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El eslabón débil

La arena estaba de bote en bote, la gente loca de la emoción.

La Sonora Santanera

Debo parecer normal. Hago lo posible mientras sostengo una bolsa con artículos de primera necesidad. Los otros no tienen por qué saberlo. Soy el único que mira constantemente al reloj. Intento controlarme. Ser normal significa no colarse en la fila de las tortillas, del supermercado, del pago de los impuestos. Me rasco la espalda con todo el cuidado del mundo. No debo despertar sospechas. Dicen que el contagio comienza así, con una pequeña comezón en distintas partes del cuerpo. Antes de la pandemia cualquiera pensaba que se trataba de otra cosa. Pulgas. Piojos. La mítica alergia al polvo. Enfermedades de nuestro siglo. Perder la habilidad para tomar posesión del control remoto o dejar de leer noticias morbosas en el periódico del día a día. La sangre que se sale del papel es la sangre de Cristo. De Mahoma. De Buda. Del que sea tu dios predilecto. De Satanás. Del vendedor de biblias. De los testigos de la venida del Señor. Los padres de familia que se despiertan temprano los domingos para ver la televisión en paz. No hay paz. Los niños dominan el sillón y son testigos de la aniquilación de la especie humana transmitida en alta definición a través de su sistema de cable.

Debo actuar como una persona normal.

Casi estoy seguro de que he olvidado quitar la etiqueta a la camisa nueva. Es una camisa regular, de tamaño mediano, con la figura de un sujeto jugando polo. Tal vez juega a matar lagartos en un pantano mientras cabalga a un travesti con una filia erótica a los caballos. Tal vez sea un jinete del Apocalipsis. Uno de ellos. El que espera detrás de la cortina número tres en el concurso al final del programa matutino. ¿Qué ganará nuestro invitado? Quizás el goce de presenciar el fin del planeta desde la comodidad de una nube. Mi cabeza sigue girando. Duele. La medicina no hace efecto. Es probable que empiece a perder el control y me vuelva uno de ellos. Hay al menos un par que me han mirado por mi extraña forma de moverme. Sigo moviendo los brazos como si fuera el representante nacional en la maratón olímpica. Soy el esclavo que corre desde Veracruz para llevarle pescado fresco a la clase alta en Teotihuacán. El camino es arduo. Voy descalzo. Los pies arden mientras la carretera se vuelve oscura. Los autos que pasan me iluminan y hacen sonar su claxon. ¿Son vacas? ¿Cerdos? Todos lo somos. Estoy en una fila eterna que no avanza y los otros empiezan a sospechar. Divago para disimular la comezón. Quiero salir corriendo y gritarles que he descubierto su maldita receta secreta. Que la salsa que usan no es biodegradable y que sus malditos fertilizantes terminarán por echar a perder al planeta entero.

Soy una mazorca de maíz.

Soy trigo. Soy un frijol cuyo destino es ir a parar a la boca de un dios con forma de elefante. Lo he visto en un libro. Me lo han dicho al oído. Lo he soñado. La fila avanza. Alguien pregunta por mí. Le digo que estoy listo. Por supuesto miento. Debo fingir. Anuncian mi nombre en el sonido ambiental. La gradería estalla. Soy el enmascarado de plata. Soy el Santo. Estoy en el equipo de los técnicos. Brinco las cuerdas y estoy listo para las dos o tres caídas sin límite de tiempo. Un demonio azul me enfrenta. Debo vencerlo. Estoy seguro de que podré vencerlo. Tomé las pastillas a tiempo y luego salí de casa. El vaso de agua estaba medio vacío. O medio lleno. No importa. Había una diminuta tormenta en él. Luego detuve el primer autobús y tomé un asiento que decía “Reservado”. En la fila, el compañero de atrás me pide que me mueva. Puede hablar. Es un zombi que puede hablar. La corbata que le ata el cuello mortecino se ha aflojado y puedo verle el alma. Flota allí, a través del esófago y se le asoma por los ojos. Se le escurre por los oídos.  No se queja. Es un eslabón fuerte. Perfecto, que ayuda a la maquinaria para seguir girando mientras los demás hacemos un esfuerzo por no caer.

Yo soy el eslabón débil.

Estoy seguro de que no he hecho nada para que me descubran. Pero los veo venir. Caminan lentos hacia mí. Inspeccionan a todos en la fila y hacen preguntas de las que no sé las respuestas. Alguien debe salvarme. Mi mente no podrá. Mi cuerpo se quebrará y se quedará quieto cuando apliquen la corriente eléctrica. No es así como mataban a las reses en tiempos pasados. Los grupos ambientalistas han logrado cosas buenas para ellas. Ahora charlan en grupos de tres y nos miran tragarnos unos a otros desde la comodidad de un pastizal en Buenos Aires. Aquí arriba del continente las cosas están mal. Ahora nos eligen y no todo tiene que ver con la lotería. Cuando mi número resultó ganador pensé, con toda honestidad -ojalá el imbécil que comprara mi carne lograra atragantarse con el primer bocado. Luego alguien filtró el virus y poco a poco hemos sufrido los estragos. Se murieron los políticos y los deportistas de alto rendimiento; se murieron los sacerdotes católicos y las monjas que en verdad eran vírgenes (menos del diez por ciento); y nos quedamos, como si eso hubiera sorprendido a alguien, sin los traficantes de azúcar y los que anunciaban con voces incoherentes las llegadas de vuelos internacionales en el aeropuerto.

Yo solo quiero ser una persona normal.

Por eso no lloro cuando veo mi nombre anunciado como el siguiente en turno en la pantalla digital. Me conducen por una escalinata en la que, al final, espera un sacerdote. Alguien afila un cuchillo de obsidiana. Abajo el pueblo pide más sangre. Hay que calmar la ira del Sol. Hay que pedir por una buena cosecha. Hay que rogar que mi sangre no se haya contaminado con nada. Hay que pensar en cualquier cosa menos en el dolor de ser atado a la piedra ceremonial y sentir el pecho abierto de un tajo. Mi mente vuela. No hay contagio ni cura. Ahora lo entiendo. Un engaño me ha traído hasta aquí. Alguien ha tatuado la frase “Pare de sufrir” en mi pecho. La verdad que sí sufro. Me arde. Les rezo a los nuevos dioses y sueño con una casa acojinada. Pienso en el pasado. Un gancho al hígado me ha dejado inconsciente. Pienso en ser normal. En quitar la mirada de mi corazón, que todavía late en la mano de un estúpido pintado de rojo mientras mi cuerpo rueda escaleras abajo y el dios de la televisión se eleva por encima de los gritos de la audiencia. Espero que alguien se atragante con mi carne.

Acerca Efraím Blanco

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