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A Darwin, con afecto

Miguel Barquiarena –pseudónimo de Juan Miguel Pérez Gómez (Nuevo Laredo, Tamaulipas, 1975)– en A Darwin, con afecto presenta un libro donde la figura del padre de la teoría de la evolución sirve de puente entre el universo de la zoología y el de la poesía. El poemario se divide en 15 apartados, donde el diálogo con Darwin –una especie de round de sombras con el naturalista inglés– transita por diversos temas de la condición humana:

8

Cierras la puerta.
Estás a salvo de los roedores y blátidos.
No tienes mascota, ni siquiera pareja
con quien compartir la cama:
estás a salvo.
Ah, pero quizá no estés a salvo.
¿Qué tal debajo de la cama?
Ese monstruo, la raíz de nuestros miedos
–gracias papá; mamá, te quiero–.
Nada: parece que sí estás a salvo.
¿Y si tuvieras un microscopio?
… oh, sí, se llaman ácaros.
Son más horribles de lo que has imaginado.
Ponen 70 huevos en promedio en tu colchón,
por cierto: hay millones de ellos defecándolo.
Les agrada la humedad de tus secreciones
y devoran un gramo de tu piel a diario.
Ahora ya puedes dormir:          estás a salvo.

En otro momento, el formato de epístola se hace presente de modo más tangible –particularmente en “Cartas para leer a la hora del té”–, donde como coprotagonista aparece Lucy, aquel fósil de Australopithecus aféresis –encontrado en 1974– quien murió hace más de 3 millones de años, y que ya caminaba en dos pies. Se le dio el nombre en cuestión, como honor a la canción homónima de The Beatles:

Esquela

Mi querido amigo:

Te escribo para notificarte el deceso de Lucy, nuestra Lucy, acaecido en una época antediluviana, cuando los continentes, unidos por cordilleras paradisiacas, reinaban sobre los mares; donde las pirámides no se alzaban como tetas pixeleadas de la selva, simplemente porque no había dioses exigiendo pendejadas, en esa lógica absurda de las divinidades. Nuestra Lucy, viejo. Lamento ser el emisario de esta cavernaria noticia.

Aunque parió siete veces, Charles, y era copropietaria de Etiopía, murió intestada. No sabemos en qué herida asumió consciencia de la muerte como el final de todo, sin resurrección el próximo domingo. Era un mundo sin instructivos ni devoluciones, fatalista, si tú quieres, sin posibilidad de aprender de los errores (metiste un dedo en un enchufe equivocado y chingaste a tu madre), incluso, con el disco duro vacío, ese de información genética que estipula el instinto y los reflejos. Era un planeta inestable, repleto de vida, repleto de hambre. En una cueva espera su caparazón de tortuga para la sopa de crustáceos.

Asimismo, a lo largo del libro van apareciendo diversos animales –el panda, el pingüino, el ajolote, la ballena gris, el pez sierra, el dragón de Komodo, etcétera–. Con ello uno se reencuentra con la tradición de los bestiarios. Barquiarena nos recuerda que el mundo natural todavía es un espejo del “hombre civilizado”, por más que éste intente pregonar los avances de la cultura y la tecnología, todavía guarda dentro de sí un inmarcesible vínculo totémico:

Dolly (fragmento)
Tal vez no te dice nada la palabra Clonación.
Pero Dolly fue el primer animal nuclear
creado de una célula a semejanza de otra oveja.
Ya, ya, te conozco, maestro, sé lo que estás pensando:
¡¿Por qué chingados no me clonaron a mí?!
Resulta que aquí tenemos prohibidas esas cosas
con los mamíferos humanos,
(y mira que, para obtener tu ADN,
pelos tuyos sobran por ahí)
además, admitámoslo, Darwin,
eres un tanto incómodo para algunos metodistas.

A Darwin, con cariño de sobra muestra –y comparte con el lector– una de las afirmaciones planteadas en uno de los versos de la misma obra: “Sabes, camarada, la ciencia tiene tanto de poesía involuntaria”.

Reseña del libro: Pérez Gómez, Miguel Ángel (2016). A Darwin, con cariño. México: Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes (ITCA), pp. 190.

Acerca Armando Escandón

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Licenciado en lengua y literatura por la UNAM. Técnico bibliotecario por la UNAM. Diplomado en Etimologías grecolatinas del español por la UNAM. Cofundador del Taller Maladrón

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