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Andanzas del cuerpo de Miramón

Adhaerat lingua mea in faucibus meis si non memiro tui[1]

 “Miramón dijo: «Aquí»,
señalando el corazón …”
México a través de los siglos.[2]

“… y si aún lloro al que perdí…
fue porque se llevó a la tumba
mi paz y mi corazón”.

Concepción Lombardo.[3]

El cuadro de Édouard Manet, La ejecución de Maximiliano se presenta al emperador  al centro de la ejecución, a Miguel Miramón a la derecha y a Tomás Mejía a la izquierda −aunque el orden real fue el príncipe Habsburgo a la diestra, Miramón al centro y Mejía a la sinisestra−.[4] El fusilamiento de Maximiliano y sus lugartenientes es uno de los pasajes más glosados del Segundo Imperio Mexicano. Fernando del Paso sobre esto escribió: “[…] el Emperador hizo un breve discurso segundos antes de la descarga, y la mayor parte de los cronistas e historiadores coinciden al menos en la parte final del mismo: «Voy a morir  por una causa justa: la causa de la Independencia de México. Ojalá que mi sangre ponga término a las desdichas de nueva Patria. ¡Viva México!». Mejía, dicen, murmuró unas palabras y Miramón pidió que no se le considerara como traidor”.[5]

De los tres ajusticiados, el cuerpo de Miramón fue el menos maltratado. El cadáver de Maximiliano sufrió bastante, el doctor Licea –quien realizó el embalsamamiento del emperador− mutiló el cuerpo y lucro con él, aunque pagó sus fechorías con la cárcel.[6] El cadáver de Maximiliano, al ser conducido a la Ciudad de México, cayó en un arroyo. Ya en la capital del país, los restos volvieron a embalsamarse y se envió a Austria, donde los europeos no daban cuenta de que fuera el cuerpo del emperador, “no cabía la idea de la derrota y muerte de un príncipe europeo en manos de aborígenes tan lejanos […]”.[7]

A su vez, la esposa de Tomás Mejía tuvo que pedir limosna para enterrar a su marido –tanto por lo difícil situación económica de la época como por el miedo que las personas tenían a las represalias de los liberales, recibió poco apoyo−, el cuerpo de este general fue fotografiado, reposando en una silla, tardó tres meses así, antes de ser inhumado, gracias a que Benito Juárez, compadecido de la situación, sufragó los gastos del entierro.[8]

Concepción Lombardo,[9] viuda de Miramón, en sus Memorias da cuenta de su historia al lado del general conservador. Sin duda uno de los pasajes más dramáticos es el del ya referido fusilamiento. Transcribo algunas líneas de una misiva del canónigo Ladrón de Guevara, quien −en calidad de confesor− acompañará al “Joven Macabeo” al Cerro de las campanas, donde se palpa cómo, en la postrera hora, Concepción[10] estuvo presente en los pensamientos de su marido:

[Miramón] En todo el camino no dio la más ligera muestra de debilidad y solamente antes de llegar al lugar de la ejecución, me dijo:

«Padre, ¿me será lícito despedirme de mi esposa?»

«Sin duda, señor, general», le contesté.

Entonces sacó un retrato, y abriendo la caja donde estaba dijo:

«Adíós, Concha, hija mía, Dios te bendiga en la unión de mis hijos, adiós hasta la eternidad», y humedecidos ligeramente los ojos en lágrimas estampó un ósculo en dicho retrato.[11]

Tras el fusilamiento, los restos de Miramón fueron depositados en una capilla de la iglesia de Santa Teresa. Concepción quería llevarse el corazón de su marido a Europa, −a donde ya planeaba irse a radicar, junto con sus hijos−, por lo que lo hizo extraer y poner en un frasco. Sin embargo, el canónigo Ladrón de Guevara la hizo desistir: “Señora, ese corazón ya no le pertenece a usted, ya está juzgado de Dios, y debe estar en la tumba”.[12]

Entonces, el corazón se guardó en una caja de fina madera, se le adornó con una guirnalda de plata, formando una guía de laurel y a los lados se le grabó la inscripción latina: “Mors acerba, fama perpetua Stabit memoria facti”.[13]

Miramón no quería ser enterrado en Querétaro. Así, Concepción tuvo que conducir el cuerpo −ya embalsamado− a la Ciudad de México, lo que fue toda una odisea, pues no existía todavía el ferrocarril. Se optó por trasladar los restos en dos guayínes. En uno viajaron los restos, junto con una persona que se consiguió para cuidarlos y en el otro iba Concepción con su hija de cuatro meses. Ya en el camino un joven oficial, de quien nunca se supo el nombre, apareció para escoltar la caravana, y los acompañó el primer día de viaje. En el camino se sufrió para poder cambiar las mulas. Incluso, ya en Cuatitlán, la viuda testificó una escena que debió herirle hondamente. Vio cómo unos borrachos obligaron a un muchacho a cantar Mamá Carlota, obra de Vicente Riva Palacio:

 

Tranquilo el marinero
con voz pausada canta,
y el ancla ya levanta
con lánguido rumor.
Cercana de la playa
la inquieta nave flota.
¡Adiós, mamá Carlota,
adiós, mi tierno amor!…[14]

El cuerpo de Miramón, finalmente, llegó a la Ciudad de México, el 18 de julio. Concepción le pidió a su cuñado Vicente Vidal que se encargara de los detalles. Se decidió enterrarlo en el panteón de San Fernando,[15] porque ahí descansaban los restos de los padres de Miramón. La tumba con el resto de gastos le ocasionó a la viuda un total de 425 pesos. Concepción sobre el funesto ambiente que la rodeaba, escribió:

Nada se podía hacer para honrar aquellos amados restos, todo estaba prohibido, los amigos de mi esposo estaban en gran parte prisioneros, sus compañeros de armas, heridos o muertos o en prisión, y algunos de aquellos individuos ajenos a la política, temerosos de ser marcados, y perseguidos por el gobierno de Juárez, no habrían asistido. Así, decidí que aquella triste ceremonia fuese enteramente privada.[16]

Pocos fueron los presentes en aquella ceremonia, el día 28 de julio de 1867, a las 11 de la mañana, sólo asistieron Isidro Díaz, Vicente Vidal, cuñados de Concepción, y el general Santiago Blanco −simpatizante de Miramón y reconocido conservador−, quien tras el entierro fue a dar sus condolencias a la viuda y entregarle la llave de la caja donde estaban los restos del recién fusilado:

«Crea usted Conchita, que la muerte del general ha sido una gran pérdida para el Partido Conservador».

«Ciertamente, general», contestó la viuda y prosiguió, «como que todos ustedes han quedado hoy, enterrados en esa tumba».[17]

Concepción remató sus muebles y parte de sus joyas, posteriormente, junto con sus hijos, partió para Europa con el fin de entrevistarse tanto con la madre de Maximiliano como con diversos personajes de la realeza. Aunque volvió a México en 1895, pero al darse cuenta de que  Benito Juárez estaba enterrado a unos cuantos metros de su marido, se indignó e hizo trasladar los restos del “Joven Macabeo” a la catedral de Puebla –bastión conservador−, sitio donde descansan hasta la actualidad en el altar del Sagrado Corazón.

En El Tiempo. Diario Católico apareció una nota al respecto:

El viernes último a las 4 de la tarde se descubrió en el Panteón de San Fernando el cadáver del General Miguel Miramón, extraído de un mausoleo en una caja de madera y otra de zinc, la mañana del día 5 del actual […] Con sumo cuidado quitaron las losas de la cabecera y de la parte de arriba, encima de los ataúdes del General Joaquín Miramón y de su señora madre, sacaron la doble caja que contienen los restos de Don Miguel y la depositaron en la capilla, donde habían estado hasta ese día. […]

El cadáver se hallaba vestido por levita de ancha solapa y grandes botones, las manos enguantadas de negro y descansando juntas sobre el vientre, el pantalón largo hasta el empeine.

Del pie izquierdo no aparecía más que la suela del calzado parada, el otro estaba intacto. La ropa lustrosa, como charolada, quizás por efecto de las sustancias del embalsamamiento. Vimos el cuerpo demasiado ancho en medio y muy desproporcionado respecto de la cabeza muy chica. Había un frasco de cristal en el hombro izquierdo.

Con una sábana fueron envueltos los restos y colocados en la elegante y costosa caja hecha por la Agencia Gayosso; para después ser guardado en otra nueva de zinc, con una ventanilla de cristal en la cabeza, a pesar de quedar cubierta con la sábana.[18]

Luis Islas García, en Miramón, caballero del infortunio, escribió:

No sólo conoce a sus nietos doña Concha: también, contra la voluntad de todos los familiares, desentierra los restos del Caudillo [sic] y lo inhuma en la Catedral de Puebla. Testigos de la macabra ceremonia, cuentan que el cuerpo estaba como dormido, sin corromper, con brillo el cuello de la camisa, lucientes las mancuernillas de oro; al extraerlo se le cayó un pie. En Puebla fueron recibidos los restos con grandes ceremonias y reinhumados en la Catedral: allí están. No quedó vacía la tumba, sino que guarda los huesos de la familia Miramón y la trenza de su madre que lo acompañó en los últimos meses de vida. Hay la versión de que el despedazado corazón del Caudillo [sic], que doña Concha primero se llevó a Europa, está actualmente depositado en un convento de la misma ciudad de Puebla, pero no lo hemos podido confirmar”.[19]

Tras viajar y vivir por diversos lugares de Europa, en Bélgica Concepción adquirió un catarro, que al ser diagnosticado por un médico se calificó de tos con amplias posibilidades de convertirse en tisis. En esas circunstancias la viuda de Miramón le pidió consejo a Pelagio de Labastida, en aquellos días arzobispo de México, quien le contestó que se fuera a Roma, donde “hay todo lo que usted necesita, clima dulce, colegios buenos, y amigos que la consolarán”.[20]

Artemio del Valle-Arizpe cuenta cómo concluyó esta historia “Concepción Lombardo […] murió en Tolosa a los ochenta y ocho años de su edad, y su último deseo fue que su corazón se enviara a México para poner lo junto a los restos de su esposo. Más de quince años duró en alcohol en un frasco de cristal que estuvo depositado en una iglesia de Roma. Al final un sacerdote lo trajo a la patria para cumplir su última voluntad y al abrir el féretro que guardaba las cenizas de Miramón, se vio que no había tales, sino que el cuerpo estaba en perfecta conservación después de largos setenta y un años de su cruenta muerte […]”.[21]

Concha cumplió sobradamente su promesa de no olvidar a Miramón, de hecho sus Memorias son el mejor homenaje que le pudo hacer al Joven macabeo, pues en ellas destila un amor apasionado por su esposo. En la actualidad descansan los restos de una de las parejas más emblemáticas de la historia del siglo XIX de nuestro país en la catedral de la Angelopólis. Tal vez esta ocasión ya para siempre.

Hemerografía

Sin autor, “Los restos del Sr. General Don Miguel Miramón”, en El Tiempo. Diario Católico, año XII, núm. 3514, mayo 26 de 1895, p. 2.

Biblografía

Del Llano Ibáñez, Ramón, Amores inclementes. Últimas des-venturas de Maximiliano. México, UAQ-Miguel Ángel Porrúa, 2010.
Del Paso, Fernando, Noticias del imperio, México, CONACULTA-Planeta de Agostini, 2003.
Islas García, Luis, Miramón, el caballero del infortunio, México, JUS, 1989
Lombardo de Miramón, Concepción, Memorias, Felipe Teixedor, preliminar, México,Porrúa, 2011
Vigil, José M. México a través de los siglos, t. V, “La Reforma”. México, Cumbre, 1972.

[1] Esta frase estaba escrita en la caja de recuerdos donde Concepción Lombardo, viuda de Miramón, guardaba los recuerdos de su esposo, “ Péguese mi lengua a mi boca si llegara a olvidarte”

[2] Palabras de Miguel Miramón frente al pelotón de fusilamiento, en José M. Vigil, México a través de los siglos, t. V, “La Reforma”. México, Cumbre, 1972, p. 856.

[3] Concepción Lombardo de Miramón, Memorias, Felipe Teixedor, preliminar, México, Porrúa, 2011, p. 606.

[4] Maximilano le cambió el lugar a Miramón, como un último agradecimiento. Sobre el cuadro en cuestión véase Saber ver, “Manet, Maximiliano y México” números 13 y 14, donde se realiza una revisión de las variantes de la escena del fusilamiento realizadas por el pintor francés.

[5] Fernando del Paso, Noticias del imperio, México, CONACULTA-Planeta de Agostini, 2003, p. 651.

[6] Véase Ramón del Llano Ibáñez, Amores inclementes. Últimas des-venturas de Maximiliano. México, UAQ-Miguel Ángel Porrúa, 2010, particularmente el capítulo “Las manos sucias del docor Licea”, pp. 172-185.

[7] Ibid., p. 180.

[8] Ibíd., p. 183.

[9] Concepción Lombardo es un personaje que se ha comenzado a revalorar, las reediciones de su Memorias han ayudado a ello. Sólo por citar un par de materiales que dan cuenta de aquella primera dama, véanse Erma Cárdenas, Como yo te he querido, México, DEMAC, 2009, novela básada en las Memorias de Concepción Lombardo; y Sara Sefkovich, La suerte de la consortes, México, Planeta, 2010, pp. 107-115, donde la autora hace un recuento de las  primeras damas de México.

[10] Concepción Lombardo no estaba en Querétaro, se encontraba en San Luis Potosí, donde había realizado una suerte de fallidos intentos para obtener el indulto de los tres condenados.

[11] Concepción Lombardo, Op. cit., p. 608.

[12] Ibid., p. 613.

[13] La frase significa: “Mi muerte fue prematura, pero mi nombre vivirá por siempre. El recuerdo de mis hechos se perpetuará en la posteridad”. El corazónfue enviado a San Luis Potosí, como recuerdo a los hermanos de Concepción, Rafael y Guadalupe. Quienes, a su vez, se lo llevaron a su hacienda de Cerro Prieto.  Ídem. Aunque Luis Islas escribió que cree que podría estar en algún convento poblano. Luis Islas García, Miramón, el caballero del infortunio, México, JUS, 1989, p. 329.

[14] Concepción Lombardo, Op. cit., pp, 610-618.

[15] San Fernando fue uno de los camposantos de más abolengo en aquella época. Incluso en nuestros días se puede visitar como un museo de sitio, pues muchos personajes de relevancia para la historia patria del siglo XIX descansan, o estuvieron enterrados ahí. Véase Enrique Héctor Ceja Pérez, Siglos de historia y de olvido: Panteón de san Fernando, Tesis para obtener el grado de Licenciado en Historia, México, Universidad Nacional Autónoma de México-Facultad de Estudios Superiores Acatlán, el autor, 2008.

[16] Concepción Lombardo, Op. cit., p. 619.

[17] Ibid., pp. 620-621.

[18] Sin autor, “Los restos del Sr. General Don Miguel Miramón”, en El Tiempo. Diario Católico, año XII, núm. 3514, mayo 26 de 1895, p. 2.

[19] Luis Islas García, Op. cit., p. 329.

[20] Concepción Lombardo, Op. cit., p. 678.

[21] Artemio del Valle-Arizpe, “San Fernando”, en Artemio del Valle-Arizpe, Don Artemio, Arturo Sotomayor, prólogo y selección, México, UNAM, 1995, p. 97.

Acerca Armando Escandón

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Licenciado en lengua y literatura por la UNAM. Técnico bibliotecario por la UNAM. Diplomado en Etimologías grecolatinas del español por la UNAM. Cofundador del Taller Maladrón

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