción hacia la fe católica. Estas personas de santos o beatos eran cuerpos milagrosos por su estado puro y libre de toda culpa.

Durante los últimos tres siglos los cuerpos incorruptos han pasado únicamente al dominio sagrado. En la actualidad sólo los cuerpos de los santos son incorruptibles, pues desde el punto de vista católico, tal estado es evidencia de la intervención divina y existencia de Dios; una facultad de no descomponerse después de la muerte, sin haber pasado por un proceso de embalsamamiento o momificación natural.

Fuera del contexto religioso, las momias no son pensadas como tal y sólo se puede hablar de cuerpos momificados o preservados. En México existe un cuerpo incorrupto y es el del Beato de Sebastián de Aparicio (1502-1600), considerado el patrono de los automóviles y transportes terrestres. Su cuerpo con más de 400 años de muerto se ha conservado y es exhibido en el Templo de San Francisco en la ciudad de Puebla.

Además del Beato Sebastián de Aparicio, en el México virreinal se dieron otros casos. Durante el virreinato se tenía la costumbre de abrir las tumbas y exhumar los cuerpos después de varios años del fallecimiento de personajes considerados virtuosos en vida, para constatar la santidad por medio de la incorruptibilidad.

Tal como sucedió con Bartolomé Jesús de María, ermitaño de Chalma, que después de 27 años de muerto su cuerpo se encontró incorrupto. También sucedió lo mismo con Fray Diego de Basalanque, religioso agustino y muerto en el pueblo de Chalco en 1651, que después de haber desenterrado su cuerpo se encontró incorrupto. A Sor Antonia de San Jacinto, fallecida en Querétaro en el año de 1683, después de tres años de fallecida su cuerpo exhumado se encontró sin corrupción ni mal olor. Los restos del obispo de Michoacán Juan José de Escalona y Calatayud, muerto en 1737, al reabrir su tumba, sólo sus viveras y sangre que fueron colocadas en un recipiente de madera se conservaron debido a una especial gracia divina.

Acerca Judith Ruiz

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Antropóloga física. Mi momento histórico... La creación del universo y la vida en la tierra.

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