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Reflejo de un joven en equilibrio

Ilustración Alexander Wells |
Autor Peter Hoeg |

Percibo con ligera indiferencia el hecho de que viva en un mundo que habla tan rápido que tiene que respirar por el culo. Las palabras ya no me afectan. Soy un edificio desierto, bueno, llamémoslo un observatorio abandonado y olvidado. El mundo sopla a través de mis cristales rotos sin dejar huella.

Ya no importa si se me cree o no. Esto se puede leer como se quiera. Como una confesión, como una súplica, como una pequeña fábula fría, como un gemido. Personalmente lo veo como lo más cercano a la verdad que puede llegar el hombre.

Escribo esto porque en mi vida ha pasado algo que me ha hecho totalmente libre de lo que llaman sentimientos.

No pueden ser muchos los comunicados que lleguen desde el universo en el que me encuentro yo. Los que he oído anunciar que por fin se habían elevado por encima de las emociones, normalmente se estaban ahogando en la alcantarilla. O estaban camino al cielo, hinchados como cadáveres arrojados por el mar de su autoestima.

No puedo alegar que mi vida haya sido irreprochable. Pero desde esa noche, la noche entre el 19 y 20 de marzo de 1929, ha sido oro toda ella. Por mucho que se profundice. A partir de esa noche mis nociones sobre el amor, el deseo, los celos y la soledad se diferencian de las de las demás personas. Desde esa noche soy libre.

De los que el mundo llama sentimientos, yo sólo reconozco uno. Un ligero enfado que voy cuidando porque me da calor. Nunca llegué a entenderlo. Algo me sugiere que ahora, esta noche, lo voy a entender.

Ideo y fabrico espejos. También lo hacían mi padre y, antes que él, el suyo. Yo llegué a ser ingeniero; ellos no. Pero eso es mérito del desarrollo, no mío. La verdad más profunda sobre todo tipo de oficios es que son un estado de conciencia. Y para este estado los cambios, que llaman progreso, no tienen significado ninguno. La substancia de mi trabajo no se diferencia de la de mi padre ni de la de mi abuelo.

Está bien que sea así. No podemos decir ni hacer nada que no se haya dicho o hecho antes. Y no es sólo al hablar que nos estemos repitiendo a nosotros y a los demás. También nuestras acciones son clichés.

Si aún así tiene sentido llamarme artista, no se debe a lo que he realizado, sino a lo que he querido hacer.

He deseado crear un espejo que reflejara el mundo como es de verdad. De alguna manera es este sueño mío el que me ha hecho puro.

La historia de Europa conoce dos conceptos del espejo: la verdad y el sueño. Ovidio escribe que el espejo del agua estaba ajustado por Nemesis y por eso le mostró a Narciso una sombra que él, equivocadamente, tomó por un ser humano real.

En el espejo de la «Primera Carta de los Corintios» se veían las cosas a trozos, divididas, incompletas.

En los tomos emblemáticos de la Edad Media el espejo es el símbolo de vanitas, la vanidad, uno de los siete pecados capitales.

Los espejos de Hans Christian Andersen y de Lewis Caroll son amenazadores, poco fiables. En Offenbach, Dapertutto roba las almas de los hombres quitándoles sus reflejos en el espejo.

Todos estos espejos mienten. Como los que conocemos nosotros. Sabemos que en un espejo nunca nos vemos como somos. Según nuestro estado de ánimo nos vemos como incomprendidos y abandonados, o como los amados del Universo, o como animales bajo una fina capa de humanidad. Pero nunca nos vemos como debemos de ser: como compuestos por estas verdades parciales. Para el hombre el espejo no deja de ser una pantalla en la que proyecta sus añoranzas de equilibrio.

El otro espejo que conoce la historia es un sueño. Es el espejo impávido de Blancanieves. Es el espejo de Shakespeare detrás de las palabras de Hamlet cuando se dirige a los actores y les dice que «enseñen el espejo a la Naturaleza». Fue este sueño el que hizo a la Edad Media llamar speculum a tantos textos suyos para asegurar que eran exhaustivos y fiables. En el Oriente es el espejo del Buda histórico, Shakaymuni, tal como lo describió el poeta en los albores del Siglo de Oro del budismo: «En la segunda guardia de la noche él recibió la mayor visión celestial (…) Con ella observaba todo el mundo, que se le manifestaba como reflejado en un espejo perfecto.»

Estos reflejos son totalmente fiables porque son insobornables. Porque se mantienen intactos de lo que reflejan.

Yo estaba buscando un espejo así. Ahora que todo queda atrás, puedo admitir que mi afán por la realidad iba vinculado a mi relación con las mujeres.

Sabía que lo peor de todo es que te abandonen. Antes o después nos abandonarán a todos. Por eso estaba practicando la separación a diario. Yo abandonaba a las mujeres de mi vida para no perder la costumbre de abandonar. Ahora me puedo permitir reconocer que las temía. La mujer es el único ser en el mundo con el que la convivencia es un continuo adiós y separación. Por cada día que las conocía me iban pareciendo más y más extrañas.

En un momento dado empecé a temer que yo mismo podía tener parte de la culpa de esta cadena de despedidas. Fue entonces cuando empecé a pensar en El Espejo. Lo quería como un árbitro neutral, un punto fijo y testigo de la verdad en esa noche de pasiones en la que se desarrolla la pelea del amor.

En mayo de 1927 me preguntaron si yo quería construir el telescopio especular para el nuevo observatorio nórdico fuera de Gotemburgo, más arriba del lago Delsjön. Les dije que sí.

Yo sabía que el observatorio estaba pensado como un monumento a la disposición reconciliable de los Países Nórdicos. En aquel entonces había huelgas a diario por toda Europa. Sabíamos que se estaba avecinando una crisis económica de dimensiones hasta entonces desconocidas. Se estaba aguardando la llegada de la nueva guerra mundial sin la menor sombra de duda.

El observatorio era un intento de apaciguar el miedo, mirando, juntos, hacia las estrellas. Como ocurre con todas las ilusiones monumentales, nacionales, esta finalidad resultaba medio reconocida, medio inconsciente para los que tomaban las decisiones. Desde el primer momento yo vi el proyecto como lo que era.

Se me ha preguntado cómo lo pude aceptar, siendo así.

¿Qué podía decir? Sabemos tan poco sobre la causa por la que trabajamos. Cuando Kepler publicó sus teorías ópticas en 1604 en Anotaciones a Witelo, pensaba estar confirmando la existencia de Dios y la constancia de su control cotidiano. La historia ha demostrado que dio un paso decisivo por el camino que cambiaría los alrededores en los que él escribía en algo irreconocible.

Si la gente, aun así, seguía preguntando —como lo hacían algunos— por qué formaba parte de un engaño político, contestaba que de algo tenía que vivir.

A los que insistían les prometía una paliza.

Esto fue cuatro años antes de que construyeran el observatorio del Monte Palomar. Se pensaba que nunca sería posible construir un espejo mayor que el reflector del telescopio Earl of Rosse, con su diámetro de 1,9 metros y una distancia focal de 17 metros. Se seguía discutiendo si el futuro no sería de los telescopios de refracción.

En el curso del verano de 1927 levantamos la nave. En el invierno el horno cerámico. El invierno siguiente fundí el espejo.

No pienso relatar mis investigaciones que condujeron a que eligiera un espejo de cristal cubierto de plata. El desarrollo, de tipos de cristal homogéneos. La cobertura, de plata. El sueño que sacrifiqué para, por primera vez en la historia, romper la regla que durante doscientos años nos había asegurado que la absorción de luz de un espejo nunca puede ser inferior al cincuenta por ciento. Lo que quiero es mostraros las estrellas, no entreteneros con lo complicado que es alcanzarlas.

Tuve diecinueve intentos fallidos. El último y logrado enfriamiento duró treinta y un días. Sin soberbia, sin ira, sin arrepentimiento puedo decir que nadie más ha visto lo que vimos nosotros al abrir el horno.

Fue un espejo cóncavo perfecto, parte de una superficie curva cuyo centro imaginario estaba a cincuenta y dos metros. Su abertura era de siete metros. El lenguaje se queda pobre. No me apetece hablar más sobre esa visión.

Entonces fue cuando oímos hablar de ella por primera vez. Su reputación viajaba por delante de ella, como si fuera la mayor puta del mundo, o la mayor diva de la ópera. Era esmeriladora de cristal.

Partí para buscarla. Seguía los milagros que había hecho. Cerca de las Islas Frisias vi en la parte superior del barco un disco dorado como si se hubiera bajado la luna a la cubierta. Pero no era la luna, era un disco de luz cegadoramente blanca, procedente de un faro a diez millas de allí. El haz de luz no se había diseminado, su diámetro seguía siendo de medio metro como cuando abandonó aquella perfecta lente impensable, inimaginable, como tiene que haber sido. Me contaron que ella lo había hecho como un regalo para el estado holandés.

En Viena visité la nueva Orangerie. Para las paredes elipsoidales había esmerilado espejos curvos que reproducían el interior del lugar de tal manera que apenas se podía hacer a los visitantes pasar por la puerta, ya que veían ese espacio de cien metros cuadrados perderse en un bosque, infinito y sin caminos, de naranjos y limoneros en el cual, de eso estaban seguros, se perderían.

No la encontré, siempre se había ido del lugar al que yo llegaba, porque las mujeres son así. Al final volví a Gotemburgo. Y allí estaba.

Mandó que todos menos yo abandonaran la sala, y luego se puso a trabajar. Primero se desvistió. Yo intenté explicarle la aberración esférica, el astigmatismo del espejo cóncavo. No sé si me estaría escuchando. No sé si me entendería. Mediría un metro sesenta, medio japonesa, medio italiana. Decían que sus antepasados habían estado entre los primeros que habían huido de Venecia con motivo de un decreto que prohibía a los esmeriladores emigrar. Habían huido hacia el este.

Se quitó toda la ropa menos una larga tela en la que se había envuelto las caderas. Su piel era blanca como esa mezcla de cera y estearina que usan para hacer las velas para los altares. En los pies y las manos llevaba trapos blancos de algodón. Aquí echó una mezcla de polvos de magnesio y diamantes. Luego se subió al espejo y empezó a pulir.

Recuerdo esta época como un capítulo aparte de mi vida. En realidad puede haber durado tres, quizás cuatro días. El techo encima de nosotros era de cristal y el espejo concentraba la luz. Encima de la piedra preciosa pulverizada ella se movía como un fuego frío, azul. Se movía lentamente, siempre con el cuerpo cubierto de sudor. En el polvo de cristal que flotaba encima del espejo pendía su reflexión como fragmentos invertidos, torcidos, tridimensionales.

Una noche dormimos juntos. ¿Que por qué lo hizo? No tengo respuesta. No puedo decir que yo me guste. Convivo conmigo mismo pacientemente porque sé que tendremos que permanecer juntos hasta que la muerte nos separe. Pero nunca pensé que otros me pudieran querer. Nunca pensé que yo pudiera ofrecer a una mujer más que mi encanto de chiquillo, y ya ni siquiera creo en él. Puede haber sido a causa del espejo. En tal caso se habrá llevado una desilusión. El artista siempre es mucho más pobre que su obra.

De todos modos ella me preocupaba. Después de que hubo acabado el esmerilado, la despedí.

Hasta entonces no recubrí de plata el espejo. Luego montamos el telescopio y lo dirigimos hacia el espacio. Sacamos una serie de fotografías. Vimos lo que no había visto ningún ser humano antes. Vimos el primer quásar. Vimos el planeta Plutón. Vimos un cúmulo estelar que parecía estar disolviéndose y que para la noche siguiente había desaparecido del cielo. Vimos un cuerpo oscuro, inexplicable, que nos sorprendió a todos. Los astrónomos pensaban que era un fenómeno celestial que auguraba riqueza y fama. Yo sabía que tenía que ser un cuerpo extraño en el espejo. Al día siguiente examiné el cristal. No encontré nada. En las siguientes fotografías la sombra había cambiado de forma y de lugar. Entonces, utilizando una retícula de malla fina, localicé con seguridad dónde se debía encontrar el grano de polvo. Luego dirigí un microscopio hacia el cristal. Sólo vi la fuente de luz de mi propio instrumento. Nada más que mi propia imagen reflejada salió a mi encuentro.

Entonces comprendí que el espejo debía de estar vivo. Miré meditabundo a mis colegas, y vi que estaban contentos, que me felicitaban a mí y a ellos mismos por el buen resultado y que les hacía ilusión pensar en la inauguración. Que ellos, sin reparo, eliminaban de su cosmos esa pequeña ameba de sombra ambulante.

Luego salí en busca de ella. En la tercera canción de la Metamorfosis, Cadmo tiene que viajar por todo el mundo tras una mujer. Ulises parte por una y vuelve por otra. Y Tristán. Y Salomón.

Menciono esto porque quiero la garantía de la historia de que yo no soy el único idiota que se ofrece a viajar por medio mundo detrás de una mujer. En aquel entonces pensaba que lo que me empujaba era el presentimiento de que ella, que había hecho vivir al cristal muerto, tendría que tener El Espejo. Ahora que mi mente es de granito pulido, me puedo permitir contar que, además, la echaba de menos.

La alcancé en Copenhague. Estaba preparando una exposición en Tivoli de sus espejos y lentes. Por la noche entré en el jardín trepando por la verja de hierro forjado.

Estaba sola.

—Has venido para ver El Espejo —dijo.

—¿O sea que existe? —pregunté.

—Sí —contestó, y luego se puso a hablarme de él—. El que se mira al espejo —dijo— ve lo que desea o teme ver. Yo siempre supe que si tenía que crear un espejo que reflejara la realidad, ese espejo tendría que estar vivo, ser un organismo que registrara los sentimientos del que se miraba y mostrara una imagen corregida de estos sentimientos.

Me llevó hasta un rincón. Reclinado hacia la pared había un rectángulo envuelto en un paño amarillo. Podía haber sido una pintura. Ella retiró el paño. Primero parecía un espejo normal. Luego pude ver que, en la habitación oscura, emitía una tenue luz que parecía emanar desde detrás de la superficie del espejo. También veía que no estaba totalmente quieto, que en los bordes había un pequeño movimiento ondulado, plasmático. Me puse delante de él.

Lo vuelvo a repetir: nadie tiene por qué creer lo que ahora voy a contar. Yo mismo apenas lo puedo creer. Por la noche, cuando estoy despierto, pienso que mis facultades para recordar se han podido dañar. El pensar estas cosas no me hace dormir. Pero da cierto sentido a mi insomnio.

Primero vi mi propia imagen tal como yo la conocía. Como pensaba conocerla. Pero mi rostro estaba desencajado. Me palpé la piel y me di cuenta de que se encontraba calma. Comprendí que El Espejo sabía que mi autocontrol se había ganado luchando. Para acercarse a la realidad me reflejaba una imagen exagerada de mi angustia.

Luego empezaba a moverse la imagen. Se convirtió en una serie de reflejos torcidos, saltantes de mí. Intentaba ver cada uno. Entonces se aceleraban. Me concentraba en la imagen que reflejaba El Espejo de mi exterior. Entonces desaparecí de su superficie, y ahora pasaban una serie de escenas que reconocía como mis deseos y fobias más íntimos. Lo que estaba presenciando eran los intentos de El Espejo de compensar por las oleadas de imágenes y sensaciones que me estaban atravesando.

Me tapé los ojos. Intenté tranquilizarme para frenar El Espejo. Me estaba diciendo que, reflejara lo que reflejara, lo contemplaría con frialdad y sosiego porque sabría que eso sería la verdad.

Cuando aparté las manos vi la habitación en la que me encontraba. Reconocía las toscas tablas anchas del suelo y la mezcla de las paredes de dorado y un gris ennegrecido por el humo. Pero yo no estaba, y la habitación ya no era naturalista sino que se enroscaba en forma de espiral en la infinidad.

El Espejo había registrado mis expectativas sobre la verdad. Para contrarrestar esta proyección me mostró una inexactitud innegable.

Siempre había pensado que en mi carácter había algo de bruto, algo rústico, que siempre limitaría mi mundo, pero que por otra parte me protegería contra la locura. Ahora percibía que también esto era imaginación. Que yo aquí estaba participando en un juego cruel del cual podría salir trastornado cualquiera.

Bajé de la pared un espejo normal, cuadrado, de tocador y lo enfrenté con El Espejo para obligarlo a reflejar la verdad sobre sí mismo. Contestó, no conmigo, no con el espejo que yo sostenía, sino mostrando la pared detrás de mí, solamente la pared.

Yo miré a la mujer, y en ese momento El Espejo reveló que yo lo daría todo —incluso la contemplación del Espejo— para poder acercar mi cara a la piel luminiscente de ella. Vi descubierto mi amor y odiaba mi propia dependencia, y se me ocurrió que la podía matar. Simultáneamente con mis pensamientos, mis manos estaban alrededor de su cuello en El Espejo. Luego di un paso hacia delante para exterminarla, la que era testigo único de mi desnudez; pero El Espejo miraba a través de mí y me reflejó arrodillado delante suyo, lloriqueando de cobardía.

No me pude separar de El Espejo, pero le di la espalda. Lo que había visto no tenía nada que ver con la realidad plana y meticulosa de un reflejo normal. Había contenido un espacio más profundo de lo que hubiese visto jamás. Ya no estaba seguro de si lo real era el mundo en El Espejo o el mundo fuera.

—¿Cómo, tesoro mío —le dije—, puedo saber que tú misma existes y vives y que no sólo eres una construcción de luz creada por este espejo?

—Nunca lo podrás saber —dijo—. Ni yo estoy segura. Cuando cierro los ojos veo imágenes de cuando estaba haciendo El Espejo. Pero esos recuerdos los puede haber creado El Espejo cuando me hizo.

Desde entonces sé que este problema también será mío para siempre. ¿Soy yo el que escribe sobre lo que viví en su día? ¿O este relato añade algo a mi vida de manera que habría que decir que no empiezo a existir hasta que escribo, que en cierto sentido es este informe el que me hace ser lo que soy? ¿Y cómo me transforma? Cuando Poe escribía sobre los espejos —como en Von Jung the Mystific, como en The Philosophy of Furniture—, él mismo se volvía superficial, liso, indiferente, como si su propio lenguaje se convirtiera en un espejo. ¿Me ocurrirá eso mismo a mí?

En Europa la historia de la ciencia no ha podido resolver la disputa de la Antigüedad entre aristotélicos y galénicos. La cuestión de si el que mira pasivamente recibe una impresión óptica de la realidad o si él mismo forma lo que percibe. Delante de la mujer comprendí que ese diálogo carecía de sentido porque la cuestión estaba mal planteada. Presupone que hay una realidad estable que observar. Y no la hay. En el momento en que empezamos a contemplar el mundo, éste empieza a cambiar. Y nosotros con él. Ver la realidad no es comprender una estructura. Es someterse e iniciar una transformación indefinida.

Me dirigí a El Espejo. Sabía que si yo intentaba captar sus imágenes, huirían. Si intentaba escapar, me perseguirían. Lo que les pidiera, me lo negarían. Lo que más temiera, me lo harían tragar. La historia de Europa es la historia de la confianza ilimitada en el poder de la voluntad. En este momento vi claramente la infinita limitación de esa voluntad. Las únicas opciones que yo tenía ante este espejo eran o ponerme delante de ella y rendirme o desistir.

En sus memorias Carl Gustav Jung narra el momento en que está en su escritorio y por primera vez en su vida decide dejarse consumir por sus visiones internas. Quizás sea el miedo el que lleve al ser humano a soltar. Quizás sea la desesperación. En todo caso, valor no es.

Solamente por un momento El Espejo me señaló mi persona física. Entonces debe haberse dado cuenta de que me había rendido, porque me dejó caer. La habitación alrededor mío desapareció. En el margen de la vivencia se encontraba la mujer.

A lo que vi no le adscribo ningún significado concreto. En Aleph, Luis Borges veía todos los puntos del universo en un mismo instante. Lo que yo veía era algo infinitamente más pequeño. Y era sucesivo. Como los peldaños de una escalera. No sé si llevaba hacia arriba o hacia abajo, si se acercaba o se alejaba de la realidad.

Vi un valle sin fondo, lleno de niebla. Vi torres torcidas en espiral, construidas de luz. Vi a una mujer con un rostro oscuro y un nombre que en lengua nilótica indicaba la hora gris azulada justo antes del alba en que su madre la parió en una cuneta.

Vi un espejo. Después, una infinidad de espejos que reflejaban sus respectivos vacíos. A continuación, el espejo que acercaron a los labios de Rasmus Rask para ver si vivía. Luego su cadáver. Después huesos de burro en el camino de caravana entre Tamale y Meka. Los dos años que duró el peregrinaje (¿cómo se ven dos años?). Luego el perfume de Vinho Cheiro de Terceira (¿cómo se ve un perfume?). Un plato para beber, lacado hacía tres mil años en una barca a tres días de viaje de la costa del mar Amarillo.

Vi a los grandes constructores de sistemas y sus obras. Linnéo con su herbario en Laponia. El por ahora último Buda. Tomás de Aquino. Su comentario a De Anima. Hegel durante su conferencia de ingreso en Berlín. Wagner. El último sabio matemático, Poincaré. La sombra de una persona que podía haber sido El Salvador. El párrafo de De Caelo —creo que era el 56— en el que Swedenborg dice que el mundo terrenal es un reflejo del celestial.

Después, las grandes cosmologías. El Espejo me enseñó un mundo que flota. Un mundo que arde. Un mundo compuesto por partes mínimas, que a su vez es una parte mínima de otro mayor. Un mundo de círculos concéntricos. Un mundo que es una quimera. Que es una planta. Un mundo que se mueve por las ideas. Que se mueve por los hombres. Por dioses. Por la razón. Por leyes económicas. Un mundo que no existe pero que es soñado por un ser que tampoco existe.

Luego hubo un momento de silencio. Entonces llegó el vacío. No se presentó como una ausencia, sino como una presencia, como un vacío palpable que se salía de El Espejo y que me atraía.

El que conoce el vacío me comprenderá. Es un sorbo en el universo.

Me tragó y luego me desembuchó.

Los seres humanos somos infinitamente iguales e infinitamente diferentes. El vacío puede ser un bautizo, un río, una piedra de fundamento, una aniquilación, una cruz, una álgebra nueva. Para mí significaba que me liberé irrevocablemente del amor.

Sin estar del todo seguro pienso que, también, y dicho con toda tranquilidad, me he hecho inmortal.

Ya sabía qué están buscando los que dedican su vida a buscar. Deben de haber visto el vacío, y el resto de sus vidas intentarán poder volverlo a experimentar. Ahora comprendía por qué Jesucristo tuvo que contradecirse a sí mismo en una de cada tres frases y por qué Buda tuvo que recurrir a los milagros y Mahoma amenazar y el Maestro Eckehart exigir que su propio aislamiento debería ser común para todos nosotros. Todos habían visto el vacío, y querían volver a él.

Los grandes sistemas que cuentan la verdad y la vida al mundo siempre reclaman ser definitivamente verídicos y equilibrados. En realidad son temerosos puentes de anhelo. Así lo vi, y esto me volvió puro y claro como el cristal de roca.

Desgraciadamente me estoy olvidando de lo que vi. Bien es verdad que lo he vuelto a ver más veces, ella me ha enseñado El Espejo muchas más veces desde entonces, pero el olvido lo borra.

Hace once días, cuatro horas y cincuenta y tres minutos que lo vi la última vez. Todavía recuerdo, pero sólo con dificultad, esa manera en la que el vacío es blanco. Pero ya no al vacío en sí.

Mientras estoy escribiendo esto me doy cuenta de que la echo de menos. Que la añoro locamente. Sé que con eso contradigo todo lo que he escrito. Me doy cuenta de que mi equilibrio no es soberano ni definitivo. De que ya no está.

Ahora sé por qué estoy enfadado. Es porque temo mi dependencia de ella. Una vida con ella sería el infierno. Una vida sin ella sería peor. He visto algo precioso, pero no soy más que un ser humano, ése es el problema, porque el hombre es frágil, se pierde, abandona, rebaja, devalúa, sufre la inflación moral e intelectual.

Ojalá recordara cómo era ser modesto y por consiguiente dueño de la situación. Pero el olvido devora mi humildad. Escribo esto con un amor propio creciente, fatal. Me inflo. Me elevo. No puedo sostener el lápiz. Mi amor por ella es único, es enorme. ¿Dónde está mi sosiego? ¿Mi conciencia de clichés? ¿Mi cinismo? ¿Mi serenidad cármica? ¿Mis espejos? ¿Dónde está la mujer? ¡Socorro!

 

Nota: Esté cuento pertenece a la antología “Cien años de cuentos nórdicos”   Aviso Legal de Contenido

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